En América Latina, el acto de coser ha experimentado una transformación profunda, transitando desde una práctica impuesta para disciplinar a mujeres, monjas, obreras y abuelas, hacia una herramienta de liberación política y social. Lo que históricamente fue una forma de mantener la sumisión dentro de un sistema patriarcal, se ha convertido, a través de la acción colectiva, en un espacio para cuestionar las prácticas políticas imperantes, compartir relatos y generar procesos de resistencia que trascienden la intimidad del costurero.
Esta evolución del bordado como lenguaje de denuncia tiene raíces profundas en la región. Un referente fundamental es Violeta Parra, quien hace décadas utilizó telas de arpillera para plasmar la realidad del campo y los dolores del pueblo. Su legado inspiró a las famosas arpilleras que, durante la dictadura chilena, utilizaron la costura como un mecanismo de resistencia. En tiempos más recientes, esta práctica ha sido adoptada por diversos movimientos feministas, quienes han integrado consignas en sus telas, reconociendo, bajo la premisa de Donna Haraway, que la memoria no es neutra y que debe ser activada políticamente mediante colectivos de bordadoras que lleven sus obras a las calles.
A diferencia de las pancartas pintadas, que suelen servir como ilustraciones temporales durante las marchas, las mantas bordadas representan una resistencia que se sostiene en el tiempo. Estos objetos materiales evocan lo afectivo y lo sensible, convirtiéndose en testimonios permanentes. Un ejemplo destacado es la "Manta de los Feminicidios", creada por el colectivo Bordar la Ternura en Quito. Esta pieza, que atrae la atención de fotógrafos y es portada por numerosas personas independientemente de sus creadoras, crece progresivamente, aunque no al mismo ritmo que las miles de muertes de mujeres que busca denunciar.
El impacto de estas prácticas se extiende a diversas causas sociales. A través del bordado se han creado redes de resistencia contra el extractivismo, la contaminación de ríos y mares, el machismo y el control de las redes sociales para beneficios individuales. En este contexto, las Bordadoras Autoconvocadas de Cuenca han alcanzado un protagonismo político relevante a nivel nacional en Ecuador, destacando especialmente por su carácter multiclasista, lo cual otorga un valor excepcional a su organización.
La subversión de realidades naturalizadas a través de la ternura y la sensibilidad es una tendencia presente en toda América. En Colombia, por ejemplo, existen "Los Costureros" en zonas rurales, grupos formados por sobrevivientes del conflicto armado que fueron organizados por monjas. Estos espacios reúnen a personas de diversas militancias que se sienten desencantadas de la corrupción, la mentira y la lógica del sistema capitalista, el cual tiende a borrar las memorias de aquellos sectores que no aportan a la acumulación de capital.
Desde una perspectiva teórica, esta revalorización de la costura no es un fenómeno aislado. Rozsika Parker, en su obra ‘La puntada subversiva. El bordado y la creación de lo femenino’, rastrea esta técnica desde el Medioevo para rescatarla de su condición de práctica menospreciada. En Ecuador, este enfoque se ha aplicado con fines terapéuticos; la Federación de Mujeres de Sucumbíos ha utilizado el bordado durante 25 años como un recurso para sanar traumas derivados de la violencia intrafamiliar, demostrando que la aguja puede ser un camino de revelación y sanación.
Actualmente, estas experiencias y proyectos en marcha son recuperados por el Project Room de Arte Actual, la galería de Flacso. Es en este espacio donde se han visibilizado colectivos como Bordar la Ternura, proponiendo a través del arte y la costura la construcción de un mundo complejo basado en la empatía y la interpelación desde lo sensible.


