economiaEconomista denuncia sesgo de género y soberbia académica tras cuestionamientos sobre análisis crediticio
En el ámbito académico y profesional existe una delgada línea entre el rigor científico y la soberbia académica. Hace unos días, en una entrevista sobre una de las tantas coyunturas económicas y financieras del país, señalé elementos sobre las limitantes relacionadas con el crédito, dado que, pese al crecimiento interanual, este se ha desacelerado. Ante la consulta, enfatizó varios factores que en alguna medida están incidiendo en el comportamiento de este, entre ellos: tasas de interés, aumento del Índice de Precios al Consumidor (IPC) y la persistencia de la inflación, enfocado en la reducción progresiva del ingreso y la capacidad adquisitiva como restricción en el acceso a recursos financieros. Dichas “apreciaciones” son de lógica causal y que un ciudadano con sentido común puede inferir, pues estamos hablando sencillamente de que, a mayor inflación y tasas de interés relativamente altas, menor demanda de créditos. Sin embargo, inmediatamente fui cuestionada por dichas valoraciones, emanando la pregunta capciosa: ¿existe alguna investigación suya para afirmar eso? Prácticamente se exigió un escrito propio para validar una regularidad empírica universal, lo cual interpreté como miopía, mala fe o sencillamente refutar una voz femenina visible en espacios públicos, la cual debe someterse a la validación de pares masculinos dueños de su verdad absoluta. Para disipar las dudas ante la crítica técnica y validar lo que el sentido común indica, se realizó el análisis de datos en R Studio, pues al contrastar las cifras oficiales con la realidad, el resultado es irrebatible, aunque en junio 2025 y abril del 2026 el crédito total mostró un crecimiento nominal del 5.82%; al restarle la inflación mediante el IPC, el crecimiento real es del 1%. La brecha del 4.82% evidencia que la inflación absorbió casi la totalidad del financiamiento. Por lo tanto, las valoraciones en el aire se respaldan por datos duros de las fuentes oficiales; sin embargo, el problema de fondo no es de métricas, es de carácter estructural y de género. La intencionalidad de la presente columna va más allá de hablar del crédito y otros indicadores macroeconómicos; es evidenciar la incomodidad en un entorno donde los espacios de opinión y consulta mediática han sido históricamente de porte masculino, pues el hecho de que una mujer sea consultada periódicamente genera fricciones. En este contexto, este cuestionamiento técnico se convierte en herramienta sutil de exclusión y deslegitimación. Cabe mencionar que esta dinámica no es nueva; es una manifestación de la violencia de género y soberbia académica que ha predominado en las entidades de educación superior. Este pequeño incidente me ha hecho reflexionar sobre los liderazgos femeninos subordinados, en esas relaciones de poder donde, pese a ostentar puestos estratégicos, la toma de decisiones depende de figuras masculinas, quienes al final tienen la última palabra. Detrás de esta especie de soberbia académica se esconde el temor a la pérdida de protagonismo público, pues cuando se intenta descalificar a una colega exigiendo pruebas ante verdades evidentes, el mensaje no va dirigido exclusivamente a ella, sino al resto de mujeres que poseen pensamiento crítico. De esta forma se busca debilitarlas para que duden de sus propias capacidades. La economía y las finanzas deben servir para transformar realidades, no para demostrar quién posee el monopolio de la consulta mediática. Deslegitimar la voz técnica femenina es también ignorar el bolsillo de la ciudadanía, que no necesita de un escrito indexado para saber que su dinero ya no le ajusta. Las métricas macroeconómicas del país están dadas y son frías e irrebatibles, desconectadas de la realidad de la mayoría de los hondureños. Por lo tanto, ahora toca debatir con la misma rigurosidad las métricas de la equidad, democratizar el conocimiento y sacudir de una vez por todas la soberbia patriarcal que aún predomina en los pasillos de nuestras universidades.
viernes, 3 de julio de 2026, 03:37
HN
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Una economista y columnista ha puesto sobre la mesa una reflexión crítica acerca de la delgada línea que separa el rigor científico de la soberbia académica, denunciando cómo este último se utiliza en ocasiones como una herramienta de exclusión y deslegitimación hacia las voces femeninas en los espacios de opinión y consulta mediática. El debate surge a raíz de un incidente ocurrido durante una entrevista reciente sobre la situación económica y financiera del país, donde la profesional señaló las limitantes actuales relacionadas con el crédito.
