La importancia de los controles médicos preventivos cobra un sentido vital en el relato de Marcela Sánchez, una mujer de 42 años cuya vida dio un giro inesperado tras un examen de rutina. Lo que comenzó como una visita habitual al centro de salud terminó en un diagnóstico que puso a prueba su fortaleza física y emocional: cáncer de cérvix, comúnmente conocido como cáncer de cuello uterino.
Marcela, quien se desempeña profesionalmente en la Dinac - Aeropuerto y es además profesora de zumba, relató que la detección ocurrió el pasado 5 de diciembre durante la realización de un Papanicolaou. Según explicó la paciente, el hallazgo fue sorprendente debido a que no presentaba ningún síntoma evidente. "Realmente la enfermedad en sí yo ya la tenía hace mucho tiempo, me explicó la ginecóloga", detalló, subrayando que el cáncer se había desarrollado de manera silenciosa durante años.
La naturaleza asintomática de su condición fue uno de los puntos más inquietantes de su testimonio. Marcela señaló que no experimentó dolores ni malestares previos, e incluso mencionó que sus ciclos menstruales se mantenían regulares, lo que ocultaba la presencia de la patología. Fue gracias a la biopsia completa posterior que los médicos pudieron confirmar que el cáncer ya estaba presente y avanzado en su organismo, aunque detectado a tiempo para evitar complicaciones mayores.
El proceso posterior al diagnóstico estuvo marcado por la incertidumbre. Marcela describió que la espera de los resultados de la biopsia se extendió por más de un mes, periodo durante el cual vivió la duda constante sobre la necesidad de una intervención quirúrgica. Finalmente, a finales de enero, inició su etapa en el área de oncología, enfrentando un intenso calendario de estudios, análisis y resonancias magnéticas.
Tras las evaluaciones médicas, la doctora a cargo determinó que la cirugía no era la opción viable en primera instancia, debido a que el tumor se encontraba ubicado en una zona bastante delicada. En consecuencia, el equipo médico estableció un protocolo de tratamiento basado en la combinación de quimioterapia y radioterapia con el objetivo de hacer desaparecer la masa tumoral.
El impacto emocional del diagnóstico fue devastador. Marcela describió el momento de recibir la noticia como un "balde de agua fría", confesando que el primer pensamiento fue para su hijo. La palabra "cáncer", asociada frecuentemente con la muerte, la sumió en un estado de malestar profundo durante la primera semana. Sin embargo, la paciente decidió cambiar su actitud, convencida de que la mentalidad juega un papel fundamental en el proceso de recuperación.
En este camino, la fe en Dios se convirtió en su principal pilar de soporte. A pesar de no estar acostumbrada a orar, Marcela encontró en la espiritualidad la fortaleza necesaria para enfrentar el tratamiento. "Dije: ‘Señor yo no sé orar pero te pido que mires mi corazón’. Desde ese momento me empezaron a salir las palabras", relató, asegurando que aprender a orar le brindó la resistencia emocional requerida.
El tratamiento fue riguroso y demandante. Marcela debió someterse a seis sesiones de quimioterapia, programadas todos los martes, con una duración de cuatro horas por sesión. Paralelamente, enfrentó un ciclo de 25 sesiones de radioterapia, aplicadas diariamente, exceptuando fines de semana y feriados, lo que extendió el proceso por más de un mes.
A pesar de la dureza del tratamiento, Marcela destacó que no sufrió la caída del cabello. No obstante, sí experimentó efectos secundarios físicos, principalmente una pérdida de peso de cinco kilos en un mes y medio, provocada por dolores en la boca del estómago que surgían dos días después de cada sesión de quimio, dificultando su alimentación.
Actualmente, Marcela Sánchez se encuentra en el proceso de remisión y bajo controles médicos constantes, habiendo superado la etapa más crítica de la enfermedad. Debido a que todavía se agita con facilidad, ha tenido que hacer una pausa en sus actividades como profesora de zumba.
Finalmente, Marcela dejó un mensaje de esperanza y concienciación para todas las mujeres, instándolas a no dejarse vencer por el diagnóstico. Hizo hincapié en que la actitud y la fe deben ser más grandes que la enfermedad, exhortando a ver este proceso como una etapa y no como un final, reafirmando su convicción de que "para Dios no hay imposibles".


