Venezuela se encuentra sumida en una profunda tragedia tras una serie de terremotos que han devastado el Estado La Guaira. Según el último reporte oficial emitido por las autoridades, el saldo de esta catástrofe asciende a al menos 1.400 personas fallecidas, mientras que una cifra considerable de ciudadanos permanecen desaparecidos entre los escombros. El impacto de este desastre natural ha generado una ola de dolor que ha trascendido las fronteras geográficas, afectando severamente a quienes se encuentran lejos de su hogar.
En Costa Rica, el impacto emocional ha sido particularmente fuerte dentro de la comunidad venezolana residente en el país. Para miles de migrantes, la distancia se ha convertido en un factor de desesperación, al tener que enfrentar la angustia de no saber el paradero de sus seres queridos o sufrir la pérdida de sus familiares desde el extranjero. Esta situación de vulnerabilidad y tristeza ha encontrado un eco en los espacios de fe, donde la comunidad busca consuelo ante la magnitud de la tragedia que golpea a su patria.
Uno de los testimonios más impactantes y emotivos ha surgido desde la ciudad de San José, específicamente en la iglesia de Santa Catalina de Alejandría, ubicada en el sector de La Uruca. Allí, el sacerdote venezolano Juan Alberto Aguilera, párroco de dicha parroquia, ha sacudido las redes sociales al compartir sus sentimientos y su dolor durante una de sus homilías. Las palabras del clérigo no solo reflejan la tristeza colectiva de su pueblo, sino también una pérdida personal profundamente dolorosa.
Durante la celebración de la Eucaristía, el padre Aguilera se refirió con crudeza a la situación que atraviesa Venezuela, confesando la fuerte afectación emocional que le ha producido la noticia de la devastación. Con un pesar evidente, el sacerdote reveló que el seminario donde llevó a cabo su formación académica y espiritual fue uno de los múltiples edificios que sucumbieron ante la fuerza de los terremotos. Para Aguilera, el desplome de estas estructuras no representa únicamente una pérdida material, sino el derrumbe de una parte fundamental de su historia de vida.
El párroco detalló con nostalgia los espacios que formaban parte de su cotidianeidad y que hoy han quedado reducidos a escombros. “Ver el seminario destruido, la capilla donde aprendí a rezar la liturgia de las horas, la biblioteca donde aprendí a filosofar... verlo todo hecho nada”, expresó con tristeza durante su discurso. Asimismo, recordó los momentos de convivencia con sus pares, mencionando con dolor que el comedor donde compartió tantas veces con sus compañeros también ha sido destruido. Ante este escenario de desolación, el sacerdote exhortó a los fieles a buscar el consuelo del Señor, afirmando que, a pesar de la pérdida, continuarán siendo un signo de esperanza para los demás.
Más allá de su dolor personal, el padre Juan Alberto Aguilera aprovechó el espacio litúrgico para exaltar la valentía y el compromiso de quienes se encuentran en la primera línea de respuesta. El cura destacó la labor fundamental de los rescatistas y la solidaridad manifestada por todas aquellas personas que han brindado soporte y ayuda al pueblo venezolano en estas circunstancias tan difíciles.
En un mensaje basado en la fe y la caridad, el sacerdote recordó las enseñanzas cristianas sobre la recompensa del amor al prójimo. “Jesús nos dice que quien da incluso un vaso de agua por amor no quedará sin recompensa. En cada voluntario, en cada rescatista, en cada persona que tiende la mano al que sufre, es Cristo quien se sigue haciendo presente”, señaló Aguilera, subrayando la importancia de la solidaridad humana en tiempos de crisis.
La homilía concluyó con un llamado ferviente a la oración, instando a los presentes y a quienes siguieron el mensaje a través de las plataformas digitales a elevar sus plegarias por todas las víctimas de los sismos en La Guaira, especialmente por aquellas familias que aún mantienen la esperanza de encontrar a sus seres queridos desaparecidos.

