El presidente Donald Trump ha intensificado significativamente la presión militar sobre Venezuela, autorizando un ataque encubierto de la CIA contra instalaciones portuarias en el país, según revelan nuevos informes. Sin embargo, la administración no ha explicado de manera clara y consistente sus acciones, ni ha preparado al país para las posibles consecuencias de una escalada aún mayor del conflicto.
Los altos funcionarios no han detallado cuánto durará la concentración naval en el Caribe ni qué se les pedirá a los militares estadounidenses. Tampoco han esbozado un final preferido para la confrontación, que ha ido escalando desde presiones diplomáticas hasta ataques contra supuestos barcos narcotraficantes y un bloqueo contra petroleros.
Si el objetivo es derrocar al presidente Nicolás Maduro, como sugieren los recientes comentarios de altos funcionarios, la Casa Blanca no ha hecho esfuerzos por demostrar a los estadounidenses que la administración está planeando para las consecuencias de tal acción. Este punto es especialmente relevante dados los atolladeros generados por intervenciones militares anteriores en países como Irak, Afganistán y Libia.
El representante Adam Smith, del Comité de Servicios Armados de la Cámara de Representantes, advirtió que el ataque de la CIA es una agudización significativa de la presión estadounidense y planteó un conjunto de preguntas espinosas sobre adónde irá la situación a partir de ahora y hasta dónde está dispuesto a llegar Trump con este esfuerzo por cambiar el régimen en Venezuela.
Quizás la confusión de Trump sea deliberada, como parte de una campaña psicológica para desorientar a Maduro o persuadir a sus aliados de que estarían más seguros sin él. Pero cuanto más grave se vuelve la situación, más acuciante es la obligación de informar a los estadounidenses sobre los planes de la administración.
Los críticos de la administración no intentan defender a un gobernante cruel e ilegítimo como Maduro, sino cuestionar las motivaciones, la buena fe y la competencia de la Casa Blanca. Sin una campaña para explicar su razonamiento, los externos deben buscar pistas en las declaraciones y acciones de la administración.
La decisión de Trump de hablar públicamente sobre la operación encubierta de la CIA resulta desconcertante, ya que ahora se ha privado de la cobertura de una negación plausible, una de las principales ventajas de las acciones encubiertas. Quizás buscaba generar más presión externa sobre Maduro, pero ahora ha reducido sus propias opciones, pues es difícil creer que volar instalaciones portuarias vaya a derrocar al tirano venezolano.
El almirante retirado James Stavridis, ex Comandante Supremo Aliado de la OTAN, declaró que esperaba que Trump autorizara más ataques encubiertos en Venezuela, pero que el ataque de la CIA reforzó la percepción de que la operación busca principalmente un cambio de régimen. En ese caso, el presidente tendría que aumentar la intensidad, el alcance y la escala de los ataques, incluso contra el ejército venezolano y su sistema de defensa aérea.
Estas decisiones son difíciles para cualquier presidente, y se avecinan más a principios del nuevo año, según Stavridis.
La falta de transparencia de la administración no se limita a Venezuela. Trump también anunció ataques militares contra grupos islamistas en Nigeria y amenazó con nuevos ataques contra Irán, sin dar detalles públicos. Esta impresión de un presidente impulsivo solo alimenta las preocupaciones sobre sus acciones en Venezuela.
Aunque la administración puede tener una lógica política interna convincente para su estrategia en Venezuela, que une diversas corrientes y personalidades de su círculo íntimo, es crucial que presente este caso de manera más amplia ante el público. Los estadounidenses merecen comprender lo que se está haciendo en su nombre, especialmente porque miles de militares pueden estar en peligro.










