La Habana, en el año 2026, presenta un escenario donde la incertidumbre se ha vuelto la norma. Tras un retorno a la capital cubana luego de ocho años, la realidad observada dista significativamente de las anticipaciones. Desde el aterrizaje en el aeropuerto, se percibe una actividad reducida y una tensión palpable que se manifiesta cada vez que ocurre un corte eléctrico, aunque la activación inmediata de las plantas eléctricas paliara momentáneamente el impacto. Esta atmósfera evoca la incertidumbre vivida durante la pandemia de 2020, pero la causa actual no es un virus, sino una crisis estructural de larga data, agravada en los últimos meses por la presión ejercida por Estados Unidos.
A pesar de la gravedad de la situación, la vida en la isla no se paraliza, sino que se adapta a través de la capacidad de "resolver" que caracteriza al ciudadano cubano. Un ejemplo crítico es la emergencia de mercados informales de combustible. En la avenida Rancho Boyeros, es posible encontrar vendedores ambulantes que ofrecen botellas de líquido amarillo. El combustible, convertido en uno de los bienes más preciados debido a la falta de energía, alcanza precios exorbitantes: el diésel puede costar hasta 4 dólares el litro. Esto implica que un galón ronda los 15 dólares, una cifra que triplica el precio pagado por la misma cantidad de combustible en Miami.
El paisaje urbano de La Habana refleja esta dualidad. Junto a los tradicionales “almendrones” —automóviles antiguos ensamblados con piezas heterogéneas— ahora circulan numerosos vehículos eléctricos. Si bien la ciudad mantiene un ritmo pausado y los habitantes conservan su hospitalidad, la crisis interna es cada vez más pesada. La incertidumbre diaria sobre la disponibilidad de electricidad, agua y conexión con el exterior marca la pauta de la existencia local.
Uno de los cambios más alarmantes se evidencia en las inmediaciones del Parque Central, en la Habana Vieja. Se ha vuelto común la presencia de mujeres y niños, a menudo con pequeños en brazos, solicitando dinero con una insistencia que no se observaba en años anteriores. Aunque se percibe una ciudad relativamente limpia, existen puntos con acumulación de escombros y basura. No obstante, la escasez ha llevado a un aprovechamiento extremo de los objetos, reduciendo la cantidad de desechos que se generan.
El sector turístico, tradicionalmente el motor de divisas, muestra signos de agotamiento. Aunque algunos hoteles operan, los establecimientos más lujosos y recientes se encuentran vacíos y cerrados. En los restaurantes, la brecha económica es abismal. Un plato típico de ropa vieja puede costar 6 dólares, que al cambio de 600 pesos cubanos por dólar, representa 3.600 pesos. Para poner esto en perspectiva, el salario promedio según la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) para 2025 era de 6.930 pesos, lo que significa que un solo plato de comida puede consumir más de la mitad del salario promedio mensual.
En cuanto al soporte financiero externo, las remesas ayudan, pero su impacto es limitado en comparación con otros países de la región. Según el centro de análisis Diálogo Interamericano, en 2023 el volumen de remesas hacia Cuba fue inferior a los 4.000 millones de dólares para una población de más de 10 millones de personas. En contraste, El Salvador, con seis millones de habitantes, recibió 8.400 millones de dólares en remesas en 2024. Los migrantes cubanos envían un promedio de 300 dólares por transacción, hasta ocho veces al año.
La crisis energética en Cuba se diferencia de otros problemas regionales, como los apagones reportados en Santo Domingo, República Dominicana. Mientras que en el caso dominicano las interrupciones suelen deberse a que la demanda excede la oferta durante olas de calor, en Cuba la dinámica es más compleja. La presión política y las sanciones impuestas por Estados Unidos, específicamente al sector turístico, han deteriorado la economía e impedido la mejora del sistema eléctrico, exacerbando una situación ya crítica.
Esta crisis ha derivado en un creciente malestar social. Durante las noches, es común escuchar "cacerolazos" y protestas vecinales impulsadas por el calor sofocante y la falta de luz. Muchos ciudadanos se ven obligados a dormir en la calle, en parques o en las entradas de sus casas para soportar las temperaturas. Con apagones que alcanzan entre 22 y 23 horas diarias, los electrodomésticos como las neveras pierden su utilidad y la calidad de vida se desploma, independientemente del rango social o cargo que ocupe la persona. El ciclo de carencias se repite día tras día, sin que se vislumbre una solución inmediata al horizonte.


