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Crisis de combustible paraliza flota pesquera en Matanzas y convierte los ríos en refugio alimentario

Por falta de combustible, Matanzas no puede celebrar este año la tradicional corrida del pargo

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Crisis de combustible paraliza flota pesquera en Matanzas y convierte los ríos en refugio alimentario
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La crisis del combustible en Matanzas ha paralizado la flota pesquera, obligando a los ciudadanos a abandonar el mar abierto para refugiarse en las orillas de los ríos San Juan y Yumurí. Lo que antes era una industria vibrante y un pasatiempo ancestral se ha transformado ahora en una lucha desesperada por la subsistencia, donde capturar un pez es la única diferencia entre alimentarse o pasar hambre. El alto costo del petróleo ha vuelto inviable la pesca de especies como el pargo, dejando las embarcaciones varadas en los muelles. Ante el desabastecimiento generalizado, el río se ha convertido en el último colchón social de la región, donde el nailon y la paciencia son las únicas herramientas disponibles para sobrevivir un día más.

En la geografía de Matanzas, los ríos San Juan y Yumurí atraviesan la ciudad como dos puñales líquidos, convirtiéndose hoy en el escenario de una resistencia silenciosa. Antes del amanecer, las márgenes de estos cauces comienzan a poblarse de siluetas humanas equipadas con nailon, jabas de carnada, atarrayas y cañas de pesca deportiva. Para el habitante de Matanzas, la relación con el agua y los peces es un vínculo ancestral, pero en la actualidad, esa conexión ha dejado de ser un pasatiempo para transformarse en una respuesta a una fuerza implacable: la urgencia de poner comida sobre la mesa en una ciudad donde los motores de la flota pesquera han quedado silenciados.

La crisis del combustible y el desabastecimiento generalizado han redibujado por completo el mapa de la pesca local. Lo que anteriormente se consolidaba como una industria vibrante de mar abierto, ha pasado a ser una lucha por la supervivencia en las orillas del río. Esta transición se evidencia en personas como Joel, quien desde un puente peatonal que divide el río Yumurí, prepara sus aparejos con una mirada fija en la corriente. Joel representa a esa masa de ciudadanos que, ante la ausencia de productos en los mercados, han debido recurrir al agua para obtener sustento.

"Mi amigo, la pesca nos está salvando", afirma Joel, subrayando que su familia ha vivido generaciones cerca del río y que, en más de una ocasión, este recurso los ha rescatado del hambre. Según su testimonio, en la Cuba actual, capturar un pescado puede marcar la diferencia fundamental entre alimentarse o irse a dormir con el estómago vacío. Aunque muchos mantienen la práctica por tradición o gusto, la motivación predominante hoy es la necesidad básica de subsistencia.

La frustración de Joel se extiende hacia el horizonte marino, un espacio que ahora parece vedado para el ciudadano común. El deseo de poseer una lancha y pescar en mar abierto se ha vuelto un anhelo lejano, pues incluso los propietarios de embarcaciones se encuentran en la misma situación que él, pescando desde la orilla. La escalada en los precios del petróleo ha golpeado el sector al punto de que algunos dueños de botes llevan casi un año sin navegar, enfrentando la incertidumbre de perder el modo de vida por el cual apostaron todo.

Este dilema es crítico para el sector pesquero matancero, especialmente durante el mes de junio, que históricamente marca el inicio de la corrida del pargo. En tiempos normales, la entrada de este pez en la bahía convertía el agua en una densa concentración de lanchas y embarcaciones artesanales que competían por los ejemplares destinados al consumo familiar o la venta. Sin embargo, hoy ir tras el pargo es una apuesta matemática desventajosa.

La pesca de esta especie exige mantener el motor encendido a bajas revoluciones, entre 4 y 7 nudos, durante horas, alternando con trayectos rápidos para alcanzar el "canto" o el veril y regresar a tiempo antes de que el clima cambie. Una jornada típica requiere entre 6 y 8 horas de navegación, con un consumo de combustible que oscila entre los 30 y 60 litros. Sumado a esto, los pescadores aplican la "regla del tercio": un tercio del combustible para llegar, un tercio para la faena y el último tercio para asegurar el retorno. Bajo estas condiciones, el tiempo real de pesca es sumamente limitado y cualquier error en el lanzamiento de las redes o una mala racha climática puede significar la quiebra económica del pescador.

En los muelles del río San Juan, Antuan, capitán de una lancha que no es de su propiedad, describe la situación con pragmatismo e ironía. Para él, la idea de que la pesca genera riqueza es cosa del pasado. "Ahora, sin combustible, tener una lancha es querer y no poder", comenta. Antuan explica que algunos han intentado ahorrar petróleo para la corrida del pargo, pero el riesgo de pérdida es altísimo. Entre los marineros ha cobrado fuerza un refrán que resume la tragedia del sector: quien compra una lancha es feliz tres veces: al comprarla, al salir a pescar por primera vez y al venderla para pasarle el problema a otro.

Esta parálisis de la flota no solo afecta a quienes navegan, sino que vacía las mesas de los hogares en Matanzas, ya que los peces que permanecen en el mar no llegan a la ciudad. Ante este escenario, el río se ha erigido como el último colchón social de la región. Theobulo, un octogenario conocido como Theo, observa este deterioro con melancolía desde el muro donde practica la pesca deportiva. Theo, quien ha pasado décadas en los muelles, asegura que todo es más difícil que hace veinte años; no hay petróleo para navegar y el hambre es más visible en las calles.

Theo señala que la necesidad ha llevado a los matanceros a romper tabúes y buscar cualquier alternativa en el agua, dinámicas que, según él, la narrativa oficial intenta maquillar. Menciona el caso de una mujer que pesca jaibas para venderlas y mantenerse, un hecho que, aunque fue reportado por el periódico Girón, omitió la verdadera razón: la necesidad extrema de subsistencia.

El paisaje pesquero de Matanzas hoy se encuentra desnudo. Mientras los pargos completan sus ciclos naturales en la bahía, libres de la presión de los motores, la población se aglomera en puentes y márgenes fluviales. La pesca de la ciudad, despojada de su combustible, sobrevive ahora únicamente a través del nailon, la paciencia y la urgencia de sobrevivir un día más.

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