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Intervención de Donald Trump en la FIFA: El caso de Folarin Balogun que pone en duda la autonomía del fútbol

Yo, contra todos | La intervención de Donald Trump en el caso Balogun dejó a la FIFA bajo sospecha y reabrió el debate sobre la autonomía del fútbol

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Intervención de Donald Trump en la FIFA: El caso de Folarin Balogun que pone en duda la autonomía del fútbol

La relación entre el poder político y el fútbol ha sido un tema recurrente y conflictivo a lo largo de la historia de los Campeonatos Mundiales. Desde las amenazas de Mussolini a los jugadores italianos en 1934, pasando por la gestión colonialista de Stanley Rous en la FIFA, hasta las sombras de las dictaduras argentinas en 1978 y la influencia de la familia real de Catar, el deporte rey ha convivido con acusaciones de injerencia, conspiraciones y presiones gubernamentales. Sin embargo, el desarrollo de la Copa Mundial 2026 ha presentado un escenario que se describe como el más descarado y público de intervención gubernamental en el torneo más importante del planeta.

El centro de la controversia es el caso del jugador estadounidense Folarin Balogun. El futbolista fue expulsado con una tarjeta roja durante el encuentro de la selección de Estados Unidos frente a Bosnia. Lo que parecía ser una decisión disciplinaria rutinaria se transformó en un conflicto diplomático y deportivo cuando la FIFA decidió anular el castigo, permitiendo que Balogun volviera a las canchas. Esta resolución ha dejado a la organización y a su presidente, Gianni Infantino, bajo un severo cuestionamiento sobre la verdadera autonomía del fútbol.

La trama alcanzó un punto crítico el domingo 5 de julio, en la previa del partido entre Estados Unidos y Bélgica. En aquel momento, el director técnico del equipo local, Mauricio Pochettino, intentó mantener la apariencia de normalidad y transparencia. El entrenador argentino aseguró públicamente que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, no había intervenido ante Infantino para solicitar el perdón del jugador, afirmando que Trump solo había expresado su felicidad por el país tras haberse tomado la decisión de eliminar el castigo.

No obstante, la versión de Pochettino fue desmentida horas más tarde por el propio mandatario. Donald Trump, ignorando los protocolos habituales y la austeridad diplomática, reivindicó el lunes 6 por la mañana su papel activo en la resolución del caso. Desde la Casa Blanca, Trump declaró abiertamente: “Sí, pedí una revisión por parte de la FIFA. Es muy injusto (la expulsión), no se puede hacer eso”. Con esta declaración, el presidente estadounidense hizo pública una presión que usualmente ocurre en la clandestinidad, exponiendo la fragilidad de las estructuras de poder de la FIFA.

La intervención de Trump no se limitó a la solicitud de revisión. El mandatario puso en duda el historial del árbitro brasileño Raphael Claus, quien fue el encargado de expulsar a Balogun, calificando su actuación como “muy, muy sospechosa”. Ante este ataque directo, las comisiones arbitrales de la FIFA y la Conmebol emitieron respaldos tibios hacia el colegiado, evitando generar mayores tensiones con el gobierno estadounidense.

Por su parte, Gianni Infantino se vio obligado a enfrentar las críticas. El presidente de la FIFA admitió que recibe llamadas de diversos mandatarios, pero insistió en que las decisiones finales son tomadas por los órganos sancionadores, los cuales son independientes dentro del organigrama de la institución. Sin embargo, esta defensa de la independencia fue rápidamente debilitada por una filtración interna. Leonardo Stagg, miembro de la comisión disciplinaria de la FIFA, confirmó que el perdón de la tarjeta roja fue una decisión tomada directamente por el presidente de dicha comisión, el emiratí Mohamed Al Kamali. Según Stagg, la comisión no llegó a tratar ni considerar los argumentos técnicos a favor o en contra de la sanción, sino que se ejecutó la potestad reglamentaria del presidente de la comisión.

Este episodio sienta lo que se describe como una doctrina fatal para el deporte. El caso Balogun sugiere que el peso geopolítico y el acceso directo al teléfono de Infantino pueden ser determinantes para cambiar una decisión disciplinaria o anular una tarjeta. El daño a la proclamada autonomía del fútbol es severo, dejando a la FIFA en una posición comprometida para exigir imparcialidad o sancionar presiones políticas en federaciones de Asia, África o el Caribe.

Al final, mientras Donald Trump obtuvo el resultado deseado al lograr que su jugador actuara normalmente, la FIFA sufrió un golpe crítico a su credibilidad. El fútbol, una vez más, se ha manifestado como un reflejo incómodo del mundo, demostrando que la influencia del poder puede operar a plena luz del día y frente a las cámaras.

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