La ciudad de Matanzas se viste de gala para celebrar el reconocimiento de una de sus figuras más emblemáticas en el mundo de las artes escénicas. Liliam Padrón Chávez ha sido galardonada con el Premio Nacional de Danza 2026, un reconocimiento que corona una extensa y dedicada labor creativa en favor del movimiento y la expresión corporal. Para quienes conocen su trayectoria, la frase «Lilita no danza; ella vuela» resume la admiración que despierta su capacidad técnica y artística, una sentencia que refleja la esencia de una mujer cuya vida ha estado intrínsecamente ligada a las tablas.
A pesar de la magnitud del galardón, Liliam Padrón mantiene una sencillez que define su personalidad. Quienes la encuentran habitualmente en Matanzas la ven vestir ropa de trabajo, atuendos oscuros y holgados que, según confiesa, no responden a una moda, sino a la practicidad necesaria para entrar y salir del salón de ensayo sin pérdida de tiempo. En un encuentro con Granma Internacional, la artista manifestó que, aunque ama la danza y es su vida, su esencia sencilla y feliz habría permanecido intacta incluso si se hubiera dedicado a otra profesión, pues considera que lo fundamental en la existencia es realizar aquello que a uno le apasiona.
Sobre el impacto del Premio Nacional, Padrón Chávez se muestra agradecida con el jurado y el significado del premio, aunque aclara que este reconocimiento no cambiará su vida. Su motor sigue siendo la necesidad artística y la pasión que siente por el baile desde su infancia. Para ella, lo más gratificante de la noticia ha sido el cariño recibido de personas de diversas latitudes, incluyendo gestos simples y elocuentes de vecinos que, aun desconociendo los detalles de su oficio, reconocen su valor como artista.
La trayectoria de Liliam no estuvo exenta de desafíos iniciales. Proveniente de una familia numerosa, siendo la primera de cinco hermanos, contó con el apoyo de sus tíos y hermanos, pero no el de sus padres en el ámbito profesional. Sus progenitores anhelaban que estudiara Medicina y esperaban que la idea de bailar desapareciera con el tiempo. Sin embargo, el destino de Padrón Chávez cambió gracias a su primera maestra, María Elena Fernández, quien descubrió sus aptitudes, le enseñó la técnica del ballet y la impulsó a subir al escenario, colocándole sus primeras zapatillas.
En el plano personal, la artista destaca la armonía y el respeto que mantiene con su esposo, José Antonio Méndez Valencia, director del Coro de Cámara de Matanzas, con quien comparte vida desde 1983. Esta relación de complementariedad, sumada al apoyo de su hijo —quien es músico y colaborador en algunas de sus obras—, ha sido vital para consolidar su realización tanto familiar como profesional.
Profesionalmente, Padrón Chávez reconoce la influencia de diversos maestros y amigos, destacando especialmente la figura del maestro Ramiro Guerra. Considerado su mentor y admirado desde sus tiempos como estudiante de la Escuela Nacional de Arte, la contribución de Guerra fue determinante para su evolución y para el desarrollo de la Compañía Danza Espiral.
Desde 1987, Liliam dirige la Compañía Danza Espiral, un colectivo multipremiado que ha sido el espacio donde se ha consolidado como creadora, experimentando y evolucionando diariamente. Al acercarse los 40 años de trayectoria de la compañía, la directora atribuye el éxito y la permanencia del grupo a una fórmula clara: trabajar, estudiar, investigar y ser muy pacientes.
Su labor no se ha limitado a la coreografía y la danza. Padrón Chávez es la impulsora del Concurso de Coreografía e interpretación DanzanDos, un espacio diseñado para aglutinar a creadores, especialmente jóvenes, permitiéndoles dialogar y converger en un mismo espacio artístico a nivel nacional. Aunque enseña ballet diariamente en su compañía, evita definirse estrictamente como profesora, prefiriendo una visión integrada donde la creación, la interpretación y la pedagogía no pueden separarse.
En cuanto a su obra, destaca piezas que han resistido el paso del tiempo gracias a la honestidad de su montaje, como «El No» (1994), inspirada en la obra teatral de Virgilio, así como «La sombra de nosotros» (basada en un poema de Laura Ruiz), «Aire frío», «La Consagración de la primavera», «Eclipse» y «Otelo». Para ella, el proceso creativo es una búsqueda colectiva que involucra a bailarines, asesores teatrales, diseñadores y músicos, y que solo culmina cuando la obra permanece en la memoria del público.
Finalmente, Liliam Padrón define su vínculo con Matanzas como algo irremplazable. Para la artista, su ciudad es la fuente de su magia y el lugar donde puede respirar a pesar de cualquier contratiempo. Sus obras están profundamente influenciadas por los ríos, puentes, la bahía y la gente de esta urbe, reafirmando que su arte es, en esencia, un reflejo del lugar que ama y que la ha visto volar.


