WASHINGTON/CARACAS – Enrique Márquez, figura clave en la política venezolana, emergió de las sombras de El Helicoide para ocupar un lugar inesperado en el escenario internacional, acompañando al presidente Donald Trump en su discurso del Estado de la Unión en enero de 2026. Este evento, más que un reconocimiento personal, se interpreta como una señal de la comunidad internacional sobre la memoria y el nuevo pragmatismo en el abordaje de la crisis venezolana. Márquez, quien sufrió un año de encarcelamiento bajo el segundo mandato de Trump, ve su presencia en el Capitolio como un acto de gratitud y una oportunidad para la reconexión de Venezuela con el mundo tras años de aislamiento.
El ingeniero zuliano, con una trayectoria que incluye la vicepresidencia de la Asamblea Nacional y un período como rector del Consejo Nacional Electoral (CNE), se presenta ahora como un arquitecto de un “desminado institucional”. Su conocimiento profundo de las estructuras de poder, tanto en el Palacio de las Academias como en las salas de totalización electoral, le permite identificar las fallas sistémicas que han contribuido a la crisis venezolana. Su experiencia personal, marcada por el sufrimiento en las celdas del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin), le otorga una perspectiva única y un tono de reflexión alejado de la sed de revancha.
Tras su aparición en Washington, las especulaciones sobre su futuro político se dispararon. ¿Sería un candidato respaldado por Trump? ¿Una ficha del gobierno español? ¿Un presidente de transición? Márquez, sin embargo, desestima estas hipótesis con una frase contundente: “Hay que guardar los egos y las aspiraciones personales en una gaveta”. Para el exrector, el objetivo primordial no es la ocupación de la silla presidencial, sino la oportunidad de construir un futuro mejor para Venezuela.
“Ahorita yo tengo tres candidatos: la prosperidad del pueblo, la Constitución y la democracia plena”, afirma Márquez, dejando claro que su prioridad no es una tarjeta electoral, sino la reinstitucionalización de los poderes del Estado. En su opinión, Venezuela no necesita un líder mesiánico, sino un método; no un caudillo, sino un sistema que prevenga la concentración de poder y la arbitrariedad.
Márquez es particularmente crítico con el sistema judicial venezolano, advirtiendo que no dará un “cheque en blanco” a las nuevas autoridades. Su crítica hacia Tarek William Saab, actual defensor del pueblo, es frontal y contundente, describiéndolo como un “personaje gris” y el arquitecto de una era de persecución política. “Él estuvo violando los derechos humanos de todos los presos políticos”, señala Márquez, recordando su propia experiencia al solicitar un fiscal durante su encarcelamiento y no recibir respuesta. Considera inaceptable que Saab aspire ahora a ocupar posiciones de defensa ciudadana, calificándolo de una contradicción. Advierte que un simple “maquillaje institucional” no será suficiente para normalizar la situación en el país. Si el sistema que permitió su encarcelamiento y el de tantos otros permanece intacto, cualquier intento de normalización será un espejismo peligroso. La justicia, según Márquez, debe ser reparada desde sus cimientos.
Para abordar las raíces del conflicto venezolano, Márquez propone un Gran Acuerdo Nacional que ataque los pilares de la crisis. Su visión no es meramente reactiva, sino que busca una reingeniería profunda del Estado. “No podemos ir a elecciones con las mismas instituciones que permiten que un ciudadano pase un año preso por pensar distinto”, reflexiona, conectando su experiencia personal con la necesidad técnica de la reforma.
En cuanto a la configuración de la oposición venezolana, Márquez se mueve con cautela. Admite no haber mantenido conversaciones con María Corina Machado, pero minimiza la importancia de este silencio. Su análisis sugiere que existen más elementos que unen a la oposición que aquellos que la separan.
Durante su tiempo en El Helicoide, Márquez relata haber entablado conversaciones con personas afines al gobierno, descubriendo que, en el fondo, todos compartían el mismo anhelo por un país mejor. “La diferencia fundamental es el ejercicio del poder”, sentencia. Para él, la unidad es un imperativo de supervivencia económica y social, un pacto que debe incluir incluso a sectores del chavismo que observan con recelo el futuro.
Márquez lanza una advertencia que contrasta con la impaciencia de la sociedad venezolana: las elecciones no están a la vuelta de la esquina. No por falta de voluntad política, sino por la precariedad del sistema electoral. Estima que la actualización del Registro Electoral, tanto dentro como fuera del país, requeriría al menos seis meses de trabajo técnico riguroso.
“No hay elecciones pronto, no sé cuándo van a ocurrir”, dice Márquez con pragmatismo.
Su propuesta culmina con una invitación simbólica: pide a todos los actores políticos que se despojen de sus afiliaciones partidistas y se pongan el “quepis de Venezuela”.
Márquez, el hombre que contempló el Capitolio desde la primera fila tras salir del foso de El Helicoide, comprende que la transición se logrará con la paciencia de quien reconstruye una nación sobre las ruinas de la injusticia, guardando las ambiciones personales en el mismo lugar donde un día se ocultó el miedo: en el fondo de una gaveta. Su mensaje es claro: la reconstrucción de Venezuela exige un enfoque pragmático, institucional y, sobre todo, desprovisto de egos personales. El futuro del país depende de la capacidad de sus líderes para priorizar el bienestar común sobre las ambiciones individuales.


