Las protestas sin precedentes que sacuden a Irán desde hace semanas parecen estar escalando a niveles peligrosos. Después de que las autoridades restringieran el acceso a internet en un intento por acallar las voces de disidencia, se han registrado violentos disturbios en todo el país, con manifestantes quemando motocicletas y vehículos de las fuerzas especiales y la policía.
Las imágenes que llegan desde la ciudad de Gorgan son impactantes. Allí, los manifestantes prendieron fuego a varios automóviles y motocicletas pertenecientes a las fuerzas de seguridad, en medio de enfrentamientos violentos con la policía. Esta escena se ha repetido en múltiples ciudades iraníes, reflejando el profundo descontento de la población con el régimen teocrático que los gobierna.
Las protestas comenzaron hace más de un mes, después de la muerte de Mahsa Amini, una joven de 22 años que falleció bajo custodia de la policía moral tras ser detenida por supuestamente violar el estricto código de vestimenta impuesto a las mujeres. Su muerte desencadenó una ola de furia y un grito de libertad que se ha extendido por todo Irán, con mujeres liderando las manifestaciones y quemando sus velos en señal de rechazo.
Más allá de las demandas por mayor libertad y derechos para las mujeres, los manifestantes también han elevado consignas contra el liderazgo supremo, el ayatolá Alí Jamenei, y el presidente Ebrahim Raisi, a quienes culpan por la grave crisis económica que atraviesa el país, con altos niveles de inflación, desempleo y pobreza.
La respuesta del régimen iraní ha sido brutalmente represiva. Las fuerzas de seguridad han usado una fuerza excesiva para tratar de sofocar las protestas, con un saldo que ya supera los 130 manifestantes muertos, según organizaciones de derechos humanos. Cientos más han sido detenidos, y el acceso a internet ha sido severamente restringido en un intento por limitar la coordinación y visibilidad de las protestas.
Sin embargo, lejos de amedrentar a los manifestantes, la violencia del régimen parece haber avivado aún más la determinación de la población iraní por derrocar a un gobierno al que perciben como ilegítimo y opresor. Las calles de Irán siguen ardiendo, y las llamas de la revolución parecen cada vez más difíciles de apagar.












