Las elecciones peruanas se encuentran en un momento crucial, con un posible cambio en el panorama político que podría tener repercusiones significativas en toda la región andina y más allá. Inicialmente, los resultados parecían indicar una segunda vuelta entre Keiko Fujimori Higuchi y Rafael López Aliaga, ambos representantes de la derecha peruana, con alrededor del 17% y menos del 13% de los votos respectivamente. Sin embargo, un reciente repunte en el conteo de votos ha puesto a Roberto Sánchez Palomino, un candidato de izquierda y exministro del gobierno de Pedro Castillo, en una posición que podría desafiar las predicciones iniciales.
La dispersión del campo político peruano, con la participación de decenas de partidos y candidatos, ha limitado el rendimiento de las principales fuerzas, reflejándose en los porcentajes obtenidos hasta el momento. Si Sánchez Palomino logra superar a López Aliaga, el avance de la derecha en Perú no estaría garantizado, sino que dependería de las alianzas que pueda forjar y de su desempeño en una eventual segunda vuelta.
Fujimori Higuchi y López Aliaga comparten una ideología de derecha, caracterizada por políticas de seguridad más estrictas, control de la migración, promoción de la libertad de comercio y un rechazo frontal a las izquierdas latinoamericanas, tanto democráticas como autoritarias. Ambos han manifestado simpatías por el movimiento trumpista en la región y han prometido adoptar políticas exteriores alineadas con las nuevas derechas.
Uno de los puntos clave de la campaña presidencial en la segunda vuelta será la relación de Perú con China y la región de Asia-Pacífico. Si bien ambos candidatos podrían matizar sus posiciones, se espera que ambos busquen priorizar una relación con el gobierno de Donald Trump, sin alterar significativamente los vínculos y proyectos de inversión y crédito existentes con China en el país andino.
De no lograr pasar al balotaje, el nuevo gobierno peruano impulsaría un desplazamiento conservador en la región, fortaleciendo las relaciones con Ecuador, Bolivia y Chile. Esta situación podría llevar a que toda la región andina quede en manos de la derecha, lo que se reflejaría en las dinámicas y presiones diplomáticas dentro de América Latina.
La consolidación de una fuerza conservadora en los Andes podría llevar a un intento de revitalizar los lazos con Argentina y Paraguay, dos países suramericanos también gobernados por derechas. En foros regionales como el Mercosur, se observaría una clara confluencia de gobiernos con una línea ideológica similar, que, a pesar de posibles coincidencias pragmáticas con Brasil y Uruguay, manifestaría su rechazo a los BRICS y a las alternativas geopolíticas a Estados Unidos.
El avance de la derecha en Perú ejercerá una presión considerable sobre los gobiernos de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil y Gustavo Petro en Colombia. Es probable que estos gobiernos exploren diversas formas de persuasión para influir en las elecciones en Brasil, a favor de Flavio Bolsonaro, y en Colombia, en la elección del candidato que se enfrentará a Iván Cepeda.
Estas elecciones no solo podrían implicar un mayor intervencionismo por parte de Estados Unidos, sino también una participación activa de la nueva derecha latinoamericana en la escena regional. La posible cohesión conservadora en la región andina podría marcar un nuevo capítulo en las relaciones internacionales de América Latina, con implicaciones significativas para el equilibrio de poder y la dirección política del continente.
La incertidumbre en Perú se suma a un contexto regional complejo, donde las tensiones ideológicas y geopolíticas están en constante evolución. El resultado de estas elecciones será determinante para el futuro de Perú y para la configuración del panorama político en América Latina. La atención internacional se centra ahora en el conteo final de votos y en las posibles alianzas que se puedan formar de cara a una eventual segunda vuelta, que definirá el rumbo del país andino y su papel en la región. La posibilidad de un giro a la izquierda, aunque incierta, mantiene viva la esperanza de un contrapeso a la creciente influencia de la derecha en la región.











