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Más allá de los pulmones: la contaminación del aire eleva el riesgo de infartos y accidentes cerebrovasculares

La contaminación atmosférica no solo perjudica a los pulmones. Especialistas advierten que la exposición al material particulado puede aumentar el riesgo de infarto, accidente cerebrovascular, hipertensión y otras enfermedades cardiovasculares, especialmente en personas vulnerables.

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Más allá de los pulmones: la contaminación del aire eleva el riesgo de infartos y accidentes cerebrovasculares
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La contaminación atmosférica representa una amenaza mucho más grave que los simples problemas respiratorios, ya que las partículas PM2,5 pueden ingresar al torrente sanguíneo y provocar infartos, accidentes cerebrovasculares e hipertensión. Esta exposición, ya sea prolongada o mediante picos críticos de polución, activa respuestas inflamatorias que afectan directamente la salud cardiovascular, especialmente en adultos mayores y personas con enfermedades previas. Para reducir riesgos, los especialistas recomiendan monitorear la calidad del aire antes de realizar actividad física y evitar la contaminación en espacios cerrados. Sin embargo, advierten que el autocuidado es insuficiente si no se implementan cambios estructurales en el transporte y la industria para reducir las emisiones y garantizar un entorno saludable para todos.

La percepción común sobre la contaminación atmosférica suele limitarse a sus efectos en el sistema respiratorio; sin embargo, especialistas en salud advierten que el impacto es mucho más profundo y peligroso. La exposición al material particulado no solo perjudica los pulmones, sino que incrementa significativamente el riesgo de sufrir infartos, accidentes cerebrovasculares, hipertensión y diversas enfermedades cardiovasculares, afectando con mayor severidad a las personas en estado de vulnerabilidad.

El foco principal de preocupación para los expertos es el material particulado, definido como una mezcla de partículas sólidas y líquidas que permanecen suspendidas en la atmósfera. Dentro de este grupo, las partículas denominadas PM2,5 representan la mayor amenaza debido a su tamaño microscópico. Esta característica les permite penetrar profundamente en los pulmones y, en algunos casos, atravesar las barreras biológicas para alcanzar directamente el torrente sanguíneo. Estas partículas son el resultado de diversas fuentes humanas y naturales, incluyendo el tránsito vehicular, la actividad industrial, la generación de energía, la combustión de leña y el humo proveniente de incendios forestales.

Sobre este fenómeno, el médico Carlos Fernández, presidente de la Fundación SOCHICAR, explica que la exposición a estos contaminantes puede activar una respuesta inflamatoria en el organismo, producir estrés oxidativo y alterar el funcionamiento normal de los vasos sanguíneos. Según Fernández, estos procesos biológicos favorecen el aumento de la presión arterial, la formación de coágulos y generan inestabilidad en las placas de grasa que se acumulan en las arterias. Para aquellos pacientes que ya padecen una enfermedad cardiovascular, este impacto ambiental puede actuar como el desencadenante de eventos agudos y graves.

La evidencia señala que la relación entre el aire y la salud del corazón se manifiesta en dos dimensiones: la exposición prolongada y los episodios puntuales. Por un lado, vivir durante años en zonas con altas concentraciones de contaminación se vincula con una mayor probabilidad de desarrollar enfermedades cardiovasculares y un incremento en la mortalidad prematura. Por otro lado, los picos de contaminación que ocurren durante algunas horas o días pueden elevar el riesgo inmediato de infarto, accidente cerebrovascular, alteraciones del ritmo cardíaco y descompensaciones relacionadas con la insuficiencia cardíaca.

A nivel global, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha advertido que una parte considerable de las muertes prematuras vinculadas a la contaminación ambiental corresponden a casos de cardiopatía isquémica y accidente cerebrovascular. Este respaldo técnico ha permitido que la calidad del aire sea reconocida actualmente no solo como un problema ambiental o respiratorio, sino como un factor determinante y relevante dentro de las estrategias de prevención cardiovascular.

No obstante, el riesgo no se distribuye de manera equitativa entre la población. El doctor Fernández advierte que existen grupos más sensibles a los efectos de la contaminación, como los adultos mayores y personas que conviven con hipertensión, diabetes, colesterol elevado o enfermedades cardíacas previas. Asimismo, quienes han sufrido previamente un infarto o un accidente cerebrovascular, las mujeres embarazadas, los niños y las personas que realizan actividad física o trabajan al aire libre por periodos prolongados requieren una atención y protección especial.

En cuanto a la actividad física, aunque el ejercicio sigue siendo un pilar fundamental para la protección del corazón, los expertos sugieren que el lugar y el momento de su práctica son cruciales. Dado que durante el ejercicio aumenta la frecuencia respiratoria y, por ende, la cantidad de aire inhalado, se recomienda a la población revisar los reportes oficiales de calidad del aire. En días con niveles elevados de contaminación, es aconsejable evitar los horarios o sectores de mayor exposición y adaptar la intensidad del ejercicio, especialmente en personas con condiciones cardiovasculares preexistentes.

La alerta también se extiende al entorno doméstico. La contaminación interior, provocada por el humo del tabaco, el uso de calefacción o cocinas con combustibles contaminantes y una ventilación deficiente, puede deteriorar gravemente la salud. Para mitigar esto, se recomienda mantener los espacios libres de humo, ventilar los ambientes cuando las condiciones exteriores lo permitan y asegurar el correcto funcionamiento de las estufas y sistemas de combustión.

Finalmente, en episodios críticos de mala calidad del aire, es vital que los pacientes cardiovasculares mantengan sus tratamientos médicos y estén alertas a señales de emergencia. Síntomas como dolor u opresión en el pecho, dificultad para respirar, palpitaciones persistentes, debilidad repentina en un lado del cuerpo o problemas súbitos para hablar son alertas que no deben ignorarse ni atribuirse simplemente al esmog.

A pesar de las medidas individuales, la Fundación SOCHICAR enfatiza que la protección personal tiene límites y que se requieren acciones colectivas. Reducir el daño cardiovascular asociado a la contaminación implica disminuir las emisiones del transporte y la industria, transitar hacia fuentes de energía más limpias, mejorar la planificación urbana y fortalecer los sistemas de monitoreo. En conclusión, cuidar el corazón implica reconocer que el entorno es parte de la salud; respirar un aire más limpio es una medida de prevención cardiovascular esencial para vivir mejor.

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