Washington y Nueva York – La estabilidad de las elecciones legislativas federales de noviembre de 2026 en Estados Unidos se encuentra bajo una sombra de incertidumbre sin precedentes en la era moderna. El debate sobre la posible suspensión o anulación de los comicios por parte del gobierno federal, algo impensable hasta hace poco, revela la profunda crisis política que atraviesa el país, autoproclamado “faro de la democracia”.
El presidente Donald Trump ha sembrado dudas sobre la integridad del próximo proceso electoral, acusando a sus opositores de permitir el voto de inmigrantes indocumentados y cuestionando la legitimidad del sistema constitucionalmente establecido. Incluso ha insinuado la posibilidad de federalizar el control del voto en estados gobernados por demócratas, una acción que desafía la autonomía estatal en la administración de las elecciones, consagrada en la Constitución.
“Los republicanos deberían nacionalizar el proceso de voto. Tenemos estados que son tan corruptos y son los que cuentan los sufragios”, declaró Trump en una entrevista reciente, ignorando el marco legal que otorga a los estados la responsabilidad exclusiva de organizar y supervisar las elecciones.
Esta postura se suma a sus reiteradas afirmaciones sobre el supuesto fraude masivo en las elecciones presidenciales de 2020, las cuales perdió y se ha negado a reconocer. Trump incluso expresó su arrepentimiento por no haber ordenado a la Guardia Nacional confiscar las máquinas de votación tras ese resultado.
El contexto político actual es desfavorable para el mandatario y su partido. Históricamente, el partido que gana las elecciones presidenciales tiende a perder terreno en los comicios legislativos intermedios de dos años después, y las encuestas actuales sugieren que esta tendencia se repetirá en 2026.
Ante este panorama, figuras cercanas a Trump, como Steve Bannon, han propuesto medidas extremas para asegurar una victoria republicana. Bannon sugirió el despliegue de agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) en las casillas electorales de áreas tradicionalmente favorables a los demócratas, con el objetivo de “rodear las casillas” y “no permitir que se robe el país otra vez”.
Las acusaciones de fraude electoral, dirigidas principalmente a inmigrantes indocumentados, carecen de evidencia y se basan en afirmaciones infundadas. Trump insiste en que, si no se deportan a los indocumentados, “los republicanos nunca ganarán otra elección”.
Susan Glasser, analista política de The New Yorker, advierte que Trump ya considera las elecciones de 2026 como fraudulentas y que su estrategia se centrará en minar la confianza en el proceso electoral. “Con un presidente que ya es el primero en nuestra historia en intentar revertir los resultados de una elección que perdió de manera decisiva, ¿qué más se necesita para que reconozcamos que, cuando dice ese tipo de cosas, realmente tiene la intención de hacerlo?”, se pregunta Glasser.
La situación se agrava con el apoyo de algunos miembros del gabinete presidencial a las afirmaciones de Trump sobre el fraude en 2020, y con la reciente apertura de una nueva investigación por parte del FBI sobre el proceso electoral en Georgia ese año. Karoline Leavitt, secretaria de prensa de la Casa Blanca, no descartó la presencia de agentes federales en las casillas electorales en noviembre.
El mayor riesgo, sin embargo, no radica en la posible anulación de las elecciones, sino en el impacto de las amenazas, intimidaciones y cambios en la administración electoral promovidos por Trump en la participación ciudadana. La Constitución otorga a los estados la responsabilidad de administrar las elecciones, pero Trump está desafiando este principio fundamental.
El Congreso republicano ha intentado aprobar leyes que exigen la presentación de pruebas de ciudadanía y otros tipos de identificación para votar, medidas que podrían reducir significativamente la participación electoral. Además, Trump y sus aliados buscan eliminar el voto anticipado, el voto por correo y el uso de boletas de papel, complicando el proceso de votación.
Durante las elecciones de 2020, la campaña de Trump movilizó a cientos de abogados para presentar demandas y obstaculizar el conteo de votos en estados donde su candidato estaba perdiendo. El propio Trump llamó a funcionarios estatales de Georgia para exigirles que manipularan los resultados electorales, una solicitud que fue grabada y constituye una evidencia de intento de fraude.
A pesar de que estos esfuerzos fracasaron ante los tribunales y la negativa de los funcionarios estatales a cometer fraude, alimentaron las dudas entre los seguidores de Trump, culminando en el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021, un intento desesperado por impedir la certificación de los resultados electorales.
Trump ha dejado claro que cuestionará los resultados de las elecciones de 2026 si los republicanos pierden el control del Congreso. En una entrevista reciente, respondió que confiará en los resultados “si los comicios son honestos”, una declaración que sugiere que cualquier resultado desfavorable será considerado fraudulento.
Para Trump, cualquier elección ganada por un demócrata es, por definición, parcial, engañosa y amañada. Esta narrativa repetida ha llevado a muchos a creer que el presidente cuestionará la legitimidad de las elecciones de 2026, incluso si los sondeos indican una pérdida de apoyo para su partido.
Más allá de la política, existe una preocupación creciente sobre las posibles consecuencias legales para Trump y sus aliados. En un foro conservador, Steve Bannon advirtió que, si los republicanos pierden las elecciones, “algunos en esta sala irán a la prisión, incluido yo”.
Sean Morales-Doyle, director del programa sobre derecho al voto en el Brennan Center, advierte que “la campaña para amañar a nuestras elecciones está avanzando” y que es responsabilidad de todos –funcionarios electorales, promotores, autoridades estatales y votantes– “ver los esfuerzos del gobierno por lo que son y repudiarlos”. La democracia estadounidense se encuentra en una encrucijada, y el futuro de sus elecciones pende de un hilo.


