Diciembre se presentaba como un mes de celebraciones y reencuentros, pero en Honduras se convirtió en un corredor de violencia que dejó a su paso masacres, homicidios selectivos y un mensaje inquietante: ni los hogares, ni los barrios, ni las instituciones estuvieron a salvo.
En menos de 20 días, el país registró una seguidilla de hechos violentos que, por su cercanía temporal y su impacto, dibujaron un patrón difícil de ignorar. No se trató de un solo episodio ni de una región aislada, sino de una secuencia que se extendió del norte al centro de Honduras.
La violencia comenzó el 2 de diciembre, cuando tres personas fueron asesinadas en Victoria, Yoro. Semanas después, el 20 de diciembre, Sulaco, Yoro, fue escenario de otra masacre que dejó tres víctimas más. Estos hechos reforzaron la sensación de que ciertas zonas quedaron atrapadas en una espiral que nadie logra contener.
Pero la violencia no se quedó en el interior del país. El 19 de diciembre, en Tegucigalpa, cuatro personas fueron asesinadas en una vivienda, un crimen que estremeció a la capital y mostró que la criminalidad también se cuela en lo doméstico y lo cotidiano. Un día después, en San Pedro Sula, una ingeniera fue asesinada, y el 21 de diciembre, un hombre fue asesinado en el barrio Río de Piedras, una de las zonas más conocidas y transitadas de la ciudad.
Cada uno de estos homicidios, vistos de forma aislada, podría pasar como un hecho más en la crónica roja. Pero juntos construyen un relato más amplio: diciembre no fue una excepción, fue un mes donde la violencia se concentró y se hizo visible de forma brutal.
Lo que vuelve particularmente inquietante a diciembre no es solo el número de hechos, sino su dinámica. Masacres en distintos puntos del país, homicidios en viviendas, asesinatos en barrios emblemáticos configuran un cierre de año marcado por la diversificación de escenarios y la rapidez con la que ocurrieron los ataques.
Este patrón rompe con la explicación simplista que suele atribuir la violencia decembrina únicamente al consumo de alcohol o a conflictos personales. La repetición de homicidios múltiples y el golpe directo a la justicia sugieren una violencia más estructural, más organizada y menos circunstancial.
Diciembre se fue dejando familias en duelo, comunidades marcadas por el miedo y un país obligado a preguntarse qué falló. La violencia no solo cerró el año: lo clausuró con una advertencia clara sobre la fragilidad de la seguridad y la urgencia de respuestas que vayan más allá de los discursos.
El calendario cambió, pero las heridas siguen abiertas. Y mientras las cifras se archivan y los días avanzan, diciembre queda como el mes que recordó, con crudeza, que en Honduras la violencia no se toma vacaciones.











