Según la Estrategia Nacional de Seguridad de Estados Unidos de noviembre de 2025, el objetivo estadounidense en el hemisferio occidental es restaurar su primacía, restableciendo la Doctrina Monroe. En ese sentido, busca que los gobiernos latinoamericanos le aseguren sus cadenas de suministro, es decir, acceso a las materias primas. Además, exige que cooperen en su agenda de seguridad en materia de narcotráfico, organizaciones criminales y migración.
El documento también indica que se les negará a competidores no hemisféricos, como China y Rusia, el control o la posesión de recursos vitales para Estados Unidos. Esto marca un cambio significativo en la relación entre Washington y América Latina, alejándose de la promoción de la democracia.
La captura de Nicolás Maduro en Venezuela es vista como un punto de inflexión en estas relaciones, reviviendo viejos temores sobre la soberanía nacional y el intervencionismo estadounidense. El impacto real dependerá de factores como la legitimidad percibida de la operación, la respuesta de actores regionales clave y el manejo posterior al arresto de Maduro.
Lo más probable es un escenario de deterioro temporal de los vínculos con gobiernos "progresistas", el fortalecimiento de las relaciones con ejecutivos alineados, y una América Latina cada vez más fragmentada en términos ideológicos. Estados Unidos podría alcanzar su objetivo inmediato en Venezuela, pero a costa de erosionar su reputación regional en un contexto donde China disputa activamente influencia.
Más que transformar las relaciones hemisféricas, la operación puede acelerar tendencias preexistentes: multipolaridad, autonomía regional y desconfianza hacia Washington. Esto significa que la estrategia de Estados Unidos en la región enfrenta importantes desafíos y riesgos a mediano y largo plazo.












