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"Camperoso": El Amor a Precio de Pollo Frito Revela la Soledad Capitalina

Alguien bautizó el plan como “camperoso”: motel y después pollo frito, una broma popular que resume la economía sentimental de la capital. Un par de horas de intimidad y luego la cena barata. Amor exprés, pero amor al fin

"Camperoso": El Amor a Precio de Pollo Frito Revela la Soledad Capitalina

Una tendencia insólita, bautizada como “camperoso” en los círculos urbanos de la capital, está revelando una faceta poco explorada de las relaciones afectivas en tiempos de crisis económica y creciente individualismo. La fórmula es simple: un par de horas de intimidad en un motel, seguido de una cena de pollo frito. Una combinación que, lejos de ser un mero capricho, se ha convertido en un síntoma de una “economía sentimental” donde el afecto se mide en tiempo y recursos limitados. La práctica, inicialmente una broma entre jóvenes, ha ganado popularidad hasta convertirse en una opción viable –y para algunos, la única– para satisfacer necesidades emocionales y físicas en una ciudad cada vez más impersonal y costosa.

Los moteles de la capital, otrora refugio de encuentros clandestinos y escapadas románticas, han visto resurgir su actividad, adaptándose a esta nueva demanda. Muchos ofrecen paquetes especiales que incluyen la habitación por horas y descuentos en restaurantes de comida rápida cercanos, consolidando la experiencia “camperosa”. Los encargados de estos establecimientos, que prefieren mantener el anonimato, confirman el aumento de la clientela joven y la frecuencia con la que se solicita información sobre opciones de comida para llevar. “Antes venían parejas buscando un ambiente más íntimo y romántico, ahora buscan algo rápido, discreto y económico”, comenta un recepcionista de un motel ubicado en las afueras de la ciudad. “El pollo frito es el complemento perfecto, es barato, fácil de conseguir y no requiere de una gran inversión de tiempo o esfuerzo”.

Pero más allá de la anécdota, el fenómeno “camperoso” plantea interrogantes sobre la naturaleza del amor y las relaciones en la sociedad contemporánea. ¿Es una simple adaptación a las circunstancias económicas, o refleja una profunda crisis de valores y una dificultad creciente para establecer vínculos duraderos y significativos? Los expertos en sociología y psicología coinciden en que se trata de un fenómeno multifactorial, influenciado por la precariedad laboral, la inestabilidad emocional y la cultura del consumo.

“Vivimos en una época de hiperconexión y, paradójicamente, de profunda soledad”, explica la Dra. Elena Ramírez, psicóloga especializada en relaciones interpersonales. “Las redes sociales nos ofrecen la ilusión de estar conectados con los demás, pero a menudo nos impiden establecer relaciones reales y auténticas. El ‘camperoso’ es una respuesta a esa necesidad de contacto humano, aunque sea de forma efímera y transaccional”. La Dra. Ramírez subraya que la búsqueda de gratificación instantánea y la falta de compromiso a largo plazo son características comunes en las relaciones actuales, y que el “camperoso” es una manifestación extrema de esta tendencia.

La economía también juega un papel fundamental en este fenómeno. El alto costo de la vida en la capital, la dificultad para acceder a una vivienda digna y la precariedad laboral dificultan la formación de hogares y la estabilidad económica, lo que a su vez afecta las relaciones afectivas. “Para muchos jóvenes, mantener una relación estable implica un compromiso económico que simplemente no pueden permitirse”, señala el Dr. Carlos Mendoza, economista especializado en comportamiento del consumidor. “El ‘camperoso’ es una alternativa asequible que les permite satisfacer sus necesidades emocionales y físicas sin comprometer su presupuesto”.

Sin embargo, la Dra. Ramírez advierte que esta forma de relación puede tener consecuencias negativas a largo plazo. “La falta de intimidad emocional, la ausencia de compromiso y la superficialidad de los vínculos pueden generar sentimientos de vacío, soledad y frustración”, explica. “Es importante recordar que el amor no se reduce a un intercambio de favores o a una transacción económica, sino que requiere de tiempo, esfuerzo y dedicación”.

El “camperoso” también ha generado debate en torno a la mercantilización del afecto y la cosificación de las relaciones humanas. Algunos críticos argumentan que esta práctica reduce el amor a una simple mercancía, despojándolo de su valor intrínseco y promoviendo una visión utilitaria de las relaciones interpersonales. Otros, sin embargo, defienden que se trata de una elección personal y que cada individuo tiene derecho a buscar la felicidad y el placer de la forma que considere más adecuada.

En cualquier caso, el fenómeno “camperoso” es un reflejo de los tiempos que corren, una radiografía de una sociedad marcada por la precariedad, la soledad y la búsqueda de gratificación instantánea. Un amor exprés, sí, pero amor al fin, aunque sea a precio de pollo frito. La pregunta que queda en el aire es si esta tendencia es una solución temporal a un problema más profundo, o si se convertirá en la norma en las relaciones afectivas del futuro. Mientras tanto, los moteles de la capital siguen recibiendo a sus clientes, ofreciendo un refugio fugaz para aquellos que buscan un poco de intimidad y compañía en medio del caos urbano. Y el aroma a pollo frito, omnipresente en las noches capitalinas, se convierte en el símbolo de una “economía sentimental” donde el amor se mide en tiempo, recursos y, sobre todo, en la capacidad de adaptarse a las circunstancias.

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