ÚLTIMA HORA

Cobertura global las 24 hs. • domingo, 26 de julio de 2026 • Noticias actualizadas al minuto.

Menú

Recuerdos del Carnaval de la Zona Rosa: entre el rock, el alcohol y un encuentro inexplicable

Miraba a unos perritos nacidos debajo de una tarima de madera donde nuestra pastor alemán los había parido. Mi hermana y yo los observábamos porque ya comenzaban a salir de su escondite. Nuestra perra, Jacky, nos miraba mientras de fondo sonaba Bohemian Rhapsody. Fue un momento mágico de 1982, apenas un mes antes de viajar a El Salvador.

Audionoticia

Escucha el reporte completo

Recuerdos del Carnaval de la Zona Rosa: entre el rock, el alcohol y un encuentro inexplicable
Puntos clave

En marzo de 1987, el Carnaval de la Zona Rosa en San Salvador se convirtió en un refugio de euforia frente al conflicto armado. Zarko Pinkas, un adolescente amante de la música, vivió una noche intensa entre conciertos de heavy metal, discotecas y alcohol, buscando escapar de la rutina de una ciudad marcada por los contrastes. La velada tomó un giro surrealista cuando Pinkas, bajo los efectos del vodka, cayó del techo del auto de su padre. Durante el desmayo, experimentó una visión mística con advertencias sobre el futuro de la guerra, un enigma que se intensificó cuando sus amigos mencionaron la presencia de un desconocido que lo acompañaba, desdibujando la línea entre la realidad y el delirio.

El San Salvador de finales de los años ochenta era un escenario de contrastes profundos, donde la tensión de la guerra exterior convivía con burbujas de euforia y escapismo. En marzo de 1987, uno de esos epicentros de distracción fue el Carnaval de la Zona Rosa, un evento que transformó las calles en un espacio de reunión masiva para universitarios, estudiantes, extranjeros y personajes diversos que buscaban huir de la rutina y el conflicto armado.

Zarko Pinkas, quien en aquel entonces transitaba una adolescencia marcada por el gusto por el ruido, las luces y la música, relata cómo la noche se había convertido en su extensión natural. Impulsado por la imaginación y el sonido de casetes de Heart, Pinkas se sumergió en la atmósfera eléctrica de aquel carnaval, convenciendo a su amigo Manolo de llegar temprano para evitar el costo de la entrada, que ascendía a los treinta colones.

La jornada comenzó en el restaurante Taco a Taco, frente al edificio donde residía Pinkas, donde el grupo, compuesto también por Mario, Pepe y otros compañeros del Colegio San Francisco, inició la celebración con comida mexicana y cerveza fría. Al llegar al lugar del evento alrededor de las seis de la tarde, fueron testigos del cierre de las calles y la organización de los accesos, encontrando una cantidad de conocidos superior a la esperada, mezclados en una multitud que irradiaba una energía distinta a la de cualquier salida convencional.

La música fue el motor de la noche. La banda de heavy metal Crisis abrió el camino con versiones de Black Sabbath y Judas Priest. A pesar de que el sonido no era impecable, la distorsión de las guitarras y la vibración de los amplificadores eran suficientes para encender a la multitud. El ambiente se llenó de humo, gritos y una masa humana que dificultaba el caminar, donde se observaba desde jóvenes riendo en las aceras hasta vendedores abriéndose paso entre la gente.

A pesar de la presencia masiva de alcohol y la euforia general, Pinkas destaca que no se respiraba violencia, algo inusual para la época en El Salvador. Incluso frente a ofertas de sustancias como la marihuana, él y sus amigos rechazaron la propuesta, influenciados por el temor generado por las campañas televisivas de Drogápolis, que en aquel entonces marcaban la percepción social sobre el consumo de drogas.

Tras el concierto, la experiencia se trasladó al interior de una discoteca, donde el paisaje sonoro cambió drásticamente. Los sintetizadores de artistas como Kate Bush, Peter Gabriel, Genesis, Madonna y Cyndi Lauper reemplazaron el metal, mientras que las luces rosadas y el aire acondicionado creaban un entorno distinto. Fue en este espacio donde el consumo de ron con Coca-Cola, Campari y cerveza comenzó a nublar la memoria de Pinkas, quien terminó amaneciendo en el lugar.

El desenlace de la noche tomó un giro surrealista tras regresar a su apartamento. Tras consumir una botella de vodka perteneciente a su padre, Pinkas bajó nuevamente al estacionamiento. En un estado de euforia, subió al techo del Volkswagen Escarabajo celeste de su progenitor para bailar, instigado por los gritos de sus amigos. En ese punto, el ruido del carnaval se apagó abruptamente, dando paso a un silencio absoluto y a una caída que lo llevó a una dimensión distinta.

Pinkas describe haber despertado en un paisaje de campos verdes y frío, donde un hombre delgado lo ayudó a incorporarse y una mujer de cabello crespo, con un anillo de serpientes similar a Medusa, lo observaba en silencio. El hombre le lanzó una advertencia críptica: "Todo lo que viene puedes cambiarlo. Pero todo aquello que no puedes cambiar llegará de todas formas. La guerra apenas está comenzando".

Al recuperar la conciencia en su cama, sus amigos le confirmaron que había caído del techo del vehículo y que habían tenido que subirlo al apartamento. Sin embargo, el misterio persistió cuando Manolo le preguntó por la identidad del "viejo flaco de barba de chivo" que lo acompañaba y que se había marchado en un automóvil azul, un detalle que Pinkas no pudo procesar ni recordar, dejando aquella noche de 1987 como un enigma entre la realidad del alcohol y una experiencia inexplicable.

Cobertura en Video