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NACIÓN EN DEBATE: La vieja acusación a la izquierda resurge en la era del streaming

NACIÓN EN DEBATE: La vieja acusación a la izquierda resurge en la era del streaming
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Hay una escena reciente, aunque repetida durante décadas con distintos decorados. Un micrófono de streaming, una mesa descontracturada, una liturgia de sorna, una ronda de muchachos que hablan de política como si estuvieran devolviéndole al país una verdad secuestrada. En algún momento, casi siempre llega la frase. Sale fácil, como salen los comentarios cuando no necesitan demostración sino complicidad. La izquierda no entiende la nación . O peor: la izquierda es ajena a la tradición nacional . Y enseguida asoman las estampitas de ocasión: la patria, la escarapela, la industria, el pueblo, el asado, Malvinas, el himno, la camiseta, alguna cita de Perón arrancada de contexto, y del otro lado una caricatura: la izquierda como una importación, un injerto libresco, una secta de traducciones, gente que conoce mal la historia del país y que siempre habla en nombre de la humanidad.

La operación es vieja. Lo nuevo es apenas el formato. Antes se hacía en el comité, en la sobremesa de la política profesional o en la cátedra nacional. Ahora se hace con auriculares, cortes para TikTok y una confianza abrumadora en que la historia comienza cuando uno prende la cámara. Pero el argumento, si puede llamárselo así, sigue siendo el mismo: identificar nación con una tradición estatal, militar, caudillesca o movimientista en la que la izquierda solo podría entrar como invitada incómoda, como traductora de materiales ajenos. Es un viejo truco argentino: acusar de extranjería a quienes señalan que la extranjerización verdadera estuvo casi siempre del lado de las clases dominantes.

Porque si uno quiere hablar en serio de la nación, lo primero que tiene que hacer es rescatarla de los que la usan como contraseña. Nación no es una pulsera de cuero ni un decorado para actos escolares. Tampoco una caja de resonancia de la nostalgia semiindustrial. Nación es una experiencia histórica conflictiva, una trama de lenguas, territorios, derrotas, mezclas, violencias, migraciones, promesas incumplidas. Y sobre todo: nación es un campo de lucha. No una esencia. No una propiedad. No una herencia administrada por un partido. No un monopolio sentimental de nadie.

En el contexto actual, esta discusión se reaviva en medio de protestas y reclamos de sectores piqueteros, destacando las medidas de seguridad implementadas por el jefe comunal porteño. La reciente jornada de protestas masivas, convocada por la Federación Universitaria de La Plata y la Juventud del Partido de los Trabajadores, pone de manifiesto la tensión entre diferentes actores políticos y sociales. Paralelamente, los partidos que integran el Frente de Izquierda y de los Trabajadores ultiman detalles para una jornada de movilización.

La acusación de ajenidad a la tradición nacional, según se desprende del análisis, busca deslegitimar las propuestas de la izquierda, presentándola como ajena a la realidad y a los sentimientos del pueblo argentino. El ex diputado nacional Pablo López, por ejemplo, advierte sobre los posibles efectos negativos del proyecto libertario, señalando que podría generar un saqueo por parte de un puñado de empresas.

Esta dinámica refleja una constante en la política argentina: la utilización de la noción de nación como herramienta para excluir y polarizar. La idea de una tradición nacional homogénea y monolítica, defendida por ciertos sectores, ignora la complejidad y la diversidad de la experiencia histórica argentina. La nación, en cambio, es un proceso en construcción, marcado por conflictos, contradicciones y luchas por el poder.

La proliferación de formatos de streaming y redes sociales, como TikTok, amplifica esta discusión, permitiendo que las ideas se difundan rápidamente y lleguen a un público más amplio. Sin embargo, también contribuye a la simplificación de los debates y a la polarización de las posiciones. La confianza en que la historia comienza cuando uno prende la cámara puede llevar a una visión acotada y sesgada de la realidad, ignorando el pasado y las complejidades del presente.

En definitiva, la acusación de que la izquierda no entiende la nación es un recurso retórico que busca deslegitimar las propuestas de cambio y mantener el statu quo. La verdadera comprensión de la nación, sin embargo, requiere un análisis crítico de la historia, una valoración de la diversidad y una apertura al diálogo y al debate. La nación no es una herencia, sino una construcción colectiva, un campo de lucha donde todos los actores sociales tienen un papel que desempeñar.

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