En una sala de un instituto especializado en La Habana, Cuba, Rosa Valentina Pérez, una paciente con cáncer de mama de 64 años, aguarda desde hace semanas la realización de una tomografía. El estudio es fundamental para diagnosticar la causa de la pérdida de movilidad en sus piernas, pero la realidad hospitalaria de la capital impide que el procedimiento se concrete con rapidez. Los centros asistenciales de la ciudad no cuentan con servicio de tomografía debido a diversos desperfectos, lo que ha provocado que estos exámenes se concentren en un único instituto donde un solo equipo debe atender la demanda de La Habana y de otras provincias.
La situación de Pérez refleja el estado actual de un sistema que, al nacer con la revolución encabezada por Fidel Castro, se presentó como una de las mayores conquistas sociales al ofrecer salud gratuita y accesible. A pesar de haber sobrevivido a la crisis de los años 1990 tras el colapso soviético, el modelo se encuentra hoy al límite. Factores como la pandemia de covid-19, el endurecimiento de las sanciones estadounidenses y la escasez de combustible han erosionado la capacidad operativa del sector salud.
Aunque el gobierno ha intentado concentrar los recursos en programas prioritarios —como nefrología, cardiología, atención materno-infantil y cáncer—, estos son precisamente los más afectados. El deterioro tecnológico, la falta de medicamentos, los constantes apagones y el éxodo de profesionales hacia sectores con mejores remuneraciones han mermado la calidad de la atención. Zholem Jorge Isaac, director nacional de Electromedicina, señala que la línea tecnológica del programa de cáncer está afectada en más del 50%, obligando al sistema a operar con equipos envejecidos y piezas difíciles de conseguir debido a las sanciones.
El Instituto de Oncología y Radiobiología (INOR), principal centro oncológico del país, es un ejemplo crítico de esta precariedad. Allí, 1.200 pacientes esperan radioterapia, mientras que el 80% de la tecnología para diagnóstico y tratamiento está averiada u obsoleta. El director del instituto, el doctor Luis Eduardo Martín, lamenta que en ocasiones se administran medicamentos sin contar con los reactivos o equipos necesarios para monitorizar si el tratamiento está surtiendo el efecto esperado.
Esta crisis impacta severamente a la oncopediatría. Mariuska Forteza, jefa del área, advierte que no se pueden realizar hemogramas rutinarios con la frecuencia necesaria para los niños en quimioterapia. Según datos oficiales, la tasa de supervivencia infantil por cáncer ha caído del 85% al 65%, una cifra que Forteza describe como frustrante al saber que existen posibilidades de salvar vidas que se ven truncadas por la falta de recursos.
La operatividad de los centros depende ahora del esfuerzo extraordinario del personal técnico. Alexis Amado Domínguez, jefe de electromedicina, relata que debe acudir al hospital en madrugadas para reparar equipos y permitir que los pacientes inicien sus tratamientos. Gracias a innovaciones y reparaciones constantes, se ha logrado mantener operativo el único acelerador lineal que funciona en toda la isla, pieza clave para la radioterapia.
En el ámbito cardiovascular, el doctor José Esteban Abreu, del Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular, reconoce que la ausencia de altas tecnologías obliga a los médicos a basar sus diagnósticos únicamente en la evaluación clínica, el electrocardiograma y el estetoscopio. Esta carencia ha provocado que el número de cirugías cardiovasculares descienda de 400 en 2018 a solo un centenar en la actualidad, dejando a 130 pacientes en espera de un implante de marcapaso.
La situación se extiende a la neonatología. En el taller de reparaciones de La Habana, incubadoras y ventiladores para recién nacidos permanecen apilados a la espera de repuestos. El técnico Dariel Alexis Díaz explica que la capacidad de ventilación en neonatología es inferior a la necesidad de la capital y que el país cuenta con un único kit de calibración para un modelo específico de ventiladores, lo que genera conflictos logísticos cuando varias provincias lo requieren simultáneamente.
Finalmente, la nefrología enfrenta una crisis de personal e insumos. En el hospital Hermanos Ameijeiras, 72 pacientes dependen de 13 riñones artificiales obsoletos, de los cuales solo 11 están operativos. La jefa de Nefrología, Iamara Castro, ha tenido que reducir algunas sesiones de hemodiálisis de cuatro a dos horas para distribuir los recursos limitados y evitar la sobreexplotación del personal restante. Nelson Companioni, paciente de 81 años, relata haber temido por su vida debido a fallas técnicas, describiendo cómo las enfermeras deben golpear los equipos para que sigan funcionando. Para la doctora Castro, el sistema solo se mantiene en pie gracias al valor humano de quienes aún permanecen en el sector.


