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La maquinaria de la corrupción en Argentina: ¿Un problema de personas o de estructuras estatales?

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La maquinaria de la corrupción en Argentina: ¿Un problema de personas o de estructuras estatales?
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La corrupción en la administración pública no es un hecho aislado, sino una maquinaria estructural que sobrevive a los cambios de gobierno. A través de redes de relaciones y circuitos de plata negra, el robo se transforma en una rutina burocrática donde el nuevo funcionario solo debe decidir si se suma a un esquema ya operativo. Casos como las irregularidades en la Agencia Nacional de Discapacidad confirman que existen sistemas de coimas preestablecidos que drenan recursos estatales sistemáticamente. Esta cultura de la ilegalidad naturaliza el enriquecimiento de una casta política mientras las instituciones se debilitan y la pobreza se profundiza.

La escena comienza con un ministro que llega por primera vez a su despacho. Apenas comienza a acomodarse en su escritorio, un directivo de carrera ingresa y le hace entrega de un maletín. Al abrirlo, el funcionario encuentra miles de dólares. Ante su desconcierto, la respuesta del empleado es tajante: el dinero es suyo, se trata del retorno por una compra de insumos realizada meses atrás, durante la gestión anterior. Ante la duda del ministro sobre por qué no se repartió entre otros, el funcionario aclara que los demás ya cobraron. Si él decide no aceptarlo, alguien más lo hará.

Este relato, recreado libremente a partir del testimonio de un funcionario cuyo nombre se mantiene en reserva, pone de manifiesto una de las modalidades más comunes de las coimas en la administración pública. Sin embargo, más allá del acto individual, el episodio plantea una interrogante inquietante sobre la naturaleza del delito: ¿y si gran parte de la corrupción no dependiera de las personas, sino de las estructuras?

Los casos más recientes registrados en el país refuerzan la sensación de que los circuitos de la denominada "plata negra" operan de manera continuada. A pesar de que los gobiernos cambian, las estructuras parecen permanecer intactas. Esta conclusión se vuelve evidente al analizar los resultados económicos: la mayoría de los nuevos ricos en Argentina han surgido de la política y de los negocios vinculados con el Estado.

El sociólogo italiano Alessandro Pizzorno ha investigado profundamente esta compleja forma de criminalidad, llegando a conclusiones que se repiten independientemente del país analizado. Según Pizzorno, la corrupción rara vez se manifiesta como un acto aislado; es, fundamentalmente, una red de relaciones. Se trata de un sistema que sobrevive a quienes lo integran. Cuando una organización corrupta alcanza un nivel determinado de estabilidad, ya no es necesario convencer a cada nuevo funcionario de que robe, ya que el sistema le ofrece una maquinaria que ya está funcionando. En este escenario, entrar o no en el esquema es una decisión individual, pero la estructura ya se encuentra allí, operativa.

Un ejemplo actual que encaja con la definición de Pizzorno es la causa por presunta corrupción en la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS). En este caso se investiga un esquema de licitaciones direccionadas, la cartelización de droguerías y sobreprecios millonarios en la adquisición de prótesis y medicamentos de alto costo. En este modelo, la coima ya está disponible; el proceso consiste simplemente en determinar cómo se reparte la torta y qué porcentaje, por ejemplo el 3%, se queda cada actor.

A lo largo de las últimas décadas, se ha observado que los casos de corrupción reaparecen sistemáticamente, independientemente de los partidos, los discursos o los signos políticos de los gobiernos de turno. Diversas investigaciones han alcanzado a funcionarios de distintos rangos, evidenciando que el robo continuado es lo único que no sufre recortes, incluso en tiempos de ajustes económicos severos. Aunque es imposible precisar la cifra exacta de dinero perdido por el Estado en manos de funcionarios deshonestos, es claro que, sin este drenaje de recursos, la realidad del país sería distinta.

Pizzorno advierte que la corrupción prospera especialmente cuando las redes personales tienen más peso que las instituciones. En tales contextos, el dinero ilegal deja de ser una excepción para integrarse al paisaje administrativo. Asimismo, el sociólogo sostiene que no basta con la disponibilidad de dinero; es necesaria una cultura que naturalice el hecho de aceptarlo. Casos recientes, como la exhibición de placares llenos de dólares o el uso de fondos para gastos postergados, demuestran que algunos funcionarios no tienen inconvenientes en mostrar un bienestar obtenido de forma ilícita.

Volviendo a la escena del maletín, se hace evidente que nadie obliga físicamente al ministro a aceptar el dinero. El sistema ya ha resuelto la logística por él: el dinero no deja rastros y el entorno ya ha cobrado. Si el funcionario se niega, el sistema simplemente buscará a otro para ocupar su lugar. De este modo, la corrupción deja de ser un delito extraordinario para transformarse en una rutina burocrática, convirtiéndose en la incubadora de la verdadera casta.

Esta problemática fue puesta de relieve el pasado 9 de julio durante el Tedeum celebrado en la Catedral Metropolitana por el Día de la Independencia. Ante la presencia de funcionarios nacionales, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, denunció la existencia de "cuevas de la corrupción". En un llamado a la transparencia y la honestidad en la gestión pública, el prelado sentenció: “Los pobres son cada vez más pobres y ellos, escandalosamente, cada vez más ricos”.

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