El 2025, declarado por el papa Francisco como el "Año Jubilar de la Esperanza", se cierra con un panorama sombrío. Lejos de ser un período de renacimiento y fraternidad universal, como se había vislumbrado, este año se ha convertido en el más violento de lo que va del siglo XXI, con un aumento preocupante de la criminalidad y la pobreza en varias regiones del mundo.
La carta del papa Francisco, emitida en febrero de 2022, planteaba que este Jubileo podría "ayudar mucho a restablecer un clima de esperanza y confianza, como signo de un nuevo renacimiento que todos percibimos como urgente". Sin embargo, la realidad ha sido muy distinta.
Según los datos recabados, el 2025 cerró con cifras récord de muertes violentas en ciudades como Guayaquil, Durán y Samborondón, en Ecuador. Además, se han reportado fallas técnicas, contratos sin sustento y pagos anticipados en proyectos clave del sistema eléctrico del sur, lo que ha profundizado la crisis energética en la región.
Para el psicoanalista argentino Gabriel Rolón, la esperanza puede ser "una ilusión que retrasa el enfrentamiento con la realidad". En ese sentido, el cierre de la Puerta Santa de la basílica de San Pedro, que marca el fin del Año Jubilar, se perfila como un símbolo del fracaso de este período en cuanto a la recuperación de la confianza y la fraternidad universal.
Expertos consultados plantean que la clave no está en cambiar el calendario, sino en transformar patrones de comportamiento y fortalecer las conexiones humanas, elementos fundamentales para alcanzar una verdadera esperanza y reconstruir un futuro más justo y pacífico.












