El 4 de junio de 2011 permanece como una fecha imborrable en la memoria colectiva de los habitantes de Bariloche. Aquel día, la erupción del complejo volcánico Puyehue-Cordón Caulle transformó radicalmente el paisaje y la vida cotidiana de la ciudad, cubriendo cada rincón con cenizas, interrumpiendo los servicios esenciales y sumiendo a la comunidad en un estado de profunda incertidumbre. A quince años de aquel suceso, los recuerdos de quienes vivieron el evento siguen vigentes, destacando no solo la magnitud del desastre natural, sino también la respuesta humana ante la crisis.
Vanesa Vicente, quien en aquel entonces se desempeñaba como referente de la Red Solidaria local y fue una de las principales impulsoras de las jornadas de limpieza, compartió sus vivencias en el programa "Chocolate por la Noticia" de El Cordillerano Radio 93.7. Según relató, el evento fue tomado con total sorpresa, ya que no existieron preanuncios que permitieran a la población prepararse para la magnitud de lo que estaba por ocurrir.
La descripción de Vicente sobre el inicio de la erupción es vívida y perturbadora. Recuerda que la tarde comenzó siendo un día esplendoroso, pero que, de manera abrupta, el cielo se volvió negro. El impacto fue tal que describe la escena como lo más apocalíptico que ha visto en su vida. En aquel momento, los vecinos observaban cómo caían sobre los techos unas pequeñas piedras muy livianas, que se acumulaban en las manos al asomarse por las ventanas, descartando inmediatamente que se tratara de nieve o lluvia.
A medida que pasaban las horas, la sorpresa inicial se transformó en un escenario de desconcierto y caos. La caída de ceniza no fue el único problema; la ciudad enfrentó cortes de energía eléctrica y serias dificultades en las comunicaciones, lo que aumentó la angustia de las familias. Vicente recordó que hubo personas desesperadas buscando a familiares que no habían regresado a sus hogares o que se encontraban transitando por la ruta en medio de fuertes vientos, agravando la sensación de desamparo.
Sin embargo, en medio de este escenario crítico, surgió una de las mayores demostraciones de solidaridad comunitaria que ha registrado la ciudad. Vanesa Vicente y su esposo, ambos con una trayectoria previa en el trabajo social, asumieron la responsabilidad de articular los esfuerzos ciudadanos. Su objetivo fue organizar las jornadas de limpieza, una iniciativa que terminó movilizando a más de 10.000 personas, según estimaciones.
La labor de coordinación fue fundamental. Vicente explicó que, si bien existía una voluntad masiva de ayudar, era necesario ordenar y coordinar los esfuerzos para que la limpieza fuera efectiva. Uno de los puntos de mayor debate en aquel momento fue la definición de las prioridades para la remoción de la ceniza. Mientras algunos sectores sugerían priorizar zonas por motivos turísticos, el criterio impulsado por la Red Solidaria fue técnico y ambiental. Argumentaron que la ceniza depositada sobre la tierra termina integrándose naturalmente al ecosistema, mientras que sobre el asfalto representa un problema mayor. Por ello, insistieron en que el esfuerzo humano debía concentrarse prioritariamente en las zonas urbanas pavimentadas.
La magnitud de la respuesta social superó la acción de quienes empuñaron palas y escobas. La movilización incluyó un apoyo integral de diversos sectores: empresas de transporte que cedieron camiones, proveedores que suministraron baños químicos y centros de salud que garantizaron la atención médica para cualquier persona que lo requiriera durante las tareas.
Un aspecto crucial de la gestión de estas jornadas fue la neutralidad. Vicente destacó que se realizó un trabajo de diplomacia e inteligencia para evitar que la iniciativa fuera asociada a sectores políticos, sindicales o empresariales específicos. El objetivo era que el protagonismo recayera exclusivamente en la comunidad, asegurando que la meta común estuviera por encima de cualquier interés particular.
Quince años después, Vanesa Vicente reflexiona sobre aquel evento como una de las expresiones más genuinas de unidad social en Bariloche. Para ella, ver a 10.000 personas trabajando juntas confirmó que los objetivos y sueños de la comunidad suelen ser más similares de lo que se cree. Concluyó asegurando que el resultado extraordinario de aquellas jornadas fue la prueba tangible de que, cuando una comunidad logra unirse detrás de un objetivo común, la capacidad humana para superar la adversidad es maravillosa.


