Mientras el continente europeo atraviesa un verano marcado por condiciones climáticas extremas, con temperaturas que han alcanzado los 44 °C, incendios forestales devastadores y la aparición de tormentas de fuego, la atención de los especialistas en Argentina se centra en un escenario distinto. Ante la inquietud que generan las imágenes provenientes del hemisferio norte, los expertos locales analizan la evolución de El Niño para determinar cómo será la próxima temporada cálida en el país.
El pronóstico definitivo para el verano argentino no es aún una certeza absoluta, ya que depende fundamentalmente de la evolución que presente el fenómeno El Niño durante el transcurso de la primavera. En este sentido, los datos aportados por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) resultan claves, ya que su último informe señala que existe una probabilidad del 63% de que este fenómeno alcance una intensidad muy fuerte en el periodo comprendido entre noviembre y enero.
Para comprender este escenario, es necesario remontarse a la naturaleza de El Niño, el cual forma parte de un sistema más amplio denominado El Niño-Oscilación Sur (ENSO). Este fenómeno surge a partir de la compleja interacción entre el océano y la atmósfera en el Pacífico tropical. Las variaciones en la temperatura superficial del mar en esta región tienen la capacidad de modificar los patrones de precipitaciones y las temperaturas en diversas regiones del globo, incluyendo el territorio argentino.
En consonancia con esto, el Servicio Meteorológico Nacional (SMN) emitió un informe el pasado 1 de julio, en el cual detalló que la temperatura del agua del mar se encuentra por encima de sus valores normales para el trimestre de julio, agosto y septiembre. El organismo ha indicado, además, que la probabilidad de que esta situación de temperaturas elevadas en el agua continúe se mantiene muy alta durante los trimestres siguientes.
De acuerdo con el SMN, este contexto climático puede favorecer la aparición de mayores precipitaciones y temperaturas superiores a las normales en distintas zonas de Argentina. No obstante, es fundamental hacer una distinción técnica: el hecho de que las temperaturas sean superiores a la media no implica necesariamente que el país esté destinado a sufrir una proliferación de olas de calor similares a las registradas recientemente en Europa.
En efecto, los especialistas consideran que las olas de calor recurrentes no aparecen, por el momento, como el escenario más probable para Argentina. Si bien es cierto que las jornadas con temperaturas extremas seguirán presentes, su duración y frecuencia estarán condicionadas principalmente por dos factores determinantes: la nubosidad y la cantidad de lluvias.
Una de las razones fundamentales por las cuales no se puede trasladar el pronóstico europeo al contexto argentino es la geografía. Europa posee una mayor superficie continental, lo que facilita la retención de calor y la formación de domos térmicos. En contraste, el hemisferio sur cuenta con una influencia oceánica mucho más amplia. Las grandes masas de agua actúan como reguladores térmicos, absorbiendo parte del calor y ayudando a moderar las variaciones bruscas de temperatura.
A pesar de estas diferencias geográficas, Argentina no se encuentra exenta de los efectos del cambio climático. El Servicio Meteorológico Nacional ha registrado una tendencia creciente tanto en la cantidad como en la intensidad de las olas de calor desde el año 2015. Esta tendencia alcanzó su punto máximo en el año 2022, el cual se consolidó como el año más cálido de la historia argentina desde que se iniciaron las mediciones oficiales.
El calentamiento global también está alterando otros componentes del clima. Dependiendo de la región afectada, puede provocar un aumento en la humedad, lo que a su vez favorece la ocurrencia de tormentas más intensas, inundaciones y olas de calor que resultan más prolongadas y frecuentes.
En este marco, se presenta una dualidad climática: un escenario de mayores precipitaciones podría reducir el riesgo de que se produzcan olas de calor prolongadas, pero simultáneamente incrementa la posibilidad de sufrir excesos hídricos e inundaciones. Los especialistas advierten que un evento de gran intensidad podría generar inundaciones más profundas que las habituales, subrayando que la evolución de las lluvias será la clave para determinar el impacto final en las distintas regiones del país.


