Las paredes de la mítica vivienda ubicada en la calle Azamor, en Villa Fiorito —un asentamiento de trabajadores en los suburbios de Buenos Aires—, vuelven a ser testigos de la urgencia que marcó los primeros años de vida de uno de los mayores íconos del fútbol mundial: la lucha contra el hambre. Décadas atrás, Diego Armando Maradona vivió allí las privaciones de una infancia dura. Hoy, en un reflejo de la historia cíclica que atraviesa Argentina, esa humilde morada se ha transformado en un refugio fundamental para los vecinos que atraviesan la situación económica más crítica.
Desde marzo, el jardín de la casa donde nació el hombre considerado por muchos como el mejor jugador de la historia se ha convertido en una “olla popular”. Bajo la coordinación del pastor Leonardo Álvarez y un grupo de voluntarios de la ONG cristiana Sal de la Tierra, este espacio comunitario brinda alimentación cada jueves a aproximadamente 200 familias del barrio. Para los residentes de la zona, este servicio se ha vuelto vital. Gabriel Gavilán, uno de los vecinos que acude semanalmente por su vianda, relata que se acercaron al lugar al enterarse de la iniciativa debido a que estaban pasando por un momento difícil. Por su parte, Jimena Bucci, voluntaria del proyecto, sintetiza la situación destacando que, en este contexto, la única herramienta de sostén es la solidaridad mutua entre los más pobres.
Esta iniciativa comunitaria se fundamenta en un paralelismo histórico con la vida de Maradona. El exfutbolista recordó en diversas ocasiones los sacrificios de su madre para alimentar a la familia. En una entrevista televisiva de 2007, Maradona rememoró con emoción cómo su madre solía decir que le dolía el estómago para evitar comer y priorizar que sus hijos estuvieran alimentados, cuando en realidad la comida no alcanzaba. Evocando ese espíritu de supervivencia, el pastor Álvarez explica que el motor del proyecto es lograr que muchas “Totas” (en referencia a la madre del astro) y muchos “Dieguitos” se vayan cada jueves con la panza llena para evitar que repitan las carencias que ellos pasaron.
Aunque la vivienda ya no pertenece a los herederos de la familia Maradona, sus actuales propietarios, liderados por doña Mari, decidieron abrir las puertas para la preparación de la comida. La idea original surgió de la propia propietaria, quien, al no contar con ingresos suficientes debido a su jubilación, solicitó la colaboración de la ONG Sal de la Tierra para concretar el proyecto. La logística para mantener la olla popular es compleja: la organización compra carne y verduras frescas mediante la venta de productos autogestionados, complementando esto con alimentos secos provistos por el Ministerio de Desarrollo de la Comunidad de la Provincia de Buenos Aires, ya que informan que no reciben asistencia del Gobierno nacional.
El incremento de comedores y ollas populares en Villa Fiorito es el resultado de un escenario económico marcado por la falta de empleo formal y una presión persistente sobre los precios. Según datos oficiales, la inflación interanual en abril alcanzó el 32,4 %, reduciendo drásticamente el margen de maniobra de las familias con menores ingresos. Este encarecimiento de los productos básicos ha provocado que personas que nunca habían recurrido a la asistencia social ahora dependan de estos espacios. María Torres, cocinera de la olla y madre de ocho hijos actualmente desocupada, describe con dolor cómo llegan personas llorando que acaban de perder su trabajo y que jamás habían pisado un comedor comunitario.
La crisis ha demostrado que el empleo ya no es garantía para cubrir la canasta básica. Sebastián Aquino, vecino que retira su vianda semanalmente, afirma que aunque trabaja, sus ingresos no son suficientes. El pastor Álvarez describe a Fiorito como “la parte trasera de la ciudad de Buenos Aires”, señalando que el trabajo de cartonear ya no es rentable y que muchas pymes y fábricas pequeñas de la zona han cerrado. Además, menciona la precariedad de quienes trabajan en aplicaciones de transporte, repartidores en bicicleta y jubilados que no llegan a cubrir sus gastos básicos a mitad de mes. Esta situación conlleva un impacto psicológico, como confiesa Ruth, una vecina que admite haber sentido vergüenza al asistir por primera vez a un comedor tras perder su estabilidad laboral.
Las estadísticas oficiales reflejan la magnitud de la crisis: el 28,2 % de la población argentina se encuentra por debajo de la línea de pobreza y el 6,3 % en situación de indigencia. Los menores de 14 años son los más afectados, con un 41,3 % residiendo en hogares pobres. No obstante, el informe de abril de 2026 del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) revela datos más alarmantes sobre la pobreza estructural en 2025: el 53,6 % de los niños, niñas y adolescentes son pobres, mientras que la indigencia infantil alcanza el 10,7 %.
La investigación de la UCA destaca que el 28,8 % de los menores sufrieron inseguridad alimentaria, y un 13,2 % experimentó inseguridad alimentaria severa, lo que implica episodios de hambre por razones económicas. El informe advierte que estas cifras no fueron peores gracias a que, entre 2010 y 2024, el 61,7 % de los menores de 17 años requirió de comedores o escuelas para recibir alimentación gratuita. En este contexto, la casa de la calle Azamor conserva la misma humildad que tenía en los años 60. Para María Torres, el lugar ha trascendido lo deportivo para convertirse en una bendición, siendo el sitio donde nació y jugó el Diego y donde hoy muchos vecinos esperan cada jueves un plato de comida.


