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Miguel Darío Hermann: el hombre que se convirtió en el primer árbitro profesional del Huila por accidente

A pocos días de cumplir 92 años de edad, Miguel Darío Hermann, el primer árbitro profesional que tuvo el departamento del Huila, repasa su vida y analiza el presente del arbitraje con la misma pasión con la que impartió justicia en las canchas durante más de una década. Su historia, ligada al fútbol casi por [...]

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Miguel Darío Hermann: el hombre que se convirtió en el primer árbitro profesional del Huila por accidente
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Miguel Darío Hermann, a pocos días de cumplir 92 años, es una leyenda viva del deporte en el Huila. Su camino como el primer árbitro profesional de la región comenzó de forma imprevista durante su servicio militar, cuando tuvo que sustituir a un juez lesionado en pleno partido, iniciando así una trayectoria marcada por la disciplina y el liderazgo. Desde dirigir el clásico entre Millonarios y Nacional en el estadio El Campín hasta fundar el primer colegio de árbitros en Neiva, Hermann cimentó las bases del arbitraje regional. Su pasión deportiva también alcanzó el ciclismo, donde fue pieza clave en la organización de la Vuelta al Sur. Padre de 16 hijos, el veterano juez reflexiona hoy sobre la pérdida de autoridad en el fútbol moderno debido al VAR y las casas de apuestas. Para él, la esencia del arbitraje sigue residiendo en la vocación y la excelencia, valores que defendió durante toda su vida en las canchas.

A pocos días de cumplir 92 años, Miguel Darío Hermann reflexiona sobre una trayectoria ligada al deporte y la disciplina. Reconocido como el primer árbitro profesional que tuvo el departamento del Huila, Hermann repasa su historia con la misma pasión con la que impartió justicia en las canchas durante más de una década, dejando un testimonio vivo de cómo se cimentó el arbitraje en la región.

La historia de Miguel Darío comenzó el 15 de julio de 1934 en Guapi, Cauca, donde nació en el seno de una familia numerosa. Hijo de Antonio Hermann y Prudencia, creció en Buenaventura, ciudad donde cursó sus estudios hasta cuarto de bachillerato en el Colegio Pascual de Andagoya. Desde muy joven, mostró una notable inclinación hacia la responsabilidad laboral; a los 14 años comenzó a trabajar como mensajero en el INA, predecesor del Idema, motivado por la cercanía de su hogar y su inquietud por generar ingresos. Complementó su formación en la Escuela Práctica Comercial de Buenaventura, adquiriendo conocimientos en taquigrafía y mecanografía, habilidades administrativas que marcarían su futuro profesional.

El rumbo de su vida cambió definitivamente en julio de 1955, cuando llegó a Neiva para prestar el servicio militar en el Batallón Tenerife. A los 21 años, aunque ingresó con el objetivo de cumplir su deber patriótico, terminó vinculándose a la institución por casi tres décadas. Gracias a su destreza como mecanógrafo, fue nombrado como el primer empleado de oficina civil del Batallón Tenerife en 1955, cargo que desempeñó durante 29 años. Sus inicios estuvieron marcados por la humildad, percibiendo un salario inicial de 14 pesos mensuales.

Miguel Darío recuerda la Neiva de aquella época como un pueblo pequeño y rural. Describe que la ciudad terminaba en la entrada del puente de la Quinta y que, más allá de la estatua de la Lavandera, solo existían cultivos de arroz, en una zona donde aún no se habían desarrollado sectores como Cándido o Granjas.

Su entrada al mundo del arbitraje ocurrió de manera imprevista. Mientras jugaba fútbol en el batallón, se llevó a cabo un encuentro entre la selección del Huila y Bogotá Distrito. Durante el partido, el entrenador del equipo visitante, un dominicano llamado John López, agredió físicamente al árbitro, el señor Cristancho, quebrándole el tabique nasal y provocando la suspensión del juego. Ante la situación, el comandante del batallón ordenó que el encuentro continuara, disponiendo que le quitaran el uniforme al árbitro lesionado para ponérselo a Miguel Darío. Así, por una decisión imprevista, nació el primer árbitro del Huila.

A partir de este evento, su carrera ascendió rápidamente. Con el apoyo de pioneros como Hernando Mateus y Benjamín Segura Trujillo, comenzó la formalización del arbitraje regional. Su salto al profesionalismo ocurrió cuando fue designado para un partido entre Huila y Bogotá en el velódromo Primero de Mayo. Sin embargo, la experiencia más memorable sucedió en Bogotá, cuando fue llevado al estadio El Campín para actuar como juez de línea en el clásico entre Millonarios y Nacional, compartiendo camerino con figuras de la época como el “Chato” Velásquez y el chileno Mario Canessa. En dicho encuentro, marcó el penal que le dio la victoria a Millonarios. Posteriormente, llegó a dirigir como árbitro central en cuatro partidos profesionales, incluyendo enfrentamientos entre América y Pereira, y Cali contra Bucaramanga.

Más allá de pitar partidos, Miguel Darío se convirtió en el primer instructor de arbitraje en el Huila. Junto a Benjamín Segura, fundó el colegio de árbitros en Neiva, ubicado en el sector de la Quinta. Su metodología de enseñanza se basaba en el ejemplo y en los valores heredados de su padre: "bien comido, bien vestido y bien dormido. Irrespetuoso, no".

Su faceta deportiva no se limitó al fútbol. También incursionó en el ciclismo, desempeñándose como secretario de la liga local y participando en la organización de la Vuelta al Sur, trabajando junto a los hermanos Armando y Fabio Acevedo.

En el plano personal, Miguel Darío es padre de 16 hijos y abuelo de más de 20 nietos. A sus 92 años, aunque reconoce la ayuda tecnológica, se muestra crítico frente al VAR, afirmando que esta herramienta ha mecanizado el arbitraje y ha despojado de autoridad al juez de campo. Asimismo, lamenta la influencia de las casas de apuestas en el deporte, comparando la situación actual con el impacto del "Totogol" y recordando casos trágicos como el asesinato del árbitro Ortega durante la época de Pablo Escobar.

Para las nuevas generaciones que deseen dedicarse al arbitraje, Miguel Darío Hermann aconseja tener vocación y buscar la excelencia en el desempeño. Para él, la autoridad del árbitro residía en el respeto y en la sola presencia del hombre vestido de negro en la cancha.

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