El deporte que el resto del mundo conoce como fútbol está desempeñando un papel revelador en Estados Unidos mientras la nación se encamina a su 250 aniversario. Más allá de la competición deportiva, el torneo está enseñando al país aspectos fundamentales sobre sí mismo y recordando a los visitantes internacionales que la nación es mucho más acogedora y compleja de lo que sugiere la amarga caricatura política que suele proyectarse en el exterior.
La Copa del Mundo ha llegado como un regalo de alegría que actúa como una distracción unificadora tras años difíciles, marcados por profundas divisiones ideológicas y las secuelas económicas derivadas de la pandemia. La combinación de superestrellas provenientes de Europa y Sudamérica, junto con la irrupción de equipos emergentes de África y Asia, refleja la diversidad intrínseca de Estados Unidos y su experimento político, el cual se ve constantemente enriquecido por la inmigración.
Aunque la expectación previa al torneo estuvo empañada por preocupaciones sobre la excesiva comercialización, los precios exorbitantes de las entradas y el oportunismo político de la FIFA, la realidad posterior al pistoletazo de salida ha sido distinta. La efervescencia de los jugadores y la fiesta organizada fuera del campo han revelado una verdad más amplia: el país es más generoso y complejo de lo que sugieren las disputas sobre la presidencia de Donald Trump y las actitudes antiestadounidenses en el extranjero.
Este fenómeno es evidente tras los partidos, cuando numerosas comunidades de la diáspora que han hecho de Estados Unidos su hogar abarrotan las calles. Personas con orígenes en México, Brasil, Colombia y el viejo continente celebran su herencia en el crisol de culturas de su nueva patria. Esta escena resulta conmovedora en un contexto donde los inmigrantes han sido demonizados y muchos han vivido con miedo debido a la retórica intransigente del Gobierno y a redadas arbitrarias.
La selección de Estados Unidos personifica la idea de "de muchos, uno". Dirigido por un entrenador argentino, el equipo integra profesionales formados en canteras locales junto a jóvenes promesas de otros países. Ejemplos de esto son Antonee Robinson, quien posee un acento del norte de Inglaterra donde se crió; Malik Tillman, hijo de un militar estadounidense y una madre alemana; y Folarin Balogun, nacido en Brooklyn e hijo de padres nigerianos, quien pudo vestir la camiseta rojiblanca gracias a la ciudadanía por derecho de nacimiento. Este principio constitucional fue ratificado por la Corte Suprema de Justicia justo el día antes de que Balogun anotara un gol el pasado miércoles.
El impacto del torneo se extiende a la economía local y la vida urbana. Bares y restaurantes permanecen abarrotados día y noche, invadidos por aficionados visitantes. Algunas ciudades, devastadas por cambios económicos y el teletrabajo, han vuelto a vibrar con una intensidad que no se veía desde antes de la pandemia. El ritual de reunirse para un evento común se ha convertido en la sensación del verano, ofreciendo una causa común a la que cualquiera puede sumarse, a pesar de que el deporte también se haya visto envuelto en la guerra cultural estadounidense.
Sin embargo, existe un contraste marcado entre la fiesta del fútbol y las celebraciones oficiales del 250 aniversario de la nación. Mientras los estadios están llenos, los actos oficiales han tenido una asistencia escasa. Esto se debe, en parte, a que el presidente Donald Trump ha tomado el control de las celebraciones, alejándose de la comisión bipartidista del Congreso y centrando la conmemoración en su propia figura, declarándose a la altura de los fundadores en el fomento de la grandeza estadounidense. Su retórica de "Estados Unidos primero" ha afectado la percepción exterior del país; de hecho, datos de la OCDE muestran que, mientras el turismo internacional creció un 3,4 % en los estados miembros en 2025, en Estados Unidos disminuyó un 5,5 %.
A pesar de esto, quienes visitan el país por el Mundial están descubriendo una faceta distinta. Los aficionados internacionales están llegando a regiones conservadoras que suelen ser ignoradas o caricaturizadas por las élites europeas. En Lawrence, Kansas, por ejemplo, la ciudad adoptó al equipo de Argelia como propio, decorando comercios con sus colores e incluso presentando la banda de la Universidad de Kansas para dar la bienvenida a los jugadores con su himno nacional.
El torneo también ha demostrado que la audiencia estadounidense está más informada que nunca, gracias a la cobertura de la Premier League y La Liga. Los relucientes estadios de la NFL se han transformado en catedrales del deporte rey, alcanzando índices de audiencia televisiva históricos. Aunque el fútbol no haya "conquistado" el país en el sentido tradicional, está creando sus propios espacios. La Major League Soccer (MLS) ha dejado de ser solo un retiro para estrellas como Lionel Messi, y las ligas menores y universitarias ganan credibilidad.
A falta de dos semanas para el final, el legado de la Copa Mundial de 2026 parece asegurado: está logrando que el fútbol sea más estadounidense y que los estadounidenses se apasionen más por el fútbol.