Durante dicha intervención, la especialista explicó que, a pesar de registrarse un crecimiento interanual, el crédito ha experimentado una desaceleración. Para sustentar esta afirmación, detalló diversos factores que inciden directamente en este comportamiento, destacando el impacto de las tasas de interés, el aumento del Índice de Precios al Consumidor (IPC) y la persistencia de la inflación. Según su análisis, estos elementos provocan una reducción progresiva del ingreso y de la capacidad adquisitiva, lo que se traduce en una restricción real para el acceso a los recursos financieros.
La economista sostiene que estas apreciaciones responden a una lógica causal básica que cualquier ciudadano con sentido común podría inferir: ante un escenario de inflación elevada y tasas de interés relativamente altas, la demanda de créditos tiende a disminuir. Sin embargo, tras exponer estas valoraciones, la profesional fue cuestionada mediante una pregunta que calificó como capciosa, en la cual se le exigió presentar una investigación propia para validar lo afirmado.
Ante lo que interpretó como una exigencia de un escrito personal para validar una regularidad empírica universal, la experta señaló que este cuestionamiento refleja una miopía profesional, mala fe o, en última instancia, un intento de refutar la voz de una mujer visible en el espacio público, sugiriendo que la perspectiva femenina debe someterse obligatoriamente a la validación de pares masculinos.
Para disipar las dudas técnicas y respaldar el sentido común con evidencia cuantitativa, la economista realizó un análisis de datos utilizando la herramienta R Studio, contrastando las cifras oficiales. Los resultados obtenidos fueron contundentes: aunque en junio de 2025 y abril de 2026 el crédito total mostró un crecimiento nominal del 5.82%, al ajustar dicha cifra restando la inflación mediante el IPC, el crecimiento real se sitúa apenas en un 1%. Esta brecha del 4.82% evidencia que la inflación absorbió casi la totalidad del financiamiento, confirmando que las valoraciones iniciales cuentan con el respaldo de datos duros y fuentes oficiales.
Más allá de las métricas macroeconómicas, la autora de la reflexión enfatiza que el problema de fondo es de carácter estructural y de género. Denuncia que los espacios de consulta mediática han sido históricamente dominados por hombres y que el hecho de que una mujer sea consultada periódicamente genera fricciones en ciertos sectores. En este sentido, sostiene que el cuestionamiento técnico se convierte en una herramienta sutil para excluir y deslegitimar el conocimiento femenino.
Esta dinámica, según la economista, no es un hecho aislado, sino una manifestación de la violencia de género y la soberbia académica que predomina en las entidades de educación superior. El incidente la llevó a reflexionar sobre la existencia de liderazgos femeninos subordinados, donde, a pesar de ocupar puestos estratégicos, la toma de decisiones final sigue dependiendo de figuras masculinas.
Finalmente, la profesional advierte que detrás de esta actitud se esconde el temor a la pérdida de protagonismo público. Afirma que intentar descalificar a una colega exigiendo pruebas ante verdades evidentes es un mensaje dirigido a todas las mujeres con pensamiento crítico, buscando debilitarlas y hacer que duden de sus propias capacidades. La economista concluye que las finanzas deben servir para transformar realidades y no para mantener monopolios mediáticos, instando a debatir con la misma rigurosidad las métricas de la equidad y a democratizar el conocimiento para eliminar la soberbia patriarcal en los pasillos universitarios.