La creciente implicación de Europa en un conflicto de origen estadounidense e israelí, bajo la premisa de acciones “defensivas”, está generando una profunda preocupación y un debate acalorado en el Viejo Continente. Los anuncios recientes del presidente francés, Emmanuel Macron, sobre una misión de escolta de buques para reabrir el Estrecho de Ormuz – actualmente bloqueado por Irán en respuesta a ataques devastadores a su infraestructura – y la promesa de la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, de enviar ayuda para la defensa aérea a las naciones del Golfo, han encendido las alarmas y provocado una fuerte reacción por parte de Teherán.
Irán, que se encuentra sufriendo un ataque implacable por parte de Estados Unidos e Israel, con un saldo trágico de cientos de civiles muertos, incluyendo más de 170 niñas en un ataque a una escuela, denuncia que estas acciones europeas son una escalada peligrosa y una falta de respeto a sus legítimas medidas de autodefensa. La justificación de “defensa” es vista como una contradicción flagrante, especialmente considerando que el bloqueo del Estrecho de Ormuz es una respuesta directa a la agresión que está sufriendo y que se aplica de manera global, permitiendo el paso a embarcaciones que justifiquen su necesidad y obtengan la autorización correspondiente.
El anuncio de Macron de reabrir el Estrecho de Ormuz, vital para el comercio mundial, es interpretado por Irán como un acto provocador y un desafío directo a su soberanía. Teherán ha advertido que cualquier embarcación que intente cruzar el estrecho sin autorización será considerada aliada o afín a los agresores, y por lo tanto, un objetivo legítimo. La demostración de esta determinación ya se ha materializado con el ataque a dos tanqueros que intentaron desafiar el bloqueo, un mensaje claro de que Irán está dispuesto a defender su derecho a la autodefensa.
La situación se complica aún más con la promesa de Meloni de enviar ayuda para la defensa aérea a las naciones del Golfo, lo que implica una participación directa de Italia en el conflicto contra Irán. Teherán considera esta acción como una agresión y advierte que podría responder con ataques a objetivos estratégicos o intereses italianos en la región, donde Italia tiene una importante presencia militar y civil.
La justificación europea de que estas acciones son puramente defensivas es rechazada por Irán, que las considera operaciones militares ofensivas que causarán bajas civiles y agravarán la situación. Teherán recuerda que ha mantenido un compromiso unilateral de no atacar a los países del Golfo siempre y cuando no intervengan en la agresión de Estados Unidos e Israel desde sus bases militares, pero advierte que esta promesa ya no será válida si estos países se involucran activamente en el conflicto.
La situación se ve agravada por el uso potencial de bases militares estadounidenses en territorio italiano. Aunque Meloni ha aclarado que, por ahora, solo se autorizarán operaciones logísticas y no cinéticas (bombardeos), esta medida ya representa una forma de intervención en un conflicto que no le corresponde a Europa. La primera ministra italiana ha reconocido que cualquier acción más allá de lo acordado requeriría la aprobación del Parlamento, pero la simple autorización de operaciones logísticas ya implica un alineamiento con una de las partes en conflicto.
En este contexto, las declaraciones del portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Irán, Esmaeil Baghaei, cobran especial relevancia. Baghaei ha afirmado que Teherán no inició la guerra, sino que le fue “impuesta” en medio de negociaciones que resultaron ser una farsa. Ha instado a Europa a responsabilizar a los instigadores del conflicto, es decir, a Estados Unidos e Israel, en lugar de a los instigados, es decir, a Irán.
La postura de España, liderada por el presidente Pedro Sánchez, representa un soplo de aire fresco en este panorama sombrío. A pesar de las presiones de Washington y de la derecha ibérica, Sánchez se ha pronunciado en contra de la guerra y ha pedido no malgastar “los recursos económicos y nuestra inteligencia en bombas”. Su firme rechazo a la guerra ha sido interpretado como un acto de soberanía y valentía.
Sin embargo, la posición de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha sido considerada demasiado tímida y ambigua. Sus declaraciones sobre los “acontecimientos muy preocupantes” no son suficientes para exigir el fin de la agresión y reanudar las negociaciones de manera real y seria. Su llamado a la “máxima moderación” es interpretado como una admisión tácita de la ilegalidad de la guerra y una banalización de la tragedia que se está desarrollando.
La UE y París deberían brindar un respaldo explícito a la postura de España y adoptar un perfil bajo que refleje un distanciamiento calculado del conflicto. Europa no puede permitirse ser arrastrada a una guerra que no le corresponde, sea cual sea la envergadura de las decisiones que tome, especialmente si estas no van dirigidas a colaborar con un final negociado, en lugar del exterminio persa que promulga Estados Unidos.
La situación es extremadamente delicada y requiere una respuesta prudente y responsable por parte de Europa. La escalada del conflicto podría tener consecuencias devastadoras para la región y para el mundo entero. Es fundamental que los líderes europeos escuchen las advertencias de Irán y busquen una solución diplomática que evite una guerra a gran escala. La paz y la estabilidad en el Golfo Pérsico son esenciales para la seguridad global, y Europa tiene la responsabilidad de contribuir a su preservación.


