Evelio Menjívar, el recién nombrado obispo de la diócesis de Wheeling-Charleston, carga con una historia de vida que refleja las complejidades de la migración centroamericana. A sus 56 años, este religioso salvadoreño se prepara para asumir su labor pastoral en Virginia Occidental, un estado caracterizado por ser un bastión republicano y donde el apoyo a Donald Trump en las elecciones de 2024 fue arrollador. Sin embargo, antes de alcanzar esta posición de liderazgo eclesiástico, Menjívar vivió en carne propia la precariedad de quien huye de la violencia y el miedo a la deportación.
Su camino hacia Estados Unidos comenzó hace más de tres décadas, en 1990, impulsado por la crudeza de la guerra civil en El Salvador. En aquel entonces, la situación para los jóvenes era crítica, pues se enfrentaban al riesgo constante de ser reclutados forzosamente, ya fuera por el ejército o por la guerrilla. Ante la falta de oportunidades y el peligro inminente, Menjívar tomó la decisión de abandonar su país en lo que él describe como un mero acto de supervivencia.
El camino no fue sencillo. En su primer intento de ingresar a territorio estadounidense, viajó hasta Tijuana, México. Allí, la realidad lo golpeó duramente: fue detenido, encarcelado y finalmente deportado. El recuerdo de aquel momento permanece vívido, especialmente la imagen de la bandera de Estados Unidos ondeando al otro lado de la frontera mientras se despedía, momentáneamente, de lo que muchos llaman el sueño americano.
A pesar de este revés y de otras dos tentativas frustradas, la determinación de Menjívar prevaleció. Finalmente, logró cruzar la frontera de una manera extrema: escondido en el maletero de un coche. En ese espacio reducido, viajaba apretado junto a su hermano y dos primos, con rumbo a California. Al llegar a Los Ángeles, el choque cultural fue total. Proveniente de un pequeño pueblo donde el español era el único idioma predominante, se encontró de repente en una metrópolis grandísima, multicultural y multiétnica.
Con el tiempo, su situación legal fue evolucionando. Primero obtuvo un estatus de protección por motivos humanitarios, posteriormente consiguió una visa como trabajador religioso y, finalmente, alcanzó la ciudadanía estadounidense en el año 2006. Esta trayectoria personal le otorga una perspectiva única ahora que se convierte en el primer obispo salvadoreño de la historia del país en un estado donde cerca del 90 % de la población es estadounidense y caucásica.
El nombramiento de Menjívar ocurre en un contexto de tirantez entre el papa León XIV y Donald Trump, debido a profundos desacuerdos en materias como la inmigración y la guerra contra Irán. Ante las interpretaciones de que su designación podría ser una provocación del pontífice hacia el mandatario estadounidense, el obispo ha sido claro: no cree que sea el caso. Para Menjívar, la decisión es coherente con los valores del papa, quien también fue misionero en una cultura distinta al haber servido en Perú. Según el obispo, el pontífice no tuvo miedo de enviarlo a Virginia Occidental porque sabe que, aunque se sea extranjero, el pueblo puede llegar a amar a quien abre su corazón.
Es precisamente ese recibimiento el que espera Menjívar de su nueva comunidad. Aspira a ser percibido como un pastor que huela a oveja, alguien dispuesto a remangarse y trabajar arduamente por la gente. En cuanto a su relación con el poder político, Menjívar prefiere definirse como un defensor de los inmigrantes más que como un crítico de Trump. Ha manifestado que, independientemente de quién ocupe la Casa Blanca, su crítica estará presente si las políticas implementadas atentan contra la dignidad humana.
La coincidencia temporal de su nombramiento con la reunión en el Vaticano entre el secretario de Estado, Marco Rubio, y el papa León XIV, es vista por Menjívar como una oportunidad positiva. Considera que dicho encuentro para limar asperezas es una vía necesaria para trabajar juntos, insistiendo en que el diálogo es preferible a los mensajes que dividen a la comunidad.
Al reflexionar sobre su pasado como indocumentado, Menjívar evoca los verbos que el papa León XIV utiliza frecuentemente al hablar de migración: dar la bienvenida, acoger, proteger y promover. Con este objetivo, se embarca en la tarea de predicar en una región con escasa diversidad, esperando que la sociedad deje atrás el estigma que persigue a los migrantes. Para el nuevo obispo, la historia de una persona no puede definirse únicamente por la forma en que entró a un país, ya sea en un maletero, con visa o en avión; eso es solo una parte de la historia, pero no la totalidad de la persona.


