Daniel García Arellano, ciudadano de origen venezolano residente en España, ha manifestado su profunda preocupación por el estado actual de las instituciones españolas, alertando sobre lo que describe como los síntomas de una democracia que comienza a tambalearse. A través de un análisis basado en su experiencia personal observando la degradación institucional en su país de origen, Arellano sostiene que la política española atraviesa actualmente una crisis de dimensión ética sin precedentes.
Según el autor, el escenario actual es inédito, ya que no se trata de casos aislados de mala praxis, sino de un Gobierno presidido por Pedro Sánchez cuyo equipo más cercano de gestión y su entorno familiar más íntimo se han visto salpicados por diversas investigaciones judiciales. Para García Arellano, esta degradación interna se complementa con una proyección exterior que califica de alarmante, centrando sus críticas en la figura del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero.
En relación a Zapatero, Arellano afirma que el exmandatario actúa en la práctica como un valedor internacional de las estructuras de poder en Latinoamérica, desempeñando un papel que, a ojos de muchos, asemeja al de un "canciller" al servicio de intereses opuestos a la libertad. El autor señala que el persistente respaldo de Zapatero a regímenes autocráticos y las serias acusaciones que pesan sobre él denotan una degradación tanto política como personal de quien fue el máximo representante de España en el mundo.
Un punto central en el análisis de García Arellano es lo que denomina la "profecía del control". El autor argumenta que muchos de los escándalos que hoy están documentados y que han derivado en condenas firmes fueron denunciados en su momento por fuerzas políticas como Vox. Según explica, estas advertencias fueron inicialmente tildadas de "ruido" por una mayoría, pero la realidad judicial ha terminado por dar la razón a quienes señalaron estas tramas desde la oposición y el ejercicio de la acción popular. Para Arellano, el hecho de que estas denuncias tempranas se hayan convertido en resoluciones probadas refuerza la idea de un sistema de poder que ignoró deliberadamente las alertas sobre su propia integridad.
El autor califica la respuesta del presidente Pedro Sánchez como una "anomalía democrática". Sostiene que, en una democracia madura, la existencia de sospechas fundadas sobre el círculo íntimo del líder debería haber activado la responsabilidad política. En este sentido, critica que el Gobierno insista en "agotar la legislatura" a pesar de la contundencia de las pruebas judiciales, señalando que la ausencia de un gesto de ejemplaridad —como el paso al costado— sugiere una falta de moralidad pública que está fracturando el contrato social.
Asimismo, García Arellano advierte que la actitud de atrincheramiento del presidente Sánchez está afectando negativamente al partido político más grande y con mayor recorrido histórico de España. Afirma que la negativa del mandatario a asumir el costo de estos escándalos está sumiendo a la formación en una situación de minusvalía frente a la opinión pública, sacrificando la institución partidista en favor de la supervivencia personal.
Al comparar la situación con el régimen venezolano, donde la corrupción es un sistema estructural que anula la separación de poderes, el autor reconoce que en España el sistema ha funcionado gracias a la persistencia de los jueces y la labor de fiscalización de partidos que no se han doblegado. No obstante, advierte sobre el peligro de la "normalización". Según Arellano, cuando el Ejecutivo se blinda frente a pruebas irrefutables alegando una supuesta "persecución", se debilita la capacidad de la democracia para autolimpiarse.
Finalmente, Daniel García Arellano hace un llamamiento a la ciudadanía española, asegurando que el país se encuentra ante una encrucijada moral. Considera que exigir la dimisión del Gobierno no es solo un acto de disidencia política, sino una necesidad de "higiene democrática". El autor concluye que la dignidad de un cargo público es incompatible con el escándalo permanente y que anclarse al poder ante una realidad que califica de vergonzosa e inmoral refleja una "insania política personal" de quien, según sus palabras, "pactó con el diablo para ascender a la primera magistratura".


