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DISEÑO EXCLUYENTE: La barrera no está en la edad, sino en el entorno

DISEÑO EXCLUYENTE: La barrera no está en la edad, sino en el entorno
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La dificultad que enfrentan las personas mayores al interactuar con el entorno, ya sea físico o digital, no es un problema inherente a la edad, sino una consecuencia de un diseño que no considera la diversidad de las necesidades humanas. Un reciente estudio internacional, coordinado por Mladan Jovanovi en colaboración con investigadores de universidades de Singidunum, Bolzano y Northumbria, pone de manifiesto cómo el enfoque tradicional en la tecnología y el urbanismo, centrado en un usuario promedio, genera exclusión y limita la autonomía de un sector creciente de la población.

La investigación, basada en el estándar de la Organización Mundial de la Salud (OMS), redefine la comprensión del envejecimiento activo, alejándose de la idea de compensar el deterioro asociado a la edad y enfocándose en cómo el diseño puede fortalecer el bienestar físico, mental y social de las personas mayores. El modelo propuesto por los investigadores sitúa en el centro las preferencias, competencias y deseos de las personas mayores, vinculando su bienestar no solo a su capacidad física, sino también a su tejido social, su propósito y su autonomía.

El estudio revela que muchas tecnologías orientadas al envejecimiento activo, a pesar de su intención de promover un estilo de vida más autónomo, presentan barreras que dificultan su adopción. Estas barreras, según los investigadores, se originan en estereotipos negativos sobre la vejez que se reflejan en el diseño de productos y servicios. El análisis incorpora tanto las características individuales de los usuarios como el contexto sociotécnico en el que utilizan estas herramientas, recopilando y examinando datos sobre sus expectativas y experiencias con dispositivos como andadores robotizados, tabletas, redes sociales y sistemas de recomendación.

El concepto de accesibilidad universal, que propone diseñar entornos, productos y servicios utilizables por todas las personas sin necesidad de adaptaciones posteriores, cobra centralidad en este contexto de envejecimiento poblacional sostenido. A nivel global, la proporción de personas mayores de 60 años está en constante crecimiento, sin embargo, gran parte de las ciudades, los sistemas de transporte y las plataformas digitales siguen diseñados bajo una lógica que excluye a aquellos con limitaciones físicas o cognitivas.

El problema, por lo tanto, deja de ser individual y se convierte en estructural. Un contrato bancario con letra pequeña no solo dificulta la lectura a las personas mayores, sino también a aquellas con baja visión. Una aplicación con múltiples pasos y validaciones no afecta únicamente a quienes no crecieron con la tecnología digital, sino también a usuarios con dificultades cognitivas o bajo nivel de alfabetización digital. Una escalera sin alternativa no es un obstáculo solo para la vejez, sino también para personas con movilidad reducida o padres con cochecitos de bebé.

El diseño, en definitiva, define la experiencia y, en muchos casos, también la exclusión. Esta tensión se hace especialmente visible en el urbanismo, donde la altura de los escalones, la señalización, la iluminación y el estado de las veredas condicionan la autonomía de las personas. Un entorno accesible amplía las posibilidades de movimiento, mientras que uno restrictivo las reduce. Sin embargo, las barreras ya no son únicamente físicas.

La digitalización acelerada de los últimos años ha generado nuevas formas de exclusión. Operaciones bancarias, turnos médicos y trámites estatales se han trasladado al ámbito digital, ampliando las posibilidades, pero también creando obstáculos invisibles para aquellos que no están familiarizados con las nuevas tecnologías. Interfaces complejas, lenguajes técnicos, validaciones múltiples y sistemas poco intuitivos se convierten en barreras que dificultan el acceso a servicios esenciales.

Ante este panorama, el diseño universal se presenta como una herramienta transversal que abarca la arquitectura, el urbanismo, la comunicación, la tecnología, los servicios y las políticas públicas. Su premisa es simple: si un sistema funciona para una persona de 80 años, probablemente funcione para el resto. El beneficio no es sectorial, sino colectivo.

Esta lógica se traduce en decisiones concretas como el uso de tipografías legibles, interfaces simples, señalización clara, accesos sin barreras e información comprensible. No se trata de soluciones complejas, sino de decisiones de diseño que, a menudo, quedan relegadas.

Parte del problema reside en la forma en que se concibe la discapacidad. Tradicionalmente, se ha asociado a una condición individual, pero el modelo social propone invertir esta relación: la discapacidad surge cuando el entorno no contempla la diversidad de quienes lo habitan. Desde esta perspectiva, una ciudad sin rampas no revela una limitación personal, sino una decisión de diseño.

El mismo principio se puede aplicar a otros ámbitos. Una aplicación inaccesible no evidencia falta de capacidad del usuario, sino un desarrollo que no consideró distintos perfiles. Un sistema de transporte inaccesible no describe a quienes no pueden usarlo, sino cómo fue concebido. El desafío es amplio y requiere repensar normativas, prácticas profesionales y criterios de diseño, incorporando la accesibilidad como estándar y no como excepción.

En una sociedad que envejece, esta discusión trasciende lo sectorial. La escena inicial el colectivo, el escalón, la espera no es un hecho aislado, sino la consecuencia visible de una lógica más profunda: una forma de construir entornos que incluyen a algunos y excluyen a otros. La pregunta fundamental no es quién puede adaptarse, sino qué estamos diseñando.

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