La educación es el pilar fundamental para el desarrollo y el bienestar de Argentina. Un sistema educativo sólido, diverso y federal ha sido clave para la movilidad social y la formación de los profesionales que impulsan el crecimiento del país.
En los últimos años, el sistema universitario nacional se ha consolidado como uno de los consensos más extendidos de la sociedad argentina. Cientos de miles de personas han salido a las calles para defender a las universidades públicas del vaciamiento al que las somete el gobierno de Milei. Allí se forman los profesionales que curan, construyen, producen, crean y desarrollan. Allí se sostiene la investigación científica, se producen los avances tecnológicos y se genera el ascenso social.
Este sistema educativo diverso, amplio y federal combina lo mejor de las experiencias públicas y privadas. Sus 61 universidades nacionales, 19 de las cuales fueron creadas durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, son el corazón de este universo en el que transitan más de 2 millones de estudiantes, sostenido por una comunidad de más de 220 mil trabajadores docentes y no docentes.
En los próximos años, la misión de este sistema educativo será aún más decisiva, ya que los sectores estratégicos que pueden impulsar el crecimiento integral del país van a demandar más técnicos y más profesionales. Un ejemplo claro es Vaca Muerta, donde se proyecta que en los próximos cinco años habrá que multiplicar por 2 o 3 la cantidad de profesionales.
Sin embargo, este pacto social necesita una actualización acorde a los tiempos. La revolución tecnológica, la inteligencia artificial, la automatización y la digitalización están cambiando los perfiles laborales y la forma en que trabajamos, producimos y nos organizamos. En este escenario, es clave el cuidado y el impulso de la educación técnico-profesional, que debe anticipar y acompañar este proceso.
La educación técnico-profesional es una palanca estratégica para el desarrollo del país. En las últimas dos décadas, ha crecido con fuerza en Argentina, multiplicando instituciones, equipando talleres y acercando propuestas a más comunidades. Sin embargo, las políticas de ajuste del gobierno nacional durante los últimos dos años han ido en contra de este desarrollo.
El desafío que viene exige más que crecimiento: exige coordinación. Es necesaria una nueva institucionalidad que articule educación, trabajo y producción, convocando al Estado, las provincias, las universidades, las empresas, los sindicatos y las comunidades educativas para definir perfiles profesionales, invertir donde más se necesita y sostener una planificación federal y estratégica.
La Argentina debe elegir un rumbo: fortalecer sus capacidades o resignarlas. En un mundo que compite por ingenieros, por inversión en ciencia y tecnología, por industrias fuertes y por trabajo calificado, el camino inteligente es fortalecer la educación en todos sus niveles, cuidar a quienes enseñan e investigan, y asegurar que el conocimiento se transforme en producción nacional y trabajo argentino. Esa es la discusión de fondo: un país se vuelve más justo y más fuerte cuando educa para incluir y para producir.


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