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La predisposición genética a la obesidad tiene hoy un impacto mayor que hace décadas

Un estudio revela que la relación entre la genética y el IMC se ha fortalecido desde el aumento de las tasas de obesidad en los últimos años

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La predisposición genética a la obesidad tiene hoy un impacto mayor que hace décadas
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Un estudio del University College London revela que la predisposición genética a la obesidad se ha vuelto mucho más agresiva en las últimas décadas. La investigación demuestra que las personas nacidas recientemente tienen una probabilidad significativamente mayor de desarrollar un índice de masa corporal elevado si poseen variantes genéticas de riesgo, en comparación con generaciones anteriores. Este fenómeno se debe al entorno obesogénico actual, donde el sedentarismo y el consumo masivo de ultraprocesados actúan como catalizadores que potencian la herencia biológica. Los datos son contundentes: el impacto genético en el peso casi se ha duplicado entre quienes nacieron en 1946 y los nacidos en 2001. En conclusión, la obesidad es el resultado de una interacción compleja entre genes y ambiente. Este hallazgo es clave para diseñar estrategias de prevención personalizadas que protejan a los individuos más vulnerables frente a los riesgos del estilo de vida moderno.

Un reciente estudio llevado a cabo por investigadores del University College London, y cuyos resultados han sido publicados en la prestigiosa revista científica ‘PLOS Genetics’, ha revelado un hallazgo fundamental sobre la naturaleza de la obesidad. La investigación concluye que la relación entre la carga genética de una persona y su índice de masa corporal (IMC) se ha fortalecido significativamente en los últimos años, coincidiendo con el aumento global de las tasas de obesidad.

Según el trabajo científico, las personas que poseen variantes genéticas asociadas a un mayor IMC tienen hoy una probabilidad mucho más alta de desarrollar obesidad que aquellas que nacieron con esas mismas variantes genéticas hace varias décadas. Esto sugiere que la predisposición hereditaria no actúa sola, sino que su impacto se ve potenciado por el contexto actual.

A lo largo de los últimos 50 años, se ha observado que las tasas de obesidad han experimentado un crecimiento disparado, afectando tanto a la población infantil como a la adulta. No obstante, los investigadores señalan que este incremento no ha ocurrido de manera uniforme en toda la sociedad. Mientras que el IMC medio de la población general ha ido aumentando de forma gradual, los casos de obesidad extrema han crecido a un ritmo considerablemente más acelerado.

Para los científicos, este fenómeno es una evidencia de que existen individuos especialmente vulnerables a un entorno que favorece el aumento de peso. Este escenario, denominado entorno obesogénico, se define por la proliferación de la comida rápida, una disponibilidad masiva de alimentos ultraprocesados y una tendencia generalizada hacia la reducción de la actividad física en la vida cotidiana.

Para validar esta hipótesis y analizar si la genética influye de manera distinta según la generación, el equipo de investigación analizó una base de datos exhaustiva compuesta por 19.379 personas. Los participantes pertenecían a cuatro cohortes de nacimiento británicas, específicamente de los años 1946, 1958, 1970 y 2001. El objetivo era comparar la evolución del IMC desde las etapas de la infancia y la adolescencia hasta llegar a la edad adulta, relacionando estos datos con la presencia de múltiples variantes genéticas vinculadas a la obesidad a través de índices poligénicos.

Los resultados del análisis fueron contundentes: la asociación entre estas variantes genéticas y un IMC elevado era significativamente más intensa en las generaciones más jóvenes. Los datos ofrecen un ejemplo claro de esta diferencia: a los 16 años, un incremento de una desviación estándar en el índice genético se asociaba con un aumento de 0,46 kg/m² en el IMC de las personas nacidas en 1946. Sin embargo, para quienes nacieron en el año 2001, ese mismo incremento genético se traducía en un aumento de 0,90 kg/m² en el IMC.

El estudio también destacó que estas diferencias se volvían más evidentes a medida que las personas envejecían y que el impacto era especialmente marcado en aquellos individuos situados en los percentiles más altos de IMC.

Aunque los investigadores admiten que no pueden determinar con total certeza qué factores ambientales específicos son los responsables de este fortalecimiento del vínculo entre genética y obesidad, plantean una hipótesis sólida. Sugieren que los cambios en el estilo de vida de las últimas décadas podrían haber facilitado una mayor expresión de las variantes genéticas que impulsan un mayor consumo de calorías. En este sentido, la abundancia de alimentos con alta densidad energética y el sedentarismo actuarían como catalizadores que potencian la predisposición hereditaria.

Los autores del estudio subrayan un punto crítico: si bien la epidemia de obesidad ha provocado una elevación del IMC en la población general, independientemente de su perfil genético, aquellas personas con una mayor predisposición hereditaria han sido las más afectadas por los cambios ambientales. Esto demuestra que los genes no funcionan de manera aislada, sino que su influencia está condicionada por el entorno en el que se desarrolla la persona.

En conclusión, el trabajo refuerza la teoría de que la obesidad es el resultado de una interacción compleja entre la herencia y el ambiente. Si bien la genética es un factor relevante, los investigadores consideran fundamental realizar nuevos estudios para identificar con precisión qué elementos del entorno son los que intensifican este vínculo, con el fin de diseñar estrategias de prevención más eficaces y personalizadas para quienes presentan un mayor riesgo genético.

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