La isla de Coiba, conocida en diversas etapas como el “Alcatraz panameño”, ha transitado un camino complejo desde su concepción como centro de reclusión hasta convertirse en un santuario natural reconocido globalmente. Esta transición evidencia un contraste profundo entre un pasado marcado por la represión y un presente dedicado a la conservación ecológica.
La colonia penal fue fundada en 1919 bajo el mandato del presidente Belisario Porras. Para su diseño, se tomaron como referencia los modelos de cárceles insulares vigentes en aquel periodo, tales como la Isla del Diablo en la Guayana Francesa. La estrategia central consistía en aprovechar el aislamiento geográfico que ofrece el océano Pacífico y sus corrientes traicioneras, las cuales funcionaban como muros naturales diseñados para impedir cualquier intento de fuga por parte de los reos.
En sus primeras etapas, la institución fue concebida como una colonia agrícola. El objetivo era que los reos comunes trabajaran la tierra y se dedicaran a la cría de ganado, permitiendo así que el centro fuera autosuficiente en términos de abastecimiento alimentario.
Sin embargo, la naturaleza de la isla cambió drásticamente con la instauración de las dictaduras militares de Omar Torrijos y, posteriormente, Manuel Antonio Noriega. Durante estos regímenes, Coiba dejó de ser exclusivamente una prisión para delincuentes comunes y se transformó en un centro de reclusión destinado a prisioneros políticos y opositores al régimen. Fue en este periodo cuando la isla adquirió la reputación de “infierno verde”.
Los testimonios de quienes sobrevivieron a esta época describen un sistema de control brutal. Entre las prácticas más destacadas se encontraba la creación de los “Cuchilleros”, guardias —muchas veces pertenecientes a la Guardia Nacional— que armaban a los presos más peligrosos para otorgarles el control de los campamentos, lo que derivaba en sangrientas guerras internas entre los propios detenidos.
El maltrato físico era sistemático. Se practicaban torturas inhumanas que incluían amarrar a los presos desnudos a postes, exponiéndolos al sol intenso durante el día y a los mosquitos durante la noche. Asimismo, existía la “ergástula”, celdas de aislamiento diminutas y oscuras donde eran encerrados los prisioneros. El destino de muchos opositores políticos fue la desaparición; se reporta que sus cuerpos eran arrojados al mar para alimentar a los tiburones que rodean la isla o enterrados en fosas comunes anónimas.
A nivel organizativo, Coiba no contaba con un único edificio carcelario, sino que operaba mediante diversos campamentos distribuidos por la isla, como San Juan, Playa Blanca y el Campamento Central. En los campamentos perimetrales, los reos de menor peligrosidad realizaban labores de ganadería y agricultura al aire libre, mientras que los prisioneros políticos y los delincuentes más peligrosos permanecían bajo fuerte custodia en el Campamento Central.
Paradójicamente, el terror asociado a la colonia penal fue el factor que permitió la preservación del ecosistema. El miedo a los guardias y a los reos fugitivos, quienes se ocultaban en la selva y eran considerados extremadamente peligrosos, alejó a cualquier persona ajena a la prisión. Gracias a este aislamiento forzado, el 80% de los bosques de la isla permaneció virgen e intacto, evitando la deforestación que afectó a gran parte del continente.
El cierre definitivo del penal ocurrió en 2004, bajo el gobierno de Mireya Moscoso, impulsado por la presión de grupos de derechos humanos y el reconocimiento del valor ecológico del sitio. Los últimos reos fueron trasladados a prisiones en tierra firme.
Posteriormente, la isla fue declarada Parque Nacional y, en 2005, la UNESCO la nombró Patrimonio de la Humanidad. Hoy en día, Coiba es un destino fundamental para el buceo y un laboratorio natural debido a sus arrecifes de coral y fauna endémica, destacando especies como el mono aullador de Coiba.
Finalmente, la geografía de la isla reforzó su fama de prisión inexpugnable. El escape era prácticamente imposible debido a la densidad de la selva, la presencia de cocodrilos de agua salada en los ríos y los tiburones en el mar. Quienes intentaron nadar los 30 kilómetros que separan la isla de la costa de Veraguas presumiblemente murieron ahogados o fueron devorados.


