La Habana, 10 de marzo de 2026 – En el Instituto de Nefrología Dr. Abelardo Buch López de La Habana, la vida se aferra a un hilo delgado, un hilo que fluye a través de las máquinas de hemodiálisis. Más de 3,000 pacientes en toda Cuba dependen de este tratamiento vital, y la sombra del bloqueo estadounidense y la escasez de combustible amenazan con interrumpir ese flujo, poniendo en peligro sus vidas.
Zurama, paciente desde 2020 tras contraer COVID-19, describe la relación paradójica con la máquina que la mantiene con vida. “Al principio es una depresión, un cambio de vida que no quieres. Pero con el tiempo se aprende a amar a la máquina. Y ya te digo: tengo que depender de ella, y si no hay combustible, nadie aquí se podría hemodializar”. Su testimonio, y el de muchos otros, es un grito silencioso en medio de la crisis.
El Instituto de Nefrología, con 45 pacientes atendidos diariamente, funciona como un microcosmos de los desafíos que enfrenta el sistema de salud cubano. Julio César Candelaria Brito, jefe de servicio de hemodiálisis, explica que el correcto funcionamiento del servicio requiere una visión sistémica que abarque transporte, salud –incluyendo medicamentos e insumos– y apoyo espiritual. “Hay que tener mucha empatía y ponerse en el lugar del otro. Es un tratamiento que lucha constantemente con la muerte, y hacemos todo lo que esté en nuestras manos”.
La logística del tratamiento es compleja. 57 unidades de hemodiálisis operan en todo el país, y cada paciente necesita ser trasladado desde su hogar al centro de diálisis, un servicio coordinado con el Ministerio del Transporte. Sin embargo, la escasez de combustible complica incluso esta tarea aparentemente simple. La entrega de insumos médicos dializados, que antes era casi diaria, ahora se realiza de forma intermitente, generando incertidumbre y ansiedad. “Hoy mismo estamos esperando a que llegue el camión para garantizar el inicio de la hemodiálisis de la sesión de mañana”, confiesa Julio César.
El funcionamiento de las máquinas de diálisis y las plantas de desionización de agua, esenciales para prevenir infecciones, requiere un suministro constante de electricidad. La combinación de la escasez de combustible y la falta de mantenimiento adecuado de las máquinas, debido a las limitaciones económicas impuestas por el bloqueo, crea un escenario preocupante. Las máquinas, diseñadas para una vida útil de cinco años, sufren roturas con mayor frecuencia, y las baterías de respaldo son antiguas y poco confiables. Dairy Rodríguez Barreto, jefa de enfermería, advierte que sin electricidad, el tratamiento se vuelve inviable, y la vida de los pacientes corre peligro.
Armando, un paciente que también trabaja como taxista para el instituto cuando es posible, personifica la resiliencia y el espíritu de colaboración que caracterizan a la comunidad. “Ahora me pusieron como de batallón emergente. Si se rompe algún carro, me llaman y yo siempre estoy ahí alerta”. Sin embargo, la escasez de combustible ha limitado su capacidad para transportar a los pacientes, y el instituto ha tenido que acotar la medida de combinar a varios enfermos en un solo turno.
La situación se agrava para aquellos pacientes que dependen de acompañantes debido a la debilidad causada por el tratamiento. La nueva política restringe la presencia de acompañantes en los taxis, lo que dificulta aún más el acceso al tratamiento. José Carlos Castillo Curbeco, enfermero, relata que han recibido pacientes en urgencia después de que estos no pudieron llegar a su cita, enfatizando la importancia de la continuidad del tratamiento para evitar complicaciones fatales. Para hacer frente a esta situación, el instituto ha habilitado camas para pacientes que no pueden asistir a su tratamiento programado.
Yamilé García Villar, directora del instituto, observa la situación con una mirada que refleja la preocupación y la determinación. Ha presenciado roturas en el sistema de tratamiento de agua que han retrasado el inicio de las hemodiálisis, obligando al personal a trabajar hasta altas horas de la noche para garantizar la continuidad del servicio. A pesar de las tensiones, asegura que el programa no se ha detenido en ningún momento. “Aunque vivimos tensiones, siempre se garantiza que llegue a tiempo la disponibilidad de recursos”.
Sin embargo, el bloqueo estadounidense impide el mantenimiento adecuado de las máquinas de hemodiálisis, lo que provoca roturas más frecuentes y reduce su vida útil. Yamilé reconoce que la situación es insostenible sin el amor y el compromiso del pueblo cubano. “Todas las enfermedades tienen un componente sicológico, y la certeza de que el tratamiento está garantizado da cierto bienestar y confianza. Cuando hay amenazas, y más de esta manera, que es real, que es palpable, el paciente se siente temeroso”.
La pregunta que resuena en el Instituto de Nefrología es simple pero profunda: ¿por qué se amenazan vidas? La respuesta, aunque implícita, es clara: el bloqueo estadounidense, con su implacable empeño en asfixiar a Cuba, está poniendo en peligro la salud y el bienestar de su pueblo. La historia de Zurama, Armando, Julio César, Dairy, José Carlos e Yamilé es un testimonio de la resiliencia, la solidaridad y la determinación de un pueblo que se niega a rendirse ante la adversidad. Es una historia que merece ser contada, una historia que exige una solución urgente. La comunidad internacional debe alzar su voz contra el bloqueo y exigir el fin de esta política inhumana que amenaza la vida de miles de cubanos. La hemodiálisis, un tratamiento vital, no puede convertirse en una víctima más de la guerra económica impuesta a la Isla.


