A medio siglo de la Revolución de 1979, el fútbol en Irán ha dejado de ser una simple disciplina deportiva para convertirse en un complejo escenario de propaganda, un mecanismo de castigo estatal y, simultáneamente, un campo de resistencia para la sociedad civil. En el contexto de la República Islámica, patear el balón o negarse a cantar el himno nacional pueden derivar en consecuencias que van desde la exclusión profesional hasta costos mortales.
Para el Estado teocrático, el fútbol representa una herramienta de disputa frente a una sociedad cada vez más secular. James M. Dorsey, experto en geopolítica del deporte, explica esta dinámica mediante la metáfora del péndulo: el régimen transitó desde un rechazo ultraconservador inicial hacia los deportes modernos hasta comprender que el fútbol, al igual que la religión, era imposible de reprimir. En consecuencia, los líderes iraníes optaron por gestionar políticamente el fenómeno, controlando las instituciones, la moral pública y aplicando coerción directa contra quienes desafíen el sistema.
Este control institucional se manifiesta en la propiedad de los clubes, que en su mayoría pertenecen a agencias gubernamentales o empresas estatales. Un caso emblemático es el del Traktorsazi, equipo donde los Guardianes de la Revolución y la provincia de Azerbaiyán poseen el 80% desde 2011. Esta estructura ha resultado en una industria desfinanciada y con graves deficiencias en seguridad, evidenciadas en tragedias como las ocurridas en el Estadio Azadi en 2007 y el fallecimiento de un niño de ocho años en 2023.
La vigilancia moral también ha penetrado el vestuario. En 2005, la Federación iraní prohibió el uso de ropa ajustada, pendientes, anillos, cabellos largos y barbas irregulares. Uno de los casos más notorios fue el de Ali Karimi, apodado el «Maradona de Asia», quien en 2010 fue expulsado de su club por no cumplir con el ayuno durante el Ramadán. Actualmente, Karimi vive exiliado en Estados Unidos, enfrentando amenazas de extradición y confiscación de bienes por parte de la Guardia Revolucionaria.
El deporte ha servido también como altavoz para las protestas sociales. Durante el Mundial de Qatar 2022, los jugadores iraníes evitaron cantar el himno nacional en su encuentro contra Inglaterra en señal de duelo por el asesinato de Mahsa Amini. Este acto de desafío fue acompañado por una ola de críticas en redes sociales; un análisis de 20.000 tuits reveló que dos tercios de los mensajes promovían a los manifestantes y criticaban al régimen. Como respuesta, el delantero Sardar Azmoun fue excluido de la selección bajo acusaciones de «deslealtad percibida».
La represión ha sido especialmente cruel con las mujeres y los aficionados. Sahar Khodayari, conocida como la «Blue Girl», se suicidó en 2019 tras ser amenazada con prisión por asistir disfrazada de hombre a un partido del Esteghlal. Por otro lado, el 29 de noviembre de 2022, las fuerzas de seguridad asesinaron a Mehran Samak, de 27 años, en Bandar Anzali, simplemente por celebrar la derrota de la selección iraní contra Estados Unidos. Otros futbolistas, como Voria Ghafouri y Amir Reza Nasr-Azadani, fueron arrestados; este último fue condenado inicialmente a muerte y luego a 26 años de prisión, caso denunciado por el sindicato mundial FIFPro.
Recientemente, en febrero de 2026, el exportero Mohammad Rashid Mazaheri fue encarcelado en aislamiento solitario en la prisión de Urmia tras comparar al líder supremo Ali Khamenei con «Satán». Asimismo, en la Copa Asiática Femenina de 2026 en Australia, siete jugadoras solicitaron asilo tras ser tildadas de «traidoras en tiempos de guerra» por no cantar el himno. Debido a amenazas y detenciones de sus familiares, cinco de ellas se vieron obligadas a retractar su solicitud.
El actual Mundial en Canadá, México y EE. UU. ha puesto a prueba la narrativa de inclusión de la FIFA. El conflicto escaló cuando el comité de Seattle designó el partido Irán-Egipto como «Pride Match», decisión que la Federación iraní calificó de «movimiento irracional». En Irán, el artículo 234 del Código Penal prevé la pena capital para relaciones homosexuales consentidas, con estimaciones de entre 4.000 y 6.000 ejecuciones desde 1979. A esto se suma la prohibición de la bandera del León y Sol, símbolo del nacionalismo previo a 1979, lo que derivó en detenciones de aficionados en el SoFi Stadium de Los Ángeles.
La investigadora Marjan Saffari resume esta paradoja señalando que mientras el régimen emplea el deporte para consolidar su legitimidad política, los atletas y aficionados lo utilizan como un medio de empoderamiento personal y transformación comunitaria.


