La religiosidad cristiana en declive, reflexiones sobre la Semana Santa y el cambio de costumbres a lo largo del tiempo.
La tradicional Semana Santa, tiempo de recogimiento y fervor religioso, despierta interrogantes sobre su evolución en la sociedad actual. Si bien la afirmación popular de que todo tiempo pasado fue mejor resulta una generalización, la reflexión sobre el estado actual de la religiosidad cristiana en estos días resulta pertinente. Observadores señalan un marcado contraste con las prácticas y el ambiente que caracterizaban esta festividad en décadas anteriores, donde la mundanidad parece eclipsar la religiosidad .
Testimonios de quienes vivieron la Semana Santa en el pasado evocan un escenario muy diferente al actual. En aquellos tiempos, la asistencia a misa durante la Cuaresma era una práctica familiar ineludible, con padres que velaban por la participación de sus hijos. El Domingo de Ramos se vivía con especial solemnidad, con los fieles buscando la bendición de sus ramos como símbolo de fe y devoción. La abstinencia de carne, reemplazada por el tradicional bacalao, era una muestra tangible de compromiso religioso.
Las mujeres, en particular, jugaban un papel destacado en las manifestaciones de fe, ataviadas con mantillas para participar en las estaciones de oración en diversas iglesias, rindiendo culto a Jesucristo. El Sermón de las Tres Horas y la homilía del obispo congregaban a un gran número de creyentes, ávidos por escuchar la palabra de Dios y profundizar en su fe.
Desde la infancia, se inculcaba el sentido profundo de la Semana Santa, reviviendo los sufrimientos de Jesús, su crucifixión entre dos ladrones y su posterior resurrección, celebrada como la Pascua de Resurrección. Esta narrativa central del cristianismo era transmitida de generación en generación, arraigando en el corazón de los fieles la importancia de la fe y la redención.
Los viajes de Semana Santa, aunque existentes, tenían un propósito diferente al que se observa en la actualidad. Las personas se desplazaban a provincias principalmente para participar en las procesiones que se llevaban a cabo en sus localidades de origen, especialmente en lugares como Ayacucho, donde las hermandades y colectividades religiosas elaboraban elaboradas alfombras de flores para el paso del Señor Crucificado. Estas procesiones no eran meros espectáculos, sino expresiones auténticas de fe y devoción popular.
Sin embargo, incluso en aquellos tiempos, existían elementos curiosos y poco convencionales. Se recuerda, por ejemplo, la costumbre de algunos lugareños en Chancay de acariciar la quijada del asno que portaba la imagen del Señor Jesús, seguido de un acto de santiguación. Esta práctica, observada por estudiantes universitarios durante las festividades organizadas por Juan Bautista Bardeli en su fundo, revela la mezcla de fe y tradiciones populares que caracterizaba la Semana Santa.
Un aspecto notable de la Semana Santa de antaño era la ausencia de actividades de entretenimiento profano. Las discotecas y otros lugares de diversión permanecían cerrados, y la programación de radios y televisoras se centraba en música sacra o clásica. Incluso en los cines, las películas exhibidas solían ser de temática religiosa, como Vida, pasión y muerte de Jesús , Los diez mandamientos y Ben Hur , reforzando el mensaje de fe y reflexión.
El contraste con la situación actual es evidente. Se observa un retroceso en el respeto a la religiosidad de los creyentes, así como una falta de moderación en las actividades de esparcimiento que pueden perturbar las tradiciones cristianas. La necesidad de encontrar un equilibrio, como sugiere el refrán popular, se hace más apremiante: Ni tan cerca que queme al Santo, ni tan lejos que no lo alumbre . Se requiere un respeto mutuo entre las diferentes expresiones culturales y religiosas, permitiendo que cada quien viva su fe en libertad, sin imponerla ni perturbar las creencias de los demás. La Semana Santa, como tiempo de reflexión y recogimiento, debe ser preservada como un espacio sagrado para aquellos que encuentran en ella un significado profundo y una conexión con lo divino.











