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Latinoamérica: Menos Niños, Más Mascotas, Futuro en Declive

Sobre la avenida Vespucio Sur, un gigantesco aviso inmobiliario publicita un nuevo complejo de viviendas: “áreas verdes, espacio de quincho para hacer asado, sector pet friendly”. Es una de las arterias principales de Santiago de Chile, pero el mismo cartel podría estar en Bogotá, Río de Janeiro o cualquier otra gran ciudad latinoamericana.

Latinoamérica: Menos Niños, Más Mascotas, Futuro en Declive

América Latina y el Caribe enfrentan una transformación demográfica sin precedentes, marcada por una drástica caída en la fecundidad y un cambio en las prioridades familiares, donde la maternidad y la paternidad ya no son destinos asumidos. La región promedia actualmente 1,8 hijos por mujer, una cifra inferior al nivel de reemplazo de 2,1 necesario para mantener una población estable, sin considerar la migración. Este descenso, mucho más acelerado que en Europa y superior a las proyecciones de Naciones Unidas de hace dos décadas, está reconfigurando el panorama social y económico de la región.

La evidencia de este cambio se manifiesta incluso en la publicidad. Anuncios de complejos habitacionales que resaltan “áreas verdes, espacio de quincho para hacer asado, sector pet friendly” son comunes en ciudades como Santiago de Chile, pero podrían replicarse fácilmente en Bogotá, Río de Janeiro o cualquier otra metrópolis latinoamericana. Esta tendencia se extiende a otros ámbitos, como se observa en Ciudad de México, donde estudios de estética canina y salones de belleza para mujeres ofrecen servicios a precios similares, reflejando la creciente importancia de las mascotas en la vida cotidiana. En ciudades como Buenos Aires y Quito, ya hay más perros que niños.

Según el último Observatorio Demográfico de la CEPAL, la tasa de fecundidad en América Latina ha experimentado una caída vertiginosa. En los años 50, cada mujer latinoamericana tenía un promedio de 5,8 hijos; esta cifra se redujo a la mitad en 1995 (2,9), alcanzó el nivel de reemplazo en 2014 (2,1) y actualmente se sitúa en 1,8. Simone Cecchini, Director del Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (CELADE) de la CEPAL, señala que esta transición ha sido mucho más rápida de lo esperado.

Las consecuencias de esta tendencia son palpables. La población total de América Latina y el Caribe continuará creciendo hasta 2053, pero a partir de entonces, comenzará a disminuir en promedio. Algunos países y territorios ya experimentan esta realidad, como Cuba y Uruguay, así como varias islas del Caribe.

La socióloga Martina Yopo Díaz, especializada en género, maternidad y reproducción, observa el anuncio de viviendas en la Vespucio Sur como un síntoma de esta transformación. “Los niños, y la reproducción en un sentido más amplio, ocupan un lugar cada vez más marginal en los proyectos de vida de las nuevas generaciones”, afirma. En demografía, una tasa de fecundidad por debajo de 1,3 hijos por mujer se considera ultrabaja, y Chile, con 1,1 hijos por mujer, lidera esta tendencia en América Latina y se encuentra entre los países con las tasas más bajas del mundo. Costa Rica (1,32) y Uruguay (1,39) le siguen de cerca, mientras que Argentina (1,5) se encuentra en el umbral de la fecundidad baja.

Yopo Díaz destaca que este fenómeno es multicausal, pero señala como punto de partida clave el descenso del embarazo adolescente. “En Chile, las tasas de embarazo adolescente disminuyeron cerca de un 80% en la última década, un logro de salud pública vinculado a políticas de autonomía reproductiva y mayor acceso a anticoncepción”, explica. Esta tendencia se ha generalizado en América Latina, con una reducción de la tasa de nacidos vivos por cada mil mujeres de entre 15 y 19 años de 70 en 2014 a alrededor de 50 en 2024, una baja cercana al 40% en apenas diez años. Sin embargo, la región sigue siendo la segunda con mayor embarazo adolescente del mundo, solo por detrás de África, y el fenómeno continúa profundamente atravesado por la desigualdad social.

