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El fenómeno de La Odisea: Fans viajan miles de kilómetros por el formato IMAX 70 mm

Un fenómeno alrededor de La Odisea está cambiando la forma en que los consumidores deciden viajar para vivir una experiencia de entretenimiento.

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El fenómeno de La Odisea: Fans viajan miles de kilómetros por el formato IMAX 70 mm
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El estreno de La Odisea de Christopher Nolan ha impulsado un fenómeno inédito de turismo cinematográfico. A diferencia de los viajes tradicionales a sets de filmación, miles de espectadores recorren cientos de kilómetros para asistir a una de las 41 salas en el mundo capaces de proyectar la película en formato IMAX 70 mm, convirtiendo la tecnología de exhibición en el principal atractivo del evento. Este comportamiento refleja un cambio en el consumo actual, donde la escasez y la exclusividad generan un valor percibido superior a la comodidad del streaming. Con boletos significativamente más caros y una alta demanda impulsada por redes sociales, el director ha demostrado que limitar el acceso a una experiencia técnica auténtica puede transformar la visualización de una película en un evento aspiracional y coleccionable.

Tradicionalmente, la decisión de asistir a una sala de cine se ha basado en la conveniencia y la proximidad geográfica. Sin embargo, el estreno de La Odisea, la más reciente producción de Christopher Nolan, ha transformado por completo esta lógica de consumo. En Estados Unidos, un grupo creciente de aficionados ha comenzado a recorrer cientos e incluso miles de kilómetros con un objetivo específico: encontrar una de las pocas salas equipadas con la tecnología IMAX 70 mm.

Este formato, utilizado por Nolan para filmar la totalidad de la producción, ha dejado de ser un detalle técnico para convertirse en uno de los principales argumentos de venta del estreno. El impacto de esta preferencia es tangible en los desplazamientos de los espectadores. Un caso representativo es el de Mike Rohlfing, quien, según reportó CNBC, condujo aproximadamente 900 millas de ida y vuelta, viajando desde Misuri hasta Michigan junto a su familia para poder asistir a una función en el formato deseado.

Rohlfing no es un caso aislado. Miles de personas reservaron sus boletos con meses de anticipación, aceptando horarios de madrugada o trasladándose a otros estados para asegurar un asiento. En este contexto, la película ha dejado de ser el único motivo del viaje; la experiencia técnica de ver la obra en el formato preferido por el director se ha posicionado en el centro de la conversación entre los cinéfilos.

Este fenómeno marca una evolución en lo que se conoce como turismo cinematográfico. Históricamente, este tipo de turismo se vinculaba con la visita a los escenarios donde se filmaron producciones famosas. Ejemplos claros son Nueva Zelanda, que atrajo a miles de visitantes gracias a El Señor de los Anillos, o Dubrovnik, ciudad que ganó notoriedad internacional debido a Game of Thrones. En aquellos casos, el atractivo residía en recorrer los paisajes y sets que aparecían en pantalla.

La Odisea plantea una variante distinta y novedosa. En esta ocasión, el destino del viaje no es un paisaje natural o un set de filmación, sino la sala de cine misma. El punto de interés es una experiencia de exhibición que se encuentra disponible solo en un número muy limitado de lugares. Actualmente, existen apenas 41 salas en todo el mundo con la infraestructura necesaria para proyectar La Odisea en IMAX 70 mm, de las cuales 25 se encuentran en Estados Unidos. Esta disponibilidad restringida ha convertido a estos complejos en destinos turísticos para aficionados dispuestos a pagar costos adicionales y recorrer largas distancias para acceder a la visión original del director.

Este comportamiento refleja un cambio profundo en el consumidor actual. Más allá de la búsqueda de entretenimiento, los espectadores buscan experiencias que puedan documentar, compartir y convertir en parte de su identidad como amantes del cine. Desde la perspectiva del marketing, el éxito de este fenómeno se basa en la ley de la escasez, la cual dicta que la limitación de un recurso aumenta su valor percibido.

La imposibilidad de expandir rápidamente la cantidad de salas IMAX 70 mm genera una sensación de exclusividad. Conseguir una entrada se ha vuelto una experiencia comparable a la compra de boletos para grandes eventos deportivos o conciertos de alta demanda. De hecho, algunos complejos comenzaron la venta de funciones con casi un año de antelación y varias sedes han tenido que ampliar sus temporadas debido a la presión del público.

Los datos económicos respaldan esta tendencia. Durante el fin de semana de estreno, un boleto para IMAX 70 mm costó, en promedio, un 81% más que una entrada convencional. Asimismo, algunas salas reportaron ingresos superiores a los 153,000 dólares por pantalla durante los primeros días de exhibición.

La amplificación de este fenómeno ocurrió en el entorno digital. Plataformas como TikTok y Reddit se llenaron de videos y hilos explicativos sobre las diferencias técnicas entre el IMAX digital, el 70 mm y el IMAX 70 mm, brindando recomendaciones para identificar las salas que ofrecen el formato auténtico. Para el consumidor, el proceso de aprendizaje sobre estas diferencias se integró como parte de la experiencia previa a la compra.

El caso de La Odisea demuestra que el valor de una marca puede residir no solo en el producto, sino en la forma en que se consume. Christopher Nolan e IMAX lograron que el formato de exhibición se integrara al relato comercial. La experiencia comienza mucho antes de la primera escena: incluye la gestión de los boletos, la planeación del viaje, la visita a una sala emblemática, la adquisición de productos coleccionables y el posterior intercambio en redes sociales.

Para el sector de las marcas, la lección es clara: la exclusividad no siempre requiere el lanzamiento de nuevos productos. También puede construirse limitando el acceso a una experiencia diferenciada, siempre que dicha restricción aporte un valor real y responda a una propuesta auténtica. En un mercado dominado por la comodidad inmediata del streaming, las experiencias irrepetibles y difíciles de replicar en casa son las que motivan al consumidor a recorrer cientos de kilómetros y pagar un precio premium.

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