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El calvario del retorno: El trauma invisible y el estigma de los dominicanos deportados

Por JHONNY TRINIDAD La deportación no termina cuando el avión toca tierra en Las Américas. Para miles de dominicanos, ahí empieza el verdadero castigo: uno que no está en ningún código penal, pero marca de por [...]

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El calvario del retorno: El trauma invisible y el estigma de los dominicanos deportados
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Para miles de dominicanos, la deportación es el inicio de un castigo invisible marcado por el duelo migratorio inverso y un fuerte choque cultural. Quienes emigraron siendo niños regresan a un país que sienten ajeno, enfrentando la falta de documentos y un estigma social que los etiqueta indiscriminadamente como delincuentes, lo que dificulta su acceso al empleo y deteriora gravemente su salud mental. El impacto se extiende a la economía familiar con una caída en la recepción de remesas y la desarticulación de los hogares. A pesar de las promesas gubernamentales, el Estado dominicano carece de programas efectivos de reinserción, dejando la carga del apoyo psicológico y operativo en manos de organizaciones como el Servicio Jesuita a Migrantes y la OIM.

Para miles de ciudadanos dominicanos, el proceso de deportación no concluye en el momento en que el avión aterriza en territorio nacional. Por el contrario, ese instante marca el inicio de un castigo que, aunque no figura en ningún código penal, deja huellas imborrables en la psique y la vida social de quienes regresan.

El choque cultural es uno de los primeros obstáculos. Muchos de los deportados emigraron desde la República Dominicana siendo niños, lo que ha provocado que hablen, piensen y sueñen en inglés. Para este grupo, Estados Unidos representó su entorno cotidiano, su educación y su identidad social, mientras que la República Dominicana se convierte, en la práctica, en un país extranjero. Al aterrizar, se enfrentan a una realidad desoladora: carecen de cédula de identidad, no poseen cuentas bancarias y desconocen dinámicas básicas, como el uso del transporte público local. Esta situación los relega a una categoría social marginal, donde son señalados como “los de allá” dentro de su propia patria.

Desde el punto de vista psicológico, este fenómeno se describe como “duelo migratorio inverso”. Se trata de una pérdida abrupta de la vida construida, un proceso doloroso que rara vez recibe el reconocimiento social necesario, ya que el entorno tiende a minimizar el sufrimiento bajo la premisa de que el individuo “al fin está en su tierra”.

A este trauma se suma un estigma social profundamente arraigado. En la sociedad dominicana, el término “deportado” se ha vuelto sinónimo de “delincuente”. Esta etiqueta se aplica indiscriminadamente, sin importar si la causa de la deportación fue una multa de tránsito antigua, un error en la gestión de papeleo o el simple hecho de haber quedado fuera de estatus migratorio. Esta percepción convierte la búsqueda de empleo en una odisea, donde los solicitantes son interrogados sobre sus antecedentes y las razones exactas de su salida de Estados Unidos.

Ante esta hostilidad, muchos optan por ocultar su condición. Sin embargo, existe un riesgo latente de que algunos caigan en la profecía autocumplida: al ser tratados sistemáticamente como criminales por el entorno y el barrio, terminan recurriendo a la delincuencia. Es un ciclo de exclusión que el Estado dominicano no ha logrado atender.

El impacto se extiende al núcleo familiar. La deportación desarticula la economía y la estructura de los hogares. Se pierde la figura del proveedor que sostenía el colegio de los hijos, el pago de la renta y el envío de remesas. El resultado son familias rotas, con hijos estadounidenses que ahora solo mantienen contacto a través de videollamadas, y deportados que regresan a casas donde son extraños para sus propios sobrinos.

El impacto económico es cuantificable. Según reportes del Banco Central en 2025, las provincias con mayores índices de deportación registraron una caída del 4.2% en la recepción de remesas. Esta cifra se traduce en realidades concretas: niños que deben abandonar la educación privada, abuelos que se quedan sin acceso a sus medicamentos y obras de infraestructura doméstica que quedan inconclusas.

En cuanto a la salud mental, la situación es crítica. De acuerdo con datos del Servicio Jesuita a Migrantes de 2024, el 68% de los deportados entrevistados reportó síntomas de estrés postraumático, acompañados de ansiedad, depresión, insomnio y abuso de alcohol. A pesar de ello, la República Dominicana carece de un programa oficial de salud mental para retornados. Quienes poseen recursos pueden acceder a psicólogos privados; quienes no, quedan relegados a intentar recuperarse en entornos informales como los colmados.

La falta de apoyo estatal es evidente. Aunque diversos ministros de Interior han anunciado planes de reinserción, estos parecen limitarse a presentaciones de PowerPoint, sin traducirse en bolsas de empleo, terapias psicológicas o capital semilla para emprendimientos. Mientras Estados Unidos invierte millones en los procesos de expulsión, la República Dominicana no invierte en la recepción, dejando al deportado con sus pertenencias en una funda plástica y, en ocasiones, con direcciones de domicilio que ya no existen.

Existen testimonios que reflejan la complejidad de este retorno. Se han reportado casos donde la llegada de deportados ha generado conflictos comunitarios, como la instalación de puntos de venta de drogas que obligan a los vecinos a vender sus propiedades debido a la inseguridad y los tiroteos. Asimismo, existe una crítica hacia entidades como Index, que según algunos sectores, se limitan a la visibilidad mediática y eventos sociales, mientras que el apoyo real y operativo recae principalmente en organizaciones como los jesuitas y la OIM.

En conclusión, la reinserción del deportado requiere más que discursos; exige agilidad en la entrega de documentos, acceso real al empleo y acompañamiento terapéutico. Para quienes necesiten orientación, el Servicio Jesuita a Migrantes y la OIM continúan ofreciendo asistencia gratuita en Santo Domingo.

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