La reciente escalada de tensiones en Oriente Medio, desencadenada por la represalia de Teherán, está generando ondas expansivas económicas que se sienten a nivel global, desde el aumento de las facturas energéticas en Europa hasta el cierre de escuelas en Pakistán. Lejos de ser un impacto pasajero, la crisis amenaza con reconfigurar el panorama energético y económico mundial, beneficiando a algunos actores mientras perjudica a otros de manera significativa.
La dependencia global del petróleo y el gas, a pesar de los esfuerzos por impulsar las energías renovables, es el factor clave que explica esta situación. El crudo, tradicionalmente conocido como “oro negro”, ve su precio dispararse ante la incertidumbre, lo que en teoría beneficia a los productores. Sin embargo, esta crisis difiere de las anteriores, ya que el epicentro de la disrupción se encuentra en el corazón del suministro energético mundial: Oriente Medio y, en particular, el estratégico estrecho de Ormuz.
Los productores del Golfo, como Qatar y Arabia Saudita, han sido duramente golpeados por los ataques a la infraestructura energética y el bloqueo de facto impuesto por la situación. Mientras tanto, países como Noruega y Canadá se posicionan como posibles beneficiarios, al ser vistos como fuentes alternativas de suministro. Noruega, que ya demostró su capacidad para aumentar la producción tras la invasión rusa de Ucrania, podría repetir la estrategia. Canadá, por su parte, se promociona como un proveedor “estable, fiable, predecible y basado en valores”, aunque su capacidad real para incrementar la producción es objeto de debate.
Sorprendentemente, Rusia podría ser el mayor ganador de esta crisis. La flexibilización de las normas por parte de Washington para aliviar la escasez global ha permitido un repunte del 50% en las ventas de crudo ruso a la India. Se estima que Moscú podría obtener hasta 5.000 millones de dólares adicionales para finales de marzo, encaminándose a registrar su año más lucrativo en ingresos por combustibles desde 2022. Esta situación plantea una paradoja: Estados Unidos podría estar otorgando una ganancia inesperada a Rusia a expensas de sus aliados en el Golfo.
Pero los beneficios no se limitan a los productores de petróleo y gas. El aumento de los precios del carbón también abre oportunidades para grandes exportadores como Indonesia. Incluso Estados Unidos, según el expresidente Donald Trump, podría “ganar mucho dinero” con el alza del petróleo. Los productores estadounidenses podrían generar decenas de miles de millones de dólares en ingresos adicionales, aunque este beneficio se ve atenuado por su propia exposición a las interrupciones en Oriente Medio, como la paralización de operaciones de ExxonMobil en Qatar tras ataques con misiles. Además, la capacidad de los productores de esquisto estadounidenses para aumentar rápidamente la producción es limitada, y los estadounidenses siguen siendo los mayores consumidores de petróleo y gas per cápita del mundo.
Los economistas de Oxford Economics advierten que un aumento del precio del petróleo hasta los 140 dólares por barril podría llevar a la economía mundial a la recesión. La inflación, ya de por sí elevada, podría verse impulsada en un 0,5% anual si la tendencia alcista persiste, afectando a productos como los fertilizantes y los costos de transporte marítimo. Si bien Occidente ha mejorado su eficiencia energética a lo largo de los años, sigue siendo vulnerable a las fluctuaciones de los precios de los combustibles fósiles.
La mayor amenaza inmediata recae sobre los países asiáticos, que dependen en gran medida del petróleo de Oriente Medio. Asia obtiene el 59% de su petróleo crudo de la región, y Corea del Sur, el 70%. Las preocupaciones sobre las interrupciones en el suministro y los costos ya han provocado caídas en las bolsas asiáticas y advertencias sobre el riesgo para la industria de fabricación de chips de Corea del Sur, que produce más de la mitad de los chips de memoria del mundo.
Países como Sri Lanka, Bangladesh y Filipinas ya han comenzado a implementar medidas de racionamiento de combustible, semanas laborales de cuatro días y cierre de centros educativos. Sin embargo, China e India, gracias a una planificación estratégica y a la diplomacia, han logrado mitigar, en cierta medida, los efectos de la crisis, aumentando sus compras de petróleo a Irán y recurriendo a Rusia como proveedor.
El desenlace final dependerá de la evolución del conflicto, pero es improbable que Estados Unidos haya previsto plenamente todas las consecuencias económicas al diseñar su estrategia. Si la guerra se prolonga, el riesgo de daños a países individuales y de contagio a la economía global aumentará. La respuesta de los gobiernos será crucial, aunque muchas autoridades se muestran reacias a implementar rescates financieros a gran escala debido a sus propias limitaciones presupuestarias. La reacción de los mercados de bonos ante el riesgo de una inflación más elevada podría añadir miles de millones a la deuda pública de los países.
En definitiva, la guerra en Oriente Medio está revelando la fragilidad del sistema energético global y la interdependencia de las economías mundiales. La crisis no solo plantea desafíos económicos inmediatos, sino que también exige una reflexión profunda sobre la necesidad de diversificar las fuentes de energía y de fortalecer la resiliencia económica frente a futuras disrupciones. La búsqueda de soluciones a largo plazo, que incluyan la inversión en energías renovables y la promoción de la cooperación internacional, se ha vuelto más urgente que nunca.


