Perú se prepara para unas elecciones generales el 12 de abril en un clima de profunda desconfianza y polarización. Con ocho presidentes en la última década, el país busca desesperadamente un líder que pueda devolverle la estabilidad, pero la oferta electoral, compuesta por 36 candidatos, refleja un panorama fragmentado y confuso. Los sondeos, aunque aún inciertos, apuntan a tres figuras principales: Rafael López Aliaga, Keiko Fujimori y Alfonso López Chau, cada uno con un bagaje controvertido y un perfil que despierta tanto esperanzas como temores en la ciudadanía.
López Aliaga, un empresario y autoproclamado defensor de los valores conservadores, lidera las encuestas, aunque con un porcentaje que apenas supera el 20% según las mediciones más recientes. Su ascenso, a pesar de las acusaciones de instigación al homicidio contra periodistas y opositores políticos, se explica, según analistas como Eduardo Dargent, por su discurso populista y su apelación a un electorado desencantado con la clase política tradicional. Sin embargo, su imagen negativa es alta, alcanzando el 57,9% según el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag). Sus declaraciones incendiarias, como su propuesta de retirar a Perú de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y sus llamados a la violencia contra sus detractores, generan preocupación en amplios sectores de la sociedad. Su base de apoyo, aunque sólida, parece concentrarse principalmente en la capital, Lima, y en sectores urbanos.
Keiko Fujimori, hija del ex presidente Alberto Fujimori, representa la continuidad del fujimorismo, una fuerza política que ha dominado el Congreso peruano durante la última década. A pesar de haber perdido en tres elecciones presidenciales anteriores, Fujimori sigue siendo una contendiente fuerte, gracias a la estructura partidaria de Fuerza Popular y a su capacidad para movilizar votantes en todo el país. Sin embargo, su imagen también está empañada por acusaciones de corrupción y por el legado autoritario de su padre. El “antifujimorismo”, un movimiento de rechazo al fujimorismo que se ha consolidado como una fuerza política importante en Perú, representa un obstáculo significativo para sus aspiraciones presidenciales. Analistas como Katherine Zegarra señalan que el antifujimorismo ha evolucionado con el tiempo, incorporando no solo a quienes se oponen al gobierno de Alberto Fujimori, sino también a aquellos que critican la conducta de Fuerza Popular en el Congreso y responsabilizan a Keiko Fujimori por la crisis política que atraviesa el país desde 2016.
Alfonso López Chau, un exrector de la Universidad Nacional de Ingeniería y exdirector del Banco Central de la Reserva, se presenta como una alternativa de centroizquierda, alineada con la doctrina del socialcristianismo. Sin embargo, su candidatura ha sido objeto de controversia, con acusaciones de haber manejado mal los fondos de la universidad y de haber intentado obtener la nacionalidad mexicana, lo que él niega categóricamente. López Chau busca captar el voto de aquellos que se sienten desencantados con las opciones de derecha y de izquierda, pero enfrenta el desafío de diferenciarse de otros candidatos de centro y de superar las dudas sobre su trayectoria.
El panorama electoral peruano se caracteriza por la volatilidad y la incertidumbre. En las elecciones de 2021, Pedro Castillo, un candidato poco conocido hasta entonces, sorprendió a todos al ganar la presidencia con el voto de las regiones, especialmente de la sierra. Esta experiencia demuestra que las encuestas no siempre son precisas y que un outsider puede emerger como ganador en el último momento. A cinco semanas de las elecciones, nada está definido y la posibilidad de una segunda vuelta entre López Aliaga y Fujimori es alta.
La crisis política y económica que atraviesa Perú agrava la situación. La pandemia de COVID-19 ha golpeado duramente a la economía, aumentando la pobreza y la desigualdad. La corrupción, endémica en el país, socava la confianza en las instituciones y dificulta la gobernabilidad. En este contexto, los ciudadanos peruanos buscan un líder que pueda ofrecer soluciones concretas a sus problemas, pero la falta de opciones convincentes y la polarización política dificultan la toma de decisiones.
La elección del próximo presidente de Perú será crucial para el futuro del país. El nuevo gobernante deberá enfrentar desafíos complejos, como la recuperación económica, la lucha contra la corrupción, la mejora de la educación y la salud, y la promoción de la inclusión social. La capacidad del nuevo presidente para construir consensos, dialogar con todos los sectores de la sociedad y gobernar con transparencia y eficacia será determinante para superar la crisis y devolverle a Perú el camino del desarrollo y la estabilidad. La ciudadanía peruana, cansada de la inestabilidad y la corrupción, espera un líder que pueda ofrecer un futuro mejor para el país. La pregunta es si alguno de los candidatos actuales está a la altura de las circunstancias.


