La generación de residuos orgánicos es un proceso inevitable en la vida cotidiana. Desde la preparación diaria de los alimentos y los sobrantes en el plato, hasta las labores de jardinería como la poda de plantas o el corte del zacate, el ser humano produce constantemente desechos orgánicos. De hecho, estos residuos tienen una particularidad crítica: pueden pesar incluso el doble que los demás tipos de desechos generados en un hogar.
Ante esta realidad, surge una oportunidad y un riesgo. La ventaja principal radica en que estos materiales pueden gestionarse directamente desde la vivienda o el lugar de trabajo, evitando que terminen en un relleno sanitario y reduciendo así el impacto ambiental. Sin embargo, la desventaja es considerable: si el proceso de gestión no se realiza de forma correcta, los resultados pueden ser contraproducentes para el entorno y la salud de los habitantes.
Para profundizar en este tema, Marianela Abarca Espeleta, gestora y educadora ambiental de la Universidad de Costa Rica (UCR), e Ingrid Sandoval Villalobos, presidenta de la Red Técnica Ambiental Municipal y gestora ambiental de la Municipalidad de Tibás, analizaron la situación actual de la gestión de orgánicos en el país. Ambas expertas coinciden en que existía una cultura distinta hace algunos años, cuando Costa Rica era predominantemente rural y los residuos orgánicos se integraban naturalmente en los jardines. Abarca recordó que, en aquel entonces, era una práctica normal utilizar cáscaras de huevo en las macetas para nutrirlas.
No obstante, la transición hacia entornos urbanos ha complicado este proceso. Sandoval señaló que muchas personas en las ciudades carecen de patios, jardines o animales domésticos que permitan aprovechar estos residuos. Esta situación incrementa la presión ambiental, ya que la gestión debe ocurrir dentro de viviendas con espacio limitado, lo que puede generar impactos negativos si no se cuenta con la guía adecuada.
Un punto fundamental abordado por las especialistas es la capacidad de analizar nuestros propios hábitos a través de los desechos. Abarca describe la bolsa de basura del hogar como una "radiografía", comparándola con un examen médico. Al vaciar la bolsa y analizar su contenido, una persona puede identificar exactamente qué está consumiendo y, por extensión, obtener pistas sobre su estado de salud. Según la experta, este análisis es la herramienta ideal para que las familias tomen decisiones más conscientes sobre su alimentación y consumo.
En este sentido, las especialistas coinciden en que el primer paso fundamental de la gestión de residuos orgánicos no es el compostaje, sino evitar el desperdicio. La clave reside en saber cuánta comida es realmente necesaria para comprar solo los ingredientes indispensables, prepararlos de forma óptima para evitar que se descompongan y, fundamentalmente, moderar las porciones servidas en el plato.
Para aquellos que ya generan el residuo, existen soluciones institucionales. Algunos gobiernos locales han implementado la recolección diferenciada de materia orgánica, mientras que otros ofrecen composteras domésticas y capacitación para su uso. Sandoval destacó que esto permite a los ciudadanos producir sus propios abonos, evitando además la incomodidad de revolver residuos diversos dentro de la vivienda. Según la gestora, una familia comprometida y bien entrenada no suele enfrentar problemas en este proceso.
A pesar de los beneficios, la capacitación es indispensable. Abarca advirtió sobre el uso de las tómbolas rotatorias, que aunque están de moda y son beneficiosas, requieren formación específica. Sin el conocimiento adecuado, es común que las personas abandonen estas herramientas al convertirse en "mosqueros" o generar un exceso de líquidos ("caldo"). Por ello, enfatizó que las municipalidades deben acompañar y reforzar el proceso educativo. También mencionó la existencia de composteras de madera, que aunque tienen una vida útil menor, resultan más amigables con el ambiente.
En el caso de la Municipalidad de Tibás, Sandoval explicó que realizan un seguimiento activo a las familias mediante formularios anuales donde se registra la cantidad de compost generado, el uso que se le da y los problemas enfrentados. Aquellos que no responden son visitados personalmente para asegurar el buen uso de las herramientas.
Finalmente, Abarca desmitificó la idea de que la naturaleza se encarga automáticamente de cualquier residuo orgánico. Lanzó una advertencia sobre la práctica de tirar cáscaras de banano o centros de manzana en espacios públicos, señalando que si decenas de personas hacen lo mismo, el resultado no es nutrición para la tierra, sino pudrición y plagas. La conclusión es clara: un proceso de compostaje correcto no produce malos olores ni atrae ratas o vectores. Si estas características aparecen, no se trata de compost, sino de un "basurero a cielo abierto", razón por la cual es vital acercarse a las municipalidades para recibir asesoría profesional.


