La localidad de Braunau am Inn, situada en Austria y muy próxima a la frontera con Alemania, ha sido el escenario de una medida institucional destinada a neutralizar la carga simbólica de uno de los edificios más controvertidos de Europa. Este miércoles, la casa donde nació el dictador nazi Adolf Hitler reabrió sus puertas, pero con una función radicalmente distinta: el inmueble ha sido convertido en una comisaría de policía.
Con esta decisión, el Gobierno austríaco busca evitar que el edificio se transforme en un centro de peregrinación para personas y grupos que glorifican el nazismo. El inmueble alberga ahora el nuevo Centro Policial de la ciudad y diversas dependencias de la Academia de Seguridad. En estas instalaciones no solo se realizarán labores administrativas y operativas, sino que también se impartirán cursos de formación para agentes, los cuales incluirán contenidos específicos relacionados con la defensa de los derechos humanos.
El objetivo fundamental de este nuevo uso es lograr que un espacio asociado al nacimiento del responsable del Holocausto y de la Segunda Guerra Mundial quede plenamente integrado en las estructuras de un Estado democrático. Durante la ceremonia de inauguración, el ministro austríaco del Interior, Gerhard Karner, subrayó que la labor policial actual representa la antítesis del simbolismo vinculado históricamente al lugar. Según Karner, la policía encarna la democracia, el Estado de derecho, la libertad y la dignidad humana, así como su defensa incondicional frente a cualquier forma de extremismo y totalitarismo.
Para lograr esta transformación, el edificio fue sometido a una remodelación integral. La antigua fachada amarilla fue sustituida por una de color blanco y aspecto funcional, inspirada en la apariencia original que tenía la construcción en el siglo XVII. Un detalle crítico de las obras fue la gestión de los escombros: todo el material retirado durante la remodelación fue trasladado a un lugar secreto. Esta medida se tomó para evitar que grupos neonazis pudieran obtener fragmentos de la estructura y utilizarlos como reliquias para glorificar la figura de Hitler.
La apertura de la comisaría responde a una problemática persistente. Braunau am Inn, una localidad de 17.500 habitantes, ha sido un punto de encuentro para nazis desde la década de 1930 y, posteriormente, para grupos neonazis tras la Segunda Guerra Mundial. El edificio en particular había actuado durante décadas como un imán para extremistas que fotografiaban la casa, depositaban flores o incluso robaban piedras de la fachada como recuerdo. Recientemente, en 2024, cuatro ciudadanos alemanes fueron sorprendidos colocando rosas blancas en las ventanas y posando para fotografías, incluyendo a una mujer que realizó el saludo nazi.
Además de las visitas físicas, el edificio ha sido blanco de ataques digitales. El semanario alemán Der Spiegel reportó que, poco antes de la reapertura, unos hackers manipularon la información en Google Maps para cambiar la dirección de la casa (Salzburger Vorstadt 15) por el número 88. Este número es un código utilizado por neonazis para referirse a la expresión «Heil Hitler», dado que la letra H es la octava del abecedario.
En el exterior, sobre la entrada principal, ahora destaca el logotipo de la Policía austríaca. Asimismo, se ha mantenido el monumento conmemorativo instalado en 1989 que recuerda a las víctimas del nazismo con la inscripción: «Por la paz, la libertad y la democracia. Nunca más fascismo. Millones de muertos lo advierten». Cabe recordar que en Austria la apología del nazismo es un delito, especialmente considerando que el país fue anexionado por la Alemania nazi entre 1938 y 1945.
Este proyecto pone fin a un largo debate sobre la memoria del pasado nazi en Austria. Desde 1972, el Estado alquilaba el edificio para evitar que se convirtiera en un lugar de exaltación. Tras la salida de una ONG que atendía a personas con discapacidad intelectual en 2011, la casa quedó vacía. Después de intentos fallidos de compra, el Estado expropió la vivienda en 2016.
Una comisión de expertos analizó diversas opciones: la demolición se descartó para no borrar una parte incómoda de la historia, y la creación de un museo se rechazó por temor a que aumentara el atractivo para los extremistas. Finalmente, se optó por un uso administrativo y policial, decisión anunciada en 2019. El costo final de la obra ascendió a casi 20 millones de euros, superando la estimación inicial de cinco millones debido a los retrasos en la ejecución.


