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El obstáculo invisible: crustáceos y algas retrasan la reactivación del flujo mundial de petróleo

Los residuos se han acumulado en los cascos de los petroleros, que deben ser limpiados para que puedan navegar a través del estrecho de Ormuz y más allá.

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El obstáculo invisible: crustáceos y algas retrasan la reactivación del flujo mundial de petróleo
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La reactivación del flujo mundial de petróleo se enfrenta a un obstáculo biológico inesperado. Cientos de superpetroleros anclados en el estrecho de Ormuz sufren de biofouling, una acumulación masiva de organismos marinos en sus cascos que dispara el consumo de combustible y pone en riesgo los sistemas críticos de las embarcaciones. Para solucionar este problema, equipos de buzos especializados deben realizar costosas y exhaustivas tareas de limpieza manual e hidráulica antes de que los buques puedan navegar. Sin embargo, el saneamiento de los cascos es solo el primer eslabón de una compleja cadena de retrasos. A los desafíos biológicos se suman las tensiones geopolíticas con Irán, la necesidad de limpiar minas marinas y la aprobación de aseguradoras financieras. Lo que comenzó como una invasión de crustáceos se ha convertido en un cuello de botella logístico que impide la recuperación inmediata del mercado petrolero global.

La reactivación del flujo mundial de petróleo, tras una prolongada crisis de suministro energético derivada de meses de guerra, se enfrenta ahora a un enemigo inesperado y biológico. Cientos de enormes petroleros que permanecen fondeados en el golfo Pérsico, específicamente en el estrecho de Ormuz, han desarrollado una acumulación masiva de organismos marinos en sus cascos, un fenómeno conocido técnicamente en el sector marítimo como biofouling.

Este proceso de acumulación incluye la adhesión de percebes, mejillones, almejas, algas y diversas especies de flora y fauna propias de las aguas cálidas de la región. Para Derek Hamm, profesional de la empresa Obsessive Compulsive Divers con sede en Florida, un periodo de cuatro meses es tiempo más que suficiente para que se acumule una cantidad considerable de suciedad y organismos desagradables sobre las estructuras navales.

La magnitud del problema es proporcional al tamaño de las embarcaciones. Los superpetroleros involucrados poseen dimensiones imponentes, con una eslora de aproximadamente 300 metros y una manga o anchura de unos 45 metros. Esto se traduce en una superficie de casco de cerca de 14.000 metros cuadrados que debe ser saneada antes de que los buques puedan reanudar su marcha. Para llevar a cabo esta tarea, se requiere el despliegue de equipos de buceadores especializados en una labor denominada "limpiadores de fondo".

La operatividad de estos equipos es intensiva. Un grupo de cinco o seis buzos debe dedicar entre cuatro y cinco horas de trabajo por cada buque, utilizando raspadores manuales e hidrolimpiadoras. Brian McCauley, propietario de McCauley Mooring and Diving, señala que, aunque es un trabajo sencillo, la escala de estos barcos impide que buzos individuales puedan realizar la tarea. En los casos donde las incrustaciones son especialmente resistentes, como ocurre frecuentemente con los percebes, los operarios recurren a lijadoras eléctricas o equipos de limpieza a presión accionados hidráulicamente mediante generadores instalados a bordo.

Sin embargo, el proceso no está exento de riesgos técnicos. Los buzos deben extremar precauciones para no dañar la pintura ni el revestimiento especial del casco, diseñado precisamente para prevenir la acumulación de estos organismos. Un deterioro en dicho revestimiento podría derivar en infracciones de la normativa medioambiental y en el incumplimiento de las cláusulas de las compañías aseguradoras. Particularmente críticos son los sistemas de refrigeración, ya que algunos organismos suelen instalarse dentro de las válvulas de admisión, averiando el sistema, y las hélices, que a menudo deben ser desmontadas y limpias debido al esfuerzo físico que requiere su saneamiento.

Desde la perspectiva económica, el biofouling impacta directamente en la rentabilidad. Al alterar la dinámica de fluidos para la que fueron diseñados los barcos, las incrustaciones reducen gravemente la eficiencia en el consumo de combustible, encareciendo el transporte de crudo hacia Asia o Australia. Neil Roberts, de la Lloyd’s Market Association, destaca que el combustible representa aproximadamente el 50 % de los gastos operativos de un barco. Esta urgencia ha provocado que las tarifas de limpieza aumenten, alcanzando actualmente cifras de cinco dígitos por embarcación, según Aron Sørensen, director de medio ambiente de BIMCO.

Además del costo operativo, existen imperativos legales y ecológicos. Las normativas marítimas obligan a eliminar estas incrustaciones antes de entrar en puerto para evitar la propagación de especies invasoras que puedan dañar los ecosistemas locales. Este problema es, según Roberts, ancestral, recordando que hace siglos los buques de guerra usaban revestimientos de cobre para evitar que los gusanos perforaran la madera.

A pesar de que algunos barcos podrían ser remolcados fuera de la zona de peligro del conflicto bélico para ser limpiados posteriormente, la eliminación de los organismos sigue siendo un requisito indispensable. No obstante, la limpieza de los cascos es solo el primer paso de un proceso complejo. Irán ha anunciado que las empresas deben registrarse en el país para operar en el estrecho, y es imperativo que los dragaminas eliminen el riesgo de explosiones antes de que los buques circulen. Con el acuerdo de alto el fuego sujeto a cambios diarios y la necesidad de aprobación de entidades financieras y aseguradoras, el mercado petrolero no se reactivará de forma inmediata. El retraso comienza con los crustáceos, pero se extiende a través de una compleja red de desafíos logísticos y geopolíticos.

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