La caída de la natalidad no se expresa de la misma manera en todos los sectores de la sociedad. Según Cecchini, las mujeres de menores ingresos tienden a tener más hijos de los que desearían, mientras que las mujeres de mayores ingresos tienen menos de los que quisieran. La participación laboral de la mujer, la desigualdad de género y la fecundidad están intrínsecamente ligadas.

La educación emerge como una variable decisiva. A mayor nivel educativo de las mujeres, menor cantidad de hijos. En México, por ejemplo, en 1990 las mujeres tenían un promedio de 3,4 hijos y 6,4 años de escolaridad; en 2020, la fecundidad cayó a 1,9 hijos mientras los años de estudio superaron los 10. Tendencias similares se observan en Colombia, Brasil y otros países.

Además, el cuidado de los hijos sigue estando “privatizado” y recargado principalmente sobre las mujeres. La falta de jardines accesibles, licencias parentales bien diseñadas y políticas de cuidado dificulta la maternidad y la convierte en un riesgo laboral. La desigualdad, por lo tanto, no solo determina cuántos hijos se tienen, sino cuánta libertad real existe para decidirlo.

Cecchini menciona el caso de Brasil, donde las políticas de acceso al cuidado infantil han mejorado la inserción laboral formal de mujeres con menor nivel educativo. Estas políticas, aunque no revierten drásticamente el descenso de la fecundidad, ayudan a que quienes desean tener hijos puedan hacerlo sin enfrentar costos desproporcionados.

Los especialistas advierten que las políticas para incentivar la natalidad, como bonos y licencias generosas, han tenido un impacto limitado o temporal en otros países. En Europa, estas políticas a menudo logran adelantar la edad en la que las mujeres tienen hijos, lo que tiene consecuencias en cuanto a la fertilidad y la cantidad de hijos por hogar.

Yopo Díaz recalca que no todas las personas querrán tener hijos, independientemente de las políticas implementadas. Sin embargo, sí se pueden mejorar las condiciones para aquellos que desean ser madres o padres, brindándoles estabilidad económica, tiempo y apoyo. En este sentido, hablar de “crisis de natalidad” puede ser engañoso. La pregunta clave es cómo organizar una sociedad que permita que la decisión de tener hijos no sea una condena, especialmente para las mujeres.

Si la natalidad baja y la longevidad aumenta, la población envejece. La pirámide poblacional se invierte, con una base estrecha, un centro ensanchado y una cúspide cada vez más amplia. Este proceso ya presiona los sistemas de pensiones, de salud y de cuidados de largo plazo, y transforma el mercado laboral, con menos jóvenes disponibles para sostener la fuerza de trabajo.

En Chile, se observa el cierre de unidades de maternidad en clínicas y hospitales debido a la baja demanda. En Argentina, los titulares informan sobre el cierre de escuelas por la disminución de las matrículas. Un informe de Argentinos por la Educación estima que hacia 2030 la matrícula escolar podría reducirse un 27% a nivel nacional. Uruguay ha experimentado una disminución del 15% en la cantidad de estudiantes de entre 3 y 17 años en los últimos tres décadas, con proyecciones que indican una continua baja. A escala regional, datos de la UNESCO y del Instituto Internacional de Planeamiento de la Educación indican que entre 2015 y 2023 hubo 1,2 millones menos de nacimientos, y que hacia 2030 habrá 11,5 millones menos de niños, niñas y adolescentes en edad escolar que en 2020.

Algunos especialistas ven en esta situación una oportunidad para invertir mejor por alumno, mejorar la calidad de la educación, cerrar brechas y aumentar la productividad. Sin embargo, es fundamental comprender la complejidad del fenómeno para implementar políticas públicas efectivas. La baja fecundidad se explica por una combinación de factores, incluyendo políticas de salud, cambios económicos, educación, nuevas expectativas de género y un clima cultural en el que “tener hijos” ya no es una obligación.

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