Recientes datos sobre el comercio exterior han puesto en el centro del debate la relación entre la industria energética y la agroindustrial en Argentina. En mayo pasado, las exportaciones de petróleo superaron por primera vez la barrera de los 1.000 millones de dólares en valor, logrando superar las cifras correspondientes a las exportaciones de maíz y soja. Si bien este desempeño es calificado como extraordinario, diversos análisis sugieren que la comparación entre estos sectores es forzada y requiere una mirada más profunda sobre la composición de la riqueza nacional.
El debate se plantea bajo la premisa de no enfrentar a "Vaca Muerta" contra la "Vaca Viva", sino entender que ambas coexisten y se complementan. Para comprender la magnitud del sector agropecuario, es necesario analizar los complejos productivos en su totalidad y no solo el grano primario. En el caso de la soja, la Argentina exporta una cantidad reducida de porotos sin procesar; por lo tanto, cualquier análisis preciso debe contemplar la suma del grano más el aceite, la harina, la lecitina y el biodiesel. Al sumar estos derivados inmediatos, el valor del complejo soyero es el doble de la cifra alcanzada por el petróleo.
De manera similar, el impacto del maíz no puede limitarse al grano. A este valor debe sumarse el agregado que representa la exportación de carne vacuna, aviar y lácteos. Asimismo, el sector aporta un valor estratégico a través del bioetanol, que permite sustituir importaciones de nafta, aunque este potencial aún no se explota plenamente debido a restricciones en el corte de combustibles.
Desde una perspectiva económica más amplia, se plantea una distinción fundamental entre los recursos no renovables y los renovables. Economistas como Harold Hotelling, John Hicks y Herman Daly han advertido sobre las limitaciones del Producto Bruto Interno (PBI) tradicional, el cual contabiliza como producción la extracción de recursos agotables. Bajo esta óptica, la renta petrolera o minera debería diferenciar entre el valor agregado real y la porción que representa la liquidación de un activo natural finito.
En contraste, la bioeconomía y la producción agropecuaria sostenible se basan en recursos renovables. Mientras que una economía puede crecer consumiendo su propia riqueza mediante la extracción de fósiles, la producción de alimentos transforma energía solar, agua y conocimiento en un flujo renovable de bienes esenciales. Este proceso incluye la generación de oxígeno a través de la fotosíntesis en tierras de cultivo y bosques implantados, ya que los bosques antiguos, al alcanzar su clímax, producen tanto oxígeno como dióxido de carbono.
La agricultura cumple además un rol crítico en la salud planetaria al reciclar el CO2 derivado de la quema de combustibles fósiles. Este proceso permite la creación de bioenergía y materiales renovables, como el polietileno verde de Braskem producido a partir de etanol en Brasil, o el PLA (ácido poliláctico), una fibra bio utilizada incluso en tintas de impresoras. También existen avances como el hormigón alveolar, que captura y mantiene el CO2.
El alcance del sector agroindustrial ha trascendido el campo para instalarse en los centros urbanos. Un ejemplo reciente es el lanzamiento de Buenos Aires Ferial en Costa Salguero, el centro de eventos y exposiciones más sofisticado de la ciudad. Este proyecto es gestionado por Exponenciar, empresa surgida de la unión del Grupo Clarín y La Nación, creadores de Expoagro. Esta tendencia de "desembarco" del agro en la ciudad se refleja también en la propiedad de centros comerciales como los de IRSA, controlada por la agropecuaria Cresud, o la presencia de Adecoagro en el Nasdaq.
Un dato relevante en el ámbito de las inversiones globales es la adquisición de Adecoagro por parte de Tether, el gigante de las criptomonedas. Esta empresa ha optado por invertir en industrias del futuro, como el entretenimiento y la agroindustria, evitando los combustibles fósiles. En este esquema, el gas de Vaca Muerta encuentra un destino estratégico: convertirse en fertilizantes para potenciar la producción de alimentos y bioenergía.
Finalmente, el entramado económico se fortalece con nuevas inversiones, como la planta de crushing de LDC en Bahía Blanca, valorada en 400 millones de dólares, y la concesión de la Hidrovía. Estos desarrollos demuestran que, aunque la minería atraiga miradas en diversas provincias, la agroindustria sigue siendo la palanca que otorga sustentabilidad social y económica al país, operando como un sistema invisible que requiere un reconocimiento y trato adecuado por parte de todos los actores involucrados.


