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Hilos de resistencia: La artesana de Barquisimeto que combate las pantallas con títeres

En la calle 26, entre la avenida 20 y carrera 21, la señora Elizabeth García, de 71 años, le da vida cada mañana a un pequeño universo de tela, color e imaginación. Un rincón donde la infancia se resiste a desaparecer La historia de Elizabeth con la costura no es nueva, es el relato de toda una vida. Tenía apenas 8 años cuando su abuela, con paciencia y retazos de tela, le enseñó a darle forma a sus primeras muñecas de trapo. Lo que comenzó como un juego de niña guiado por su madre y su abuela, y alimentado por los programas de artesanía que copiaba de la televisión, terminó convirtiéndose con las décadas en su oficio, su pasión y su principal sustento económico. Durante la mayor parte de su vida, la señora Elizabeth se dedicó a la confección de muñecos tradicionales hechos a mano. Con el tiempo, logró comprar su primera máquina de coser, lo que le permitió aumentar la producción y llevarlo al centro de la ciudad. Sin embargo, los tiempos cambiaron y los juegos también. «Lo que pasa es que han bajado las ventas porque a los niños ahora no les gusta jugar con muñecos, les gusta jugar con los celulares», relata con un toque de nostalgia. Lejos de rendirse ante las pantallas, hace unos cinco años encontró una nueva vocación gracias a sus propios clientes. La gente empezó a pedirle algo diferente: «Señora, hágame un títere». Así fue como reinventó su negocio. Hoy en día, su catálogo es un reflejo de las aulas de clase y la cultura larense. En su puesto se pueden encontrar desde animales clásicos como conejos, loros y leones, hasta los personajes de las fábulas tradicionales como Caperucita Roja o Los Tres Cochinitos. Pero lo que más se mueve por estos días son los héroes de la patria y las figuras de la región: Simón Bolívar, Francisco de Miranda, José Antonio Páez y, por supuesto, el héroe epónimo local, el General Jacinto Lara. El proceso de creación de la señora Elizabeth requiere tiempo y un esfuerzo que muchas veces pasa desapercibido para el comprador apurado. Ella misma compra los retazos de tela por metros o cuartos, dibuja los patrones en su puesto del centro y luego corta las piezas en su casa. El verdadero reto viene después, durante las noches. La situación de los servicios públicos también toca a los artesanos locales. En Barquisimeto, los cortes de luz constantes obligan a Elizabeth a alterar su rutina de descanso para poder cumplir con su mercancía. «Anoche trabajé hasta las 2 de la mañana cosiendo porque la luz llegó tarde», comenta. Por eso, cuando alguien regatea el precio de sus piezas bajo el argumento de que es «solo un trapito», ella defiende con orgullo su oficio: «No es el trapito, es mi trabajo lo que te estoy cobrando, porque es trabajo». A pesar de las jornadas que terminan a las 5 de la tarde con el cuerpo cansado y la prisa de llegar a casa a preparar la comida, su motivación sigue intacta. Para ella, cada títere es una oportunidad de ofrecerle a los niños una alternativa sana frente a las pantallas. El espacio reducido de su puesto actual le impide fabricar en masa o mostrar todo lo que es capaz de hacer con la tela, pero si no tiene un modelo, ella se lo fabrica. Entre sus planes a corto plazo está empezar a diseñar títeres de boca móvil (los que usan medias), aunque admite que el costo del material es más elevado. Al cerrar la jornada y pensar en el futuro, Elizabeth confiesa un anhelo que le facilitaría la vida y aliviaría sus manos cansadas.«Mi sueño es tener una máquina nueva, porque la máquina que tengo es muy viejita. Siempre se me daña, tengo que llamar al señor o llevarla para la reparación». Mientras ese sueño llega, la esquina de la 26 seguirá viendo amanecer a la señora Elizabeth, acomodando con cuidado a sus próceres y animales de tela, esperando capturar la mirada de algún niño que prefiera la magia de un títere antes que el brillo de un teléfono celular. Oriana Lorenzo / Noticias Barquisimeto

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En una esquina de Barquisimeto, Elizabeth García, de 71 años, lucha contra la era digital transformando retazos de tela en historias. Con una trayectoria que inició a los ocho años, la artesana ha reinventado su oficio creando títeres de próceres y animales para rescatar la imaginación infantil frente al predominio de los teléfonos móviles. A pesar de los constantes cortes eléctricos y el desgaste de su antigua máquina de coser, Elizabeth mantiene viva la tradición artesanal. Su trabajo no es solo un sustento, sino una apuesta por el arte hecho a mano que desafía el desinterés generacional y reivindica el valor del tiempo y la dedicación.

