La formación del ciudadano es un tema que ha preocupado a los pensadores a lo largo de la historia. En este sentido, el célebre retórico romano Quintiliano ofrece una perspectiva iluminadora en su obra Institutio Oratoria.
Quintiliano sostiene que el orador perfecto no es simplemente quien domina las técnicas del discurso, sino aquel que es, ante todo, "un hombre bueno". Su famosa fórmula "vir bonus dicendi peritus" resume una convicción decisiva: la palabra pública solo es legítima cuando está al servicio de la verdad y del bien.
Esta visión de Quintiliano se aleja de la mera retórica vacía y apunta a una concepción integral del orador como un individuo virtuoso, cuyo compromiso ético es fundamental para el ejercicio de la palabra pública. Para el pensador romano, la formación del ciudadano debe ir más allá de la mera adquisición de habilidades técnicas y abarcar el desarrollo de un carácter moral sólido.
En un mundo donde la manipulación del lenguaje y la distorsión de la verdad son fenómenos cada vez más preocupantes, el legado de Quintiliano cobra una relevancia renovada. La idea de que la palabra pública debe estar al servicio de la verdad y el bien común es un principio que debería guiar a quienes ejercen la función de líderes de opinión y formadores de ciudadanía.
Más allá de las técnicas retóricas, Quintiliano nos recuerda que la verdadera excelencia del orador radica en su capacidad de encarnar los valores que defiende. Solo así, la palabra pública podrá cumplir su función de guiar y educar a los ciudadanos, contribuyendo a la construcción de una sociedad más justa y democrática.
En un momento en el que la polarización y la desinformación amenazan con socavar los cimientos de nuestras instituciones, la lección de Quintiliano sobre la formación del ciudadano adquiere una relevancia crucial. Recuperar esta perspectiva ética en el ejercicio de la palabra pública puede ser un paso fundamental para recuperar la confianza y el compromiso de los ciudadanos con la vida política y social.











