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Putin ve en el ataque a Irán una confirmación de sus peores temores

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Putin ve en el ataque a Irán una confirmación de sus peores temores

El presunto asesinato del líder supremo de Irán, Ali Jamenei, en un ataque aéreo conjunto de Estados Unidos e Israel el 28 de febrero, ha resonado profundamente en el Kremlin, donde se interpreta como una validación de las preocupaciones de larga data de Vladimir Putin sobre la seguridad de Rusia y su estrategia en Ucrania. Según fuentes diplomáticas y análisis de expertos, Putin podría estar viendo en la situación iraní un espejo de sus propios temores: un país rodeado de bases estadounidenses y gobiernos hostiles, que confió en negociaciones con Occidente solo para ser “apuñalado por la espalda” años después.

La clave del destino de Jamenei, según analistas, reside en la falta de un programa nuclear disuasorio. La opinión predominante es que la posesión de armas nucleares habría protegido a Irán de una intervención militar directa. Este hecho refuerza la postura de los halcones dentro del círculo cercano de Putin, quienes abogan por mantener y fortalecer el arsenal nuclear ruso como la única garantía real contra la agresión occidental. La incapacidad de Rusia para influir en el conflicto en Ucrania, contrastada con su capacidad de disuasión nuclear, alimenta este argumento.

La caída de Jamenei, si se confirma, representa un duro golpe para la influencia regional de Rusia, que ya había sufrido un revés significativo con la pérdida de su aliado Bashar al-Assad en Siria. Irán se había convertido en un socio estratégico crucial para Moscú, especialmente en los ámbitos de defensa y energía. La cooperación en estos sectores había crecido considerablemente en los últimos años, con los drones iraníes desempeñando un papel importante en las operaciones militares rusas en Ucrania. A cambio, Rusia había acordado, en febrero, la venta secreta de sistemas de misiles antiaéreos portátiles Verba a Irán, según informes de Reuters.

Una inestabilidad o cambio de régimen en Teherán podría tener consecuencias devastadoras para los proyectos energéticos conjuntos, incluyendo la ruta del gas ruso a Irán y las inversiones en el sector nuclear civil. Estos proyectos podrían convertirse en activos políticos tóxicos o financieramente inviables. Sin embargo, Rusia no enfrentaría una quiebra decisiva en su capacidad para continuar la guerra en Ucrania, ya que ha logrado establecer una producción nacional significativa de drones.

Moscú tiene mucho que perder económicamente en Irán, considerando las décadas de inversión en los sectores energético, ferroviario y nuclear. La desestabilización de la región también preocupa a Rusia, ya que Teherán ejerce una influencia considerable en el Cáucaso Sur y Asia Central.

A pesar de su “asociación estratégica” con Irán, Rusia había dejado claro que no proporcionaría asistencia militar mutua en caso de agresión. Esta postura pragmática refleja la cautela de Putin al no querer comprometerse en un conflicto directo con Estados Unidos e Israel.

La figura de Donald Trump añade una capa adicional de complejidad a la situación. Putin ha evitado antagonizar con Trump, a pesar de las críticas del líder estadounidense, buscando mantener una “neutralidad amistosa” que sirva para reducir la ayuda a Ucrania y aliviar las sanciones. Trump, según analistas como Alexander Baunov, autor de “El fin del régimen”, es impredecible y puede amenazar tanto a autocracias como a democracias, pero es más expeditivo con los dictadores.

La crisis en Irán también tiene el efecto secundario de desviar la atención internacional de la invasión de Ucrania. Rusia se beneficia del aumento de los precios del petróleo y de la mayor demanda de misiles interceptores, lo que le proporciona una ventaja económica y estratégica. El proceso de paz en Ucrania, que ya estaba suspendido, se ve aún más alejado debido a la intervención estadounidense en Irán.

Según el ensayista Antón Shejovtsov, autor de “Shreds of War”, cuando se reanuden las conversaciones de paz, Moscú probablemente estará en una posición más sólida económica y políticamente, gracias a posibles acuerdos con la administración Trump.

La situación en Irán plantea interrogantes sobre el futuro del orden mundial y el papel de las potencias nucleares. La aparente impunidad con la que Estados Unidos e Israel actuaron en Teherán refuerza la percepción de que solo los estados con la máxima potencia de fuego pueden proteger sus intereses y mantener su seguridad. Para Putin, esto valida su estrategia de fortalecer el arsenal nuclear ruso y desafiar el dominio estadounidense.

La respuesta de Teherán a la muerte de Jamenei, apostando por la continuidad en el liderazgo, no ha sido bien recibida por Washington, lo que sugiere que la tensión en la región seguirá aumentando. El Kremlin observa atentamente estos acontecimientos, evaluando sus implicaciones para la seguridad rusa y su estrategia en Ucrania. La crisis en Irán, en última instancia, podría remodelar el panorama geopolítico mundial y acelerar la transición hacia un nuevo orden multipolar, donde Rusia busca desempeñar un papel más prominente.

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