¿Puede un planeta sobrevivir a la muerte de su propia estrella? El telescopio James Webb de la NASA ha encontrado una respuesta intrigante en el exoplaneta WD 1856 b.
Este gigante gaseoso, con un tamaño similar al de Júpiter, orbita una enana blanca llamada WD 1856+534. Lo sorprendente es que el planeta es siete veces más grande que su estrella y completa una órbita cada 34 horas, a una distancia inferior a los 3 millones de kilómetros.
El misterio radicaba en su supervivencia. Cualquier planeta cercano debería haber sido aniquilado cuando la estrella era una gigante roja. Sin embargo, el James Webb detectó que el planeta tiene una temperatura de aproximadamente 126 grados Celsius, mucho más alta de lo esperado si dependiera únicamente de la luz de la enana blanca.
Este calor residual fue la clave para resolver el enigma. Los astrónomos concluyeron que el planeta no estuvo siempre en esa posición; migró hacia el interior entre 3 y 5.5 mil millones de años después de que la estrella se convirtiera en enana blanca. Durante este desplazamiento, las interacciones con la fuerte gravedad de la estrella provocaron un calentamiento considerable, y el planeta se ha estado enfriando desde entonces.
Además, el estudio reveló la presencia de hidrocarburos, muy probablemente metano, y partículas de nubes. Es la primera vez que se observa una atmósfera en un planeta que transita una estrella muerta.
Este hallazgo, publicado en la revista Nature, funciona como una máquina del tiempo. Nos permite vislumbrar el destino lejano de los gigantes gaseosos de nuestro propio sistema solar cuando el Sol agote su combustible y se convierta en una enana blanca dentro de miles de millones de años.
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