En la intersección de la calle 26, situada entre la avenida 20 y la carrera 21, se despliega cada mañana un universo donde la imaginación y la tela convergen. Allí, la señora Elizabeth García, de 71 años, mantiene vivo un rincón donde la infancia se resiste a desaparecer, transformando retazos de colores en personajes que narran historias y rescatan la tradición artesanal en el corazón de la ciudad.

La trayectoria de Elizabeth con la costura no es un pasatiempo reciente, sino el relato de toda una vida dedicada al oficio. Su historia comenzó a los 8 años, cuando su abuela, con paciencia y trozos de tela, le enseñó los primeros pasos para dar forma a muñecas de trapo. Lo que inició como un juego infantil, guiado por la influencia de su madre y su abuela, y complementado por la observación de programas de artesanía que copiaba de la televisión, evolucionó con el paso de las décadas hasta convertirse en su profesión, su pasión y su principal fuente de sustento económico.

Durante la mayor parte de su carrera laboral, la señora Elizabeth se especializó en la confección de muñecos tradicionales elaborados totalmente a mano. Con el tiempo y el fruto de su trabajo, logró adquirir su primera máquina de coser, una herramienta que le permitió optimizar la producción y expandir su alcance comercial hasta llegar al centro de la ciudad. Sin embargo, el avance de la tecnología transformó los hábitos de juego de las nuevas generaciones. La artesana relata con nostalgia que las ventas han disminuido debido a que los niños actuales muestran un desinterés por los muñecos, prefiriendo el uso de los teléfonos celulares.

Ante este panorama, Elizabeth no se rindió frente a las pantallas. Hace aproximadamente cinco años, encontró una vía de reinvención gracias a las sugerencias de sus propios clientes, quienes comenzaron a solicitarle la creación de títeres. Esta demanda permitió que la costurera transformara su catálogo, el cual hoy es un reflejo tanto de las aulas escolares como de la identidad cultural de la región larense.

En su puesto de trabajo se pueden observar animales clásicos, como leones, loros y conejos, además de personajes emblemáticos de fábulas tradicionales, destacando figuras como Los Tres Cochinitos y Caperucita Roja. No obstante, los productos con mayor demanda en la actualidad son los héroes de la patria y figuras regionales. Entre sus creaciones destacan representaciones de Simón Bolívar, Francisco de Miranda, José Antonio Páez y, especialmente, el General Jacinto Lara, héroe epónimo de la localidad.

El proceso de fabricación de estas piezas es minucioso y requiere un esfuerzo que a menudo pasa desapercibido para el cliente. Elizabeth se encarga de comprar los retazos de tela por cuartos o metros, dibuja los patrones directamente en su puesto del centro y posteriormente realiza el corte de las piezas en su hogar. La fase más crítica ocurre durante las noches, donde la situación de los servicios públicos en Barquisimeto impacta directamente su producción. Los constantes cortes de energía eléctrica obligan a la artesana a modificar sus horas de descanso para poder cumplir con los pedidos. Recientemente, Elizabeth comentó que tuvo que trabajar hasta las 2 de la mañana debido a que la luz llegó tarde a su domicilio.

Esta dedicación es la razón por la cual la señora Elizabeth defiende con orgullo su labor frente a quienes intentan regatear los precios calificando sus obras como un simple "trapito". Para ella, el cobro no es por la tela, sino por el trabajo y el tiempo invertidos en cada pieza.

A pesar de que sus jornadas concluyen a las 5 de la tarde con un agotamiento físico evidente y la urgencia de preparar los alimentos en casa, su motivación permanece intacta. Considera que cada títere es una oportunidad para ofrecer a los niños una alternativa sana frente al brillo de los dispositivos móviles. Aunque el espacio reducido de su puesto limita la fabricación en masa, Elizabeth ofrece la posibilidad de fabricar cualquier modelo que el cliente solicite.

Mirando hacia el futuro, la artesana planea diseñar títeres de boca móvil, similares a los que se hacen con medias, aunque reconoce que el costo de los materiales para este modelo es más elevado. No obstante, su anhelo más inmediato es adquirir una máquina de coser nueva, ya que la actual es muy antigua y presenta fallas frecuentes que requieren reparaciones constantes. Mientras ese sueño se cumple, la esquina de la 26 seguirá siendo el escenario donde Elizabeth acomoda sus próceres y animales de tela, esperando atraer la mirada de algún niño que prefiera la magia de un títere sobre un teléfono celular.